miércoles, 4 de febrero de 2026

BDSM en la literatura erótica: 5 conceptos básicos para entender mis novelas


 ¿Alguna vez has sentido que el romance tradicional se queda corto? En mis historias, exploro un territorio donde la confianza y el deseo se entrelazan de una forma más profunda e intensa. Sin embargo, sé que entrar en el mundo de la literatura erótica BDSM y las dinámicas de poder en la pareja puede generar dudas si no conoces el lenguaje que se habla entre las sombras.

Como autora de novela de romance oscuro, mi objetivo no es solo encender la imaginación, sino hacerlo con base en el respeto y el realismo. Para que disfrutes de mis historias al máximo, hoy quiero desvelarte 5 conceptos básicos de BDSM que definen la relación de mis protagonistas.


1. El Consentimiento: La base de todo

En la ficción erótica de calidad, el consentimiento no es solo un "sí". Es un acuerdo entusiasta, consciente y reversible. En mis libros, verás que incluso en las escenas de romance oscuro más intensas, la comunicación es el hilo invisible que lo sostiene todo. Sin consentimiento, no hay juego; la seguridad es lo que permite que la fantasía vuele alto.

2. El Aftercare: El cuidado post-placer

Si buscas saber qué es el aftercare en una relación, mis novelas te darán la respuesta más emocional. El aftercare es el cuidado mutuo que ocurre tras una escena de alta intensidad. Puede ser un abrazo, una manta o simplemente un silencio compartido. Es el momento en que los personajes vuelven a conectar emocionalmente después de haber explorado sus límites físicos.

3. El Rigger y el arte de las cuerdas

Si en mis páginas lees sobre nudos y ataduras estéticas, estás leyendo sobre Shibari. El Rigger es la persona que domina este arte. En la literatura erótica BDSM, el uso de cuerdas no se trata de "atar" por la fuerza, sino de crear una conexión sensorial y una entrega absoluta a través de la presión, la vulnerabilidad y la forma.

4. D/s: Las dinámicas de poder en la pareja

A diferencia de los mitos comunes, la diferencia entre dominación y sumisión en libros de calidad no radica en quién manda, sino en un intercambio de poder consentido. En mis tramas, exploro cómo un personaje decide entregar su voluntad a otro porque confía plenamente en su cuidado. Es un baile psicológico fascinante donde el sumiso suele tener más poder del que parece.

5. Límite Duro vs. Límite Blando

Para escribir con realismo, mis personajes siempre tienen fronteras.

  • Un límite blando es algo que les provoca curiosidad o nervios, pero están dispuestos a explorar bajo ciertas condiciones.

  • Un límite duro es una línea roja absoluta que no se cruza. Conocer estos límites es lo que hace que la tensión sexual en mis libros sea tan real, intensa y, sobre todo, segura.


¿Buscas los mejores libros de romance con temática kink?

El BDSM es mucho más que cuero y cadenas; es un lenguaje de vulnerabilidad y confianza extrema. Ahora que conoces estas "reglas del juego", la lectura de mis novelas cobrará una nueva dimensión para ti.

¿Cuál de estos conceptos te intriga más encontrar en mi próxima historia? Cuéntamelo en los comentarios o suscríbete a mi newsletter para recibir contenido exclusivo que no encontrarás en mis libros.

¡Empieza a leer ahora! Si te apasiona el romance oscuro con personajes complejos, descubre mi última novela aquí: https://www.amazon.es/dp/B0GGC8927M.

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miércoles, 28 de enero de 2026

El Señor del Chianti: Una tarde en la fortaleza de Bruno Martinelli

 


Dejar atrás Florencia y adentrarse en las colinas de Greve in Chianti es entrar en el dominio de una de las estirpes más antiguas de Italia. Pero al llegar a las puertas de la Tenuta Martinelli, uno comprende que Bruno (42 años) no es un bodeguero al uso. Heredero de un imperio vinícola que factura millones y exporta la esencia de la Toscana a todo el mundo, Bruno ha transformado la tradición familiar en algo mucho más hermético y sofisticado.

