UN AÑO DE SUMISIÓN

CAPÍTULO 1 EL CONTRATO 

—¿Un año? —pregunté, sintiendo cómo el aire se me escapaba de los pulmones. 

—Sí —respondió Víctor con total tranquilidad, con esa seguridad gélida y aplastante que lo caracterizaba. 

Estábamos cenando en su restaurante favorito. Me había citado con la excusa de que tenía algo crucial que comunicarme, pero la realidad era aquel documento que ahora descansaba sobre la mesa. Un año de sumisión absoluta, viviendo bajo su techo. Todo mi cuerpo se estremeció al repasar las condiciones del contrato que me había entregado justo después de los postres. 

—¿Y tendré que trabajar contigo? 

—Así es. 

Suspiré. 

En las semanas que habían pasado desde nuestras primeras veinticuatro horas, una parte de


mí había deseado desesperadamente aquello. Sin embargo, ahora, con el papel satinado del contrato bajo los dedos y la realidad de ese año materializándose ante mis ojos, las dudas lógicas de mi mente ejecutiva empezaron a ganar terreno.

—Sentiste lo mismo que yo —afirmó él, y su tono no dejaba espacio para la réplica—. Entre nosotros hay una precisión que no he encontrado en ninguna otra sumisa. Sería ineficiente no explotarla. 

—Sí, pero... eso implica dejar mi trabajo y... 

—Sé exactamente lo que te pido, Iris, pero el control absoluto exige exclusividad. No puede ser de otro modo. A cambio, tu puesto en Industrias Alday estará a la altura del que has desempeñado hasta ahora en The Atelier. Incluso por encima. 

—Está bien —acepté. Antes de que pudiera pedírsela, Víctor ya me había tendido su pluma estilográfica. Firmé el contrato y a continuación lo hizo él, con trazos firmes y precisos, mientras dictaba las órdenes: 

—Esta misma tarde vendrás a vivir conmigo. El lunes comunicas tu baja en tu empresa. —Sí, Señor —respondí. Pronunciar esas dos palabras fue como encajar la última pieza de un mecanismo; mi mente ejecutiva dio un paso atrás, cediendo el control. 

Pasé gran parte de la tarde de aquel sábado empaquetando mi vida en un par de maletas. A las ocho en punto, tal y como esperaba de su estricta puntualidad, su chófer ya aguardaba en la puerta. El trayecto fue silencioso. El hombre me ayudó con el equipaje y me condujo hasta el ático. En cuanto crucé el umbral, el peso de los recuerdos de aquellas primeras veinticuatro horas cayó sobre mí en una oleada física, densa y eléctrica. Sentí un vuelco en el estómago y cómo, de forma involuntaria, mi sexo se humedecía bajo la ropa. Sin embargo, esta vez Víctor no salió a recibirme. En su lugar, su mayordomo dio un paso al frente. 

—Buenas noches, señorita Valero. El señor Alday la espera en su despacho —me informó, tomando mis maletas con una reverencia profesional. 

—Gracias. 

—Dejaré sus maletas en la estancia contigua a la del Señor; él mismo me ha indicado que ese será su dormitorio —me informó el mayordomo, con esa cortesía milimétrica tan propia de esta casa. 

Apenas lo escuché. Mis pasos ya me guiaban de forma automática por el pasillo lateral en dirección al despacho de Víctor. Al llegar, me detuve. La doble puerta de roble estaba abierta de par en par. Él permanecía de pie, recortado contra la imponente pared acristalada que dominaba el bum de las luces de la ciudad, inmerso en una llamada telefónica con un cliente. Su tono era el de siempre: impecable, cortante, corporativo. 

Golpeé suavemente la madera con los nudillos para anunciar mi presencia. Al notar el sonido, se giró hacia mí. Sosteniéndome la mirada de un modo que me erizó la piel, zanjó la conversación con un par de directrices precisas y colgó. 

—Bienvenida, Iris. ¿Has cenado? —preguntó, rompiendo el silencio del despacho.

—No, todavía no —respondí, intentando que mi voz sonara tan firme como la suya. 

—Bien, porque estoy famélico. Vamos a cenar y hablaremos de tus normas y tus reglas en esta casa.

Víctor dejó su teléfono sobre la mesa del despacho y, tomándome de la mano con un agarre firme que no admitía resistencia, me guió hasta la cocina. Allí se encontraban Giorgio, el mayordomo, y la cocinera. 

—Podéis iros —les indicó Víctor con desapego—. La señorita y yo nos ocuparemos del resto. 

—Como usted desee, señor. Tiene la vichyssoise lista en la nevera —anunció la cocinera, una mujer de unos sesenta años, de cabello cano y con un uniforme impecable. 

—Gracias, Adela. 

Ambos se retiraron en silencio por la puerta de servicio, dejándonos completamente solos en aquel imponente ático con vistas a la Castellana. El leve clic de la puerta al cerrarse resonó en el espacio como el disparo de salida. Víctor se giró despacio y me clavó la mirada. 

—Desnúdate. En esta casa irás siempre así; quiero poder disponer de ti en cualquier momento. ¿Entendido? 

—Sí, Señor —respondí, sintiendo cómo el corazón me golpeaba contra el pecho. Él tomó una pequeña caja de terciopelo negro que descansaba sobre la isla de la cocina y me la tendió. 

—Y llevarás esto siempre puesto. Tanto aquí dentro como fuera de estas paredes. 

Abrí la caja con manos temblorosas. En el interior, reposando sobre el tejido oscuro, descubrí una copia exacta del primer collar que había usado. Solo que este no era de cuero; era de plata maciza. 

—Ahora vamos a cenar. 

Servimos la comida en la isla de la cocina y nos sentamos. Sin saber por qué, me sentía eufórica, a la expectativa. ¿Qué tendría pensado para nuestra primera noche juntos en su santuario? No tardé en descubrirlo. Durante la velada, no dejó de atormentarme. Sus dedos me rozaban, me pellizcaban con precisión e incluso acariciaban mi clítoris de vez en cuando; toques breves, estratégicos, diseñados para hacerme estremecer. Al terminar, yo estaba al límite, deseando desesperadamente que me llevara a la cama. 

Seguíamos en los taburetes cuando Víctor se acercó. Lo hizo despacio, invadiendo mi espacio hasta el punto de hacerme creer que iba a besarme. En lugar de eso, su voz cortó el aire: 

—Abre las piernas, preciosa. 

Obedecí, como siempre. Sentí sus dedos explorando mi humedad, comprobando cómo mis propios jugos me delataban y, de pronto, empujó algo hacia mi interior. Eran unas esferas metálicas. Enseguida comprobé que emitían una vibración sorda y constante que hacía que las paredes de mi vagina temblaran sin control. Víctor se apartó con absoluta frialdad. 

—Ahora limpia esto y friega los platos. Cuando termines, ven a mi despacho. 

—Sí, Señor.

Se marchó por el pasillo sin mirar atrás.


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Como ya sabéis, escribir erótica en las plataformas de siempre a veces se siente como caminar sobre un campo de minas por la censura. Por eso, he decidido abrir un espacio íntimo, libre y sin filtros en Substack, para poder ofreceros mi erótica más honesta, intensa y directa a vuestro buzón.

"Un año de sumisión" es mi proyecto más personal, y se publicará allí de forma semanal.

El primer capítulo ya está disponible. Si quieres saber qué pasa cuando Iris se queda a solas con las normas de Víctor y decide cruzar la puerta de su despacho, te invito a unirte a mi rincón VIP. Apoyando mi trabajo con una pequeña suscripción, me ayudas a seguir escribiendo con total libertad creativa.

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