Bajo su mando, las bodegas Martinelli no solo producen algunos de los tintos más premiados del mundo; son un símbolo de poder. Sin embargo, en los últimos meses, el interés de Bruno parece haberse desplazado de las uvas a los lienzos. En su villa privada, una construcción de piedra que parece vigilar los viñedos con ojos de centinela, se oculta un Géricault que ha despertado el interés de coleccionistas y críticos.

Nos recibe en su despacho, rodeado de estanterías que albergan botellas históricas y libros de arte. El aire huele a madera de roble, tierra mojada y a ese silencio pesado que solo el dinero antiguo sabe mantener. Bruno Martinelli nos espera de pie, mirando hacia sus tierras, con la autoridad de quien sabe que cada cepa que crece ahí fuera le pertenece.


🥃 La Entrevista: Entre Cepas y Sombras

Entrevistador: Señor Martinelli, sus vinos son famosos por tener "carácter y una pizca de oscuridad". ¿Se ve reflejado en su producto?

Bruno: (Se gira lentamente, sosteniendo una copa de un tinto casi negro) El buen vino no se hace solo con sol; necesita el frío de la noche y la presión de la tierra. La gente quiere historias dulces, pero la realidad es que lo mejor de la vida nace de la lucha. Mi familia lleva siglos dominando esta tierra, y yo no soy más que el resultado de esa persistencia.

Entrevistador: Muchos se sorprendieron cuando decidió traer a una restauradora externa a la Villa para trabajar en el Géricault, en lugar de enviarlo a un laboratorio en Florencia.

Bruno: (Se sienta tras su escritorio de caoba, su mirada es fija y penetrante) Mi casa no es un lugar de paso. El cuadro es una pieza delicada y, como mis mejores viñedos, requiere una atención constante, exclusiva. No me gusta que mis pertenencias viajen. Sofía Martinelli... (hace una pausa breve, casi imperceptible) ha demostrado tener una sensibilidad que otros expertos, más académicos y aburridos, no poseen. Ella entiende que para curar algo, primero hay que atreverse a tocar la herida.

Entrevistador: ¿No es un riesgo meter a una desconocida en el núcleo de su vida privada en Greve?

Bruno: (Lleva la copa a sus labios, pero no bebe) El riesgo es el único condimento que hace que la vida valga la pena, ¿no cree? Además, en esta villa nada sucede sin que yo lo permita. La señorita Martinelli está aquí para hacer un trabajo, y yo estoy aquí para asegurarme de que lo haga a la perfección.

Entrevistador: Se dice que usted es un hombre que nunca pierde el control.

Bruno: El control no es algo que se tenga, es algo que se ejerce. Ya sea sobre una cosecha de Sangiovese o sobre las personas que pisan mi suelo. Quien cree que tiene el control suele ser el primero en caer. Yo prefiero ser quien sostiene la red.

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Si quieres conocer más profundamente a Bruno Martinelli, lo encontrarás aquí: 

BAJO EL TRAZO DEL AMO

jueves, 22 de enero de 2026

24 HORAS DE SUMISIÓN I

 CAPÍTULO 1 El anuncio.

El anuncio parpadeaba en la pantalla del ordenador, frío y directo:

24 horas.

Sin safeword.

500 000 €.

Solo una candidata al año.

Debajo, una cuenta atrás marcaba el tiempo que quedaba hasta que se cerrara la convocatoria: 00:00:30

Llevaba días dándole vueltas, incapaz de decidirme, atrapada en un bucle de curiosidad y miedo. Había oído hablar por primera vez de él en un local BDSM al que iba de vez en cuando, un lugar donde el control es una moneda de cambio, pero el nombre de Víctor Alday se pronunciaba de otra forma, casi con reverencia.

Fue Ana, mi mejor amiga, quien me lanzó el anzuelo una noche, bajando la voz entre el humo y el ruido de las cadenas: «Víctor Alday —me dijo, acercándose tanto que pude oler su perfume—, tan rico que el dinero le sobra, si casi hasta le sale por las orejas. Pero no es su dinero lo que lo hace peligroso, Iris. Es que cuando te mira, sabe exactamente qué parte de ti quiere romperse».

Semanas después, en mitad de una gala benéfica donde yo intentaba mantener mi fachada de ejecutiva impecable, su secretaria se me acercó. Sin decir palabra, con una discreción gélida, me deslizó una tarjeta negra mate con un código QR y un enlace.

Ahora, en la soledad de mi estudio, la luz del monitor era lo único que iluminaba mi rostro. Estaba delante de esa misma página, con el cursor temblándome sobre el botón de «Enviar». El cuestionario estaba completo; mis fantasías más oscuras, mis límites y mis miedos estaban ahí, expuestos en píxeles. Solo faltaba un clic para entregarle mi voluntad, por veinticuatro horas, a un hombre que prometía no tener piedad.

Dudé. Ser su sumisa significaba dejar de ser la mujer que toma las decisiones. Significaba no existir durante un día entero más que para su placer y su mando. Con el corazón martilleando contra mis costillas, cerré los ojos y pulsé.

La pantalla se quedó negra tras el envío, devolviéndome mi propio reflejo, pálido y con los ojos demasiado brillantes, en el cristal del monitor. El silencio de mi estudio se volvió de pronto pesado, casi asfixiante. Me levanté mecánicamente, con las piernas sintiéndose como si no me pertenecieran, y busqué mi bolso en el armario que hay detrás de la silla de cuero. Mis dedos tropezaron con un caramelo de menta; lo saqué y me lo metí en la boca con un gesto desesperado, como quien busca algo, cualquier cosa, que tape el sabor amargo y metálico del miedo que me subía por la garganta.

Miré el reloj de pared: casi las doce en punto. El segundero parecía avanzar con una lentitud cruel.

Entonces, el silencio fue desgarrado por el «clic» metálico de un correo nuevo. El sonido me hizo dar un respingo, casi tirando el bolso al suelo. Regresé a la mesa con el corazón golpeándome el pecho como un animal enjaulado. Lo abrí.

No había saludos, ni cortesía, ni rastro de humanidad. Solo cuatro líneas que se sentían como una sentencia:

«Felicidades, has sido elegida. Viernes 13, 22:00 h. Dirección encriptada en 72 h. No llegues ni un minuto tarde.»

Me quedé mirando esas letras blancas sobre el fondo oscuro, sintiendo cómo el caramelo se deshacía en mi lengua. La precisión de Víctor Alday ya estaba empezando a ejercer su poder sobre mí. No era una invitación; era una orden. Y el hecho de que supiera exactamente cuándo enviarla me hizo comprender que, desde ese mismo instante, mi tiempo ya no me pertenecía.

Llegué a la dirección indicada exactamente a las diez en punto; ni un segundo antes, ni un segundo después. El edificio, situado en la zona más exclusiva de la ciudad, emanaba una opulencia tan discreta que resultaba casi intimidante. En lugar de un vestíbulo convencional, encontré una entrada privada donde el acero y el mármol negro dominaban el espacio.


Tras introducir el código en un panel táctil, las puertas de metal se deslizaron sin hacer ruido. Entré en la cabina y la pantalla de cristal detectó mi presencia, iluminando únicamente el botón del ático. El trayecto hacia las alturas fue un deslizamiento silencioso y vertiginoso, un viaje sin escalas que me alejaba de la calle y me sumergía en el mundo privado de Víctor. Con cada piso que subía, sentía cómo la presión en mi pecho aumentaba, consciente de que, al abrirse de nuevo esas puertas, mi libertad se quedaría atrás.


Cuando las puertas se abrieron, el espacio que se presentó ante mí no era lujo, sino una gélida declaración de intenciones. Era un loft de cuatrocientos metros cuadrados, con paredes negras mate y una iluminación tan intensa y precisa que parecía quirúrgica. El suelo era de marmol negro y tenía los muebles justos para lo que Victor Aldany necesitaba.

Caminé por el pasillo hacia el interior del piso, y allí, de pie junto a una mesa de cristal, estaba Víctor. En aquel instante, la realidad superó cualquier fantasía que mi mente de directora creativa de publicidad hubiera sido capaz de fabricar. Acostumbrada a que los hombres se arrastraran a mis pies, sentí que por fin cumplía aquel deseo casi suicida de desaparecer, de encontrar la nada. Estaba en el umbral de mi quiebra personal, dispuesta a ser reducida a lo que siempre había fantaseado: un esclava. Él sería mi Amo durante las próximas veinticuatro horas, yo la servicial sumisa.

Víctor se acercó a mí. Su atuendo —vaqueros, camiseta negra, y totalmente descalzo— era la antítesis del poder que yo llevaba en mi propio traje de ejecutiva. La falda lápiz y la chaqueta gris eran ridículas ante su informalidad absolutista.

Víctor no pronunció palabra, pero su silencio pesaba más que cualquier grito. Su único gesto fue una inclinación imperceptible del mentón, señalando un punto exacto en el suelo, justo frente a él. En ese instante, la directora creativa, la mujer que manejaba presupuestos y equipos, se desvaneció en el aire. Lo que quedaba de mí —la parte que siempre había deseado este momento— entendió la orden al instante.

Empecé a despojarme de mi ropa con movimientos lentos, casi rituales. Fui doblando cada prenda, esa armadura de seda y lana que representaba mi antigua vida, y la deposité sobre una silla cercana como si estuviera dejando atrás un disfraz que ya no me servía. Con cada centímetro de piel que quedaba expuesto al aire frío del ático, mi seguridad se evaporaba, sustituida por una receptividad cruda.

Cuando estuve totalmente desnuda, caminé hacia el punto indicado. Mis rodillas tocaron el suelo con un roce sordo, colocándome a sus pies, en la posición que él había decidido para mí. La humillación de estar así, expuesta y pequeña ante su mirada impecable, era absoluta; pero la excitación era un fuego frío que me recorría la columna, recordándome que, por fin, ya no tenía que fingir que yo tenía el control.

Sobre el frio suelo de mármol, frente a mí, descansaba una sola hoja de papel de alto gramaje, con un sello seco en la esquina superior. Era el documento que formalizaba mi rendición, el contrato que convertía mis fantasías en una obligación ineludible.

Víctor se acercó con una parsimonia que me erizó la piel, sosteniendo un pesado bolígrafo Montblanc de plata. Sin romper el contacto visual, un duelo silencioso que él ya había ganado, me lo ofreció. Alargué la mano con un leve temblor y lo cogí, inclinándome sobre el papel para estampar mi firma. Al hacerlo, un escalofrío me recorrió la columna; ya no había cláusulas de rescisión ni marcha atrás. Legal y voluntariamente, acababa de convertirme en la propiedad del Sr. Aldany durante las próximas veinticuatro horas.

Le devolví el bolígrafo a mi dueño, quien lo dejó sobre la mesa tras él con un tintineo definitivo. Entonces, sus manos buscaron un objeto que descansaba en un estuche de terciopelo: un collar de cuero negro, grueso y austero, con una anilla de acero donde brillaba el número nueve grabado.

Sentí el frío del metal y la firmeza del cuero cuando lo cerró alrededor de mi cuello. El clic de la cerradura resonó en mi pecho como un disparo. Suspiré, sintiendo que el peso de ese collar borraba mis miedos y mis responsabilidades; finalmente era suya. Víctor se inclinó entonces, invadiendo mi espacio personal con su aroma a éxito y poder, y susurró en mi oído con una voz que hizo flaquear mis rodillas:

—A partir de ahora, y durante las próximas veinticuatro horas, dejas de tener nombre. Serás, simplemente, el número nueve.

Tras sentenciar mi nueva identidad, enganchó una cadena de metal frío al collar de mi cuello. Se incorporó con una elegancia depredadora y, con un leve tirón, me indicó mi lugar:

—De momento, vas a caminar a cuatro patas. Te comportarás como lo que eres: mi perra.

Victor tiró de la cadena y comencé el humillante y excitante avance tras él por la suite. Recogió su teléfono móvil de la mesa y, tras marcar un número, reanudó su marcha sin dejar de tirar de mi correa. Escuché cómo hablaba con fluidez en un idioma que me resultó totalmente ajeno —quizás chino o japonés—, una barrera lingüística que me hacía sentir aún más aislada y pequeña. Mientras le seguía, mi piel ardía de una excitación irracional; el hecho de que él no me prestara la menor atención, absorto en sus negocios internacionales mientras yo gateaba a sus pies, convertía mi sumisión en algo absoluto y devastador.

Cuando la conversación finalmente terminó, Victor dejó el móvil sobre la mesa con un golpe seco. Un tirón firme de la cadena me obligó a seguirle hasta la cocina. Allí, escondidos bajo una mesa auxiliar, descansaban dos cuencos; uno de ellos rebosaba agua cristalina.

—Bebe, perra —me ordenó con frialdad, mientras él extraía una botella del frigorífico para saciar su propia sed.


Obedecí sin dudar, anulando cualquier rastro de orgullo y agachándome para beber directamente del cuenco de cerámica negra. La humillación de la postura, con el cuerpo plegado a sus pies, se mezclaba con una necesidad eléctrica de complacerle en cada detalle, de ser la herramienta perfecta que él esperaba. Tras unos instantes que se sintieron eternos, la cadena volvió a tensarse con un tirón seco, guiándome ahora hacia la penumbra del comedor.

Me llevó hasta una silla de respaldo alto y madera labrada, una pieza imponente que dominaba la estancia como si fuera un trono antiguo.

—Siéntate ahí, nueve. Vamos a jugar un poco —ordenó, su voz vibrando en la estancia vacía.

Me incorporé con las piernas todavía temblorosas por el esfuerzo y la sumisión, y ocupé el lugar que me había indicado. Al sentarme, el frío de la madera barnizada y de los reposabrazos bajo mis dedos me hizo estremecer. La anticipación era ahora una presión física en mis pulmones; allí, expuesta y bajo la luz cenital de la lámpara de diseño, esperaba saber cuál sería el siguiente movimiento de mi dueño en este juego de sombras.

De un aparador de caoba, Victor extrajo unas cuerdas de seda negra. Con movimientos expertos y sin mediar palabra, aseguró mis piernas a los reposabrazos del trono, forzándolas a permanecer abiertas en una vellosidad vulnerable. Cuando terminó, se quedó unos segundos frente a mí, recorriéndome con una mirada gélida que hizo que mi intimidad palpitara de pura anticipación. La excitación era un fuego que amenazaba con consumirme.

Sobre la mesa descansaban unos folios que recogió y me tendió con un gesto seco.

— Lee en voz alta para mí, nueve. Que cada palabra sea una caricia de tu propia vergüenza.

Tomé los papeles con las manos temblando y comencé a leer, reconociendo al instante mi propia caligrafía:

«Me imagino en una reunión crucial con el cliente más importante de la agencia. Estoy presentando la campaña del año, sintiendo la admiración de todos sobre mí… y de repente, noto cómo me mojo tanto que el rastro de mi deseo empieza a gotear sobre la silla de cuero. Nadie lo sabe, pero yo sí. Deseo que alguien lo descubra, que huela mi excitación; que me obliguen a seguir hablando mientras me corro en un silencio agónico delante de todos».

Eran las fantasías que me había hecho enviarle, las fantasías más vergonzosas que tenía; mis secretos más inconfesables. A pesar de la humillación, sentir su mirada sobre mí y mientras describía mi propia depravación hacía que mi pulso se acelerara hasta el delirio. Continué, con la voz cada vez más quebrada:

«Quiero que me obligues a asistir a una cena de gala sin ropa interior, portando un plug y un vibrador que controles tú desde tu móvil. Que me hagas alcanzar el clímax en plena conversación con el director creativo más arrogante de la ciudad; tener que sonreír y mantener el tipo mientras mis piernas flaquean y todos confunden mi éxtasis con simples nervios.

A veces fantaseo con que un hombre, me folle en la terraza de mi apartamento, delante de todo el vecindario y que desde sus ventanas mis vecinos puedan observarme, mientras soy usada por mi hombre a su antojo».

—Más despacio, nueve —me interrumpió Victor, su voz era un látigo de terciopelo—. Quiero saborear cómo te tiembla la voz cuando confiesas lo que deseas que te haga.

Suspiré, sintiendo el aire pesado y cargado de electricidad. Traté de recuperar el aliento y retomé la lectura, forzándome a ralentizar cada sílaba como él exigía, dejando que mi propia voz me delatara.

«A veces, cuando cierro un contrato millonario y el salón estalla en aplausos, fantaseo con que, en realidad, el cliente me ha comprado a mí. Que firmo para ser su puta personal por un año: que me posea en la oficina tras las reuniones, que me comparta con sus socios, que me grabe para chantajearme y que yo deba acudir a trabajar cada mañana con el rastro de su semen seco entre mis muslos»

«Sueño con que me ates desnuda bajo tu escritorio mientras trabajas. Que pases las horas cerrando acuerdos millonarios por teléfono, con mis manos sujetas a tus tobillos y mi boca en tu polla; inmóvil, como un simple objeto que utilizas solo cuando te aburres. Sueño con que te corras sobre mi rostro y mis pechos, y me obligues a cargar con el rastro de tu semen sobre mi piel hasta que tú, y solo tú, consideres que es momento de limpiarme»

El silencio que siguió a aquella confesión fue denso, casi sólido. En aquel salón no se escuchaba más que mi respiración desbocada y el zumbido eléctrico, casi imperceptible, de las cámaras que grababan mi exposición. Victor, sentado frente a mí en una de las sillas del comedor, me escrutaba con una intensidad gélida, como si intentara descifrar los secretos que latían más allá de las palabras que yo acababa de recitar. Fui incapaz de sostenerle la mirada; la vergüenza pesaba demasiado y terminé bajando la cabeza, derrotada por mis propios deseos.

—Muy bien, nueve —sentenció al fin, su voz era un filo de seda—. Ahora ya no hay nada que yo no sepa de ti. No queda ningún rincón donde puedas esconderte. Ni siquiera de ti misma.

Escuché el sutil roce de sus pasos al levantarse y cómo el aire cambiaba a medida que se acercaba a mi posición. Sentí la presión de su dedo en mi mejilla, atrapando con precisión una lágrima traicionera que había escapado sin mi permiso. Victor no la limpió con delicadeza; simplemente la retuvo, observándola como si fuera un dato más en su análisis. Se llevó el dedo a los labios, probando el rastro de mi fragilidad con una parsimonia que me hizo estremecer.

—Lloras por la pérdida de control, no por tristeza —dijo con una voz baja y analítica, mientras sus ojos buscaban los míos—. Es el sabor de tu resistencia desmoronándose, nueve. Me gusta

Se puso en cuclillas frente a mí, obligándome a alzar el rostro para que nuestras miradas volvieran a colisionar. Sus ojos buscaban cualquier rastro de duda, pero solo encontraron mi entrega.

—Hoy mismo —sentenció con una calma gélida— empezarás a vivir alguna de esas fantasías.

Se incorporó con una elegancia pausada, recuperó los folios y los dobló con un cuidado casi reverencial. Los devolvió al cajón del que procedían y, antes de cerrarlo con un clic definitivo, añadió:

—Cuando nuestro contrato llegue a su fin, te los devolveré. Pero irán acompañados de mis notas al margen.

Victor abandonó el salón en un silencio sepulcral, dejándome allí, a solas con mi vulnerabilidad y bajo la mirada imperturbable de las cámaras que grababan cada uno de mis espasmos. ¿Se habría marchado a dormir, condenándome a pasar la noche en vela y atada a esa silla? No lo sabía, y lo más turbador era que me resultaba indiferente. En ese momento, mi antigua yo había dejado de existir; ahora solo era lo que él dictaba: «nueve», un objeto inerte diseñado para su exclusiva satisfacción. Paradójicamente, ante ese pensamiento de absoluta anulación, mi intimidad ardía con un hambre devoradora, como si el fuego de una pira se hubiera instalado entre mis muslos.



 

domingo, 18 de enero de 2026

BAJO EL TRAZO DEL AMOR

CAPITULO 1 Bruno Martinelli.

Una mezcla de nerviosismo e incredulidad me recorría. No podía creer que estuviera allí, en Capri, a punto de conocer a Bruno Martinelli. Su nombre resonaba más allá de los viñedos que habían forjado su fortuna; era el dueño de la bodega más famosa de Italia y, según se rumoreaba, poseía una de las colecciones de arte privadas más exquisitas de Europa.

Todo había sido un torbellino: apenas cuarenta y ocho horas antes, la fría voz de su secretaria me comunicaba que el propio Martinelli quería que examinara en persona un cuadro de su colección, invitándome a su villa en Capri, donde estaba pasando las vacaciones, para verificar su autenticidad. El hombre era una leyenda en más de un sentido: mecenas de artistas emergentes, uno de los solteros más cotizados del país –a pesar de un divorcio que, según las revistas, le había costado una fortuna– y objeto de susurros sobre una marcada preferencia por el BDSM en la intimidad. Ahora, yo estaba a punto de sumergirme en su mundo. ¿Sería verdad todo lo que contaban de él? Estaba a punto de descubrirlo.

Llegué al puerto de Capri a las ocho menos cuarto y, al bajar del ferry, vi a un hombre moreno de cierta edad y aspecto serio que sostenía un cartel con mi nombre. Me acerqué y le dije:


Soy Sofía Vargas.

Benvenutta, Signorina — me respondió el hombre con cierta alegría en un perfecto italiano.— Soy Lorenzo, el mayordomo del Señor Martinelli, he venido a buscarla.

Esbocé una sonrisa de agradecimiento y le cedí mi equipaje. La seriedad profesional de Lorenzo, en lugar de resultarme fría, me inspiró una confianza inmediata. Me guio hasta un vehículo discreto pero elegante, y el breve trayecto hasta la villa transcurrió en un silencio cargado de expectación.

A través de la ventanilla, intentaba asimilar el paisaje que se sucedía, mientras cada curva del camino me acercaba más al enigma de Bruno Martinelli. La carretera serpenteaba junto al acantilado, ganando altura constantemente. De pronto, Lorenzo redujo la velocidad.

Un último giro brusco nos sacó de la maleza. Al final de un camino privado, la villa se reveló ante mis ojos. No era un palacio ostentoso, sino una estructura amplia y elegante, de paredes encaladas en un blanco cegador y contornos suaves que parecían fundirse con la roca sobre la que estaba construida. Su presencia, allí en lo alto, era una declaración silenciosa de poder.

La ubicación era imponente: se alzaba sobre un saliente del acantilado, como si desafiara al vacío. Desde allí, las vistas del Mar Tirreno eran una explosión de azul infinito, un tapiz que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Alrededor de la villa, en lugar de un jardín convencional, se extendían terrazas naturales con olivos centenarios. Macizos de buganvillas y jazmines trepaban por las paredes, llenando el aire con una dulce fragancia que se mezclaba con la brisa salina que subía del mar.

Un camino empedrado bordeado de cipreses nos guio hasta la entrada principal. Mientras el coche se deslizaba lentamente, mi mirada fue atraída inmediatamente hacia el lateral: una terraza-mirador de piedra se proyectaba audazmente hacia el horizonte, con una mesa y unas pocas butacas, prometiendo atardeceres inolvidables.

Finalmente, Lorenzo detuvo el coche frente a la imponente puerta. Antes de que yo pudiera moverme o asimilar la vista, él ya estaba abriendo mi puerta.




El señor Martinelli la espera en el mirador —informó, señalando un arco que se abría hacia el jardín.

Bajé del coche y me metí por debajo del arco y entonces lo vi.

Estaba de espaldas a mí, contemplando el mar. La brisa le hinchaba la camisa blanca, pegándola a una espalda ancha que delataba una fuerza serena. Se apoyaba en la barandilla con una naturalidad absoluta, como si aquel paisaje increíble le perteneciera. Me quedé quieta, sin respirar, sintiéndome una intrusa en un cuadro perfecto.

De pronto, se giró con una lentitud deliberada, como si la corriente de mi mirada hubiera perturbado el aire a su alrededor. Y entonces, sus ojos se clavaron en los míos, atravesándome con una intensidad que me dejó sin aliento y convirtió el espacio entre nosotros en un campo de fuerza cargado de electricidad.

Eran del color de la miel oscura, intensos y directos. No fue un vistazo cortés, sino un examen pausado que me recorrió de arriba abajo, haciéndome consciente de cada uno de mis huesos, del vestido que repentinamente me pareció demasiado sencillo, de los nervios que debían de transparentarse en mi rostro. Sentí un calor que me subió desde el cuello hasta las mejillas. Su rostro era una máscara de tranquilidad, pero en sus ojos ardía una chispa de curiosidad que parecía decir: "Así que eres tú."

Señorita Vargas — dijo.

Su voz era más grave de lo que había imaginado, con un acento italiano sutil que envolvía mi nombre y lo hacía sonar a algo importante. Era una afirmación, no un saludo.

Abrí la boca, pero solo conseguí articular un susurro ronco.

Señor Martinelli.

Él asintió, casi imperceptiblemente, y entonces vi cómo una esquina de su boca se curvaba ligeramente. No era una sonrisa, era algo más íntimo y evaluador. El mundo pareció reducirse a ese pedazo de terraza, al sonido lejano de las olas y a la presión de su mirada sobre mí.


Bienvenida a Capri — dijo, y esas tres palabras sencillas sonaron como la promesa de algo que estaba a punto de comenzar.

Él mantuvo su mirada sobre mí unos segundos, haciéndome sentir aún más nerviosa. Luego, hizo un gesto con la mano invitándome a acercarme a la barandilla.

Acérquese — dijo, su voz sonó grave, como si me diera una orden — la vista desde aquí justifica cualquier viaje.

Obedecí y me acerqué, situándome a su lado para contemplar la vista. En ese instante, un aroma sutil a sándalo y aire puro me envolvió, resultando profundamente embriagador.

Es… increíble — murmuré, mirando el mar. Y era cierto, pero en ese momento el paisaje parecía empequeñecido por su presencia.

Sí — respondió él, pero noté que no miraba al mar. Me estaba mirando a mí de reojo — La belleza siempre es bienvenida aquí. 

Sus palabras me hicieron ruborizar de nuevo. ¿Se refería al paisaje o a mí? No me atrevía a preguntar.

Lorenzo le llevará el equipaje a su habitación —continuó, con un tono más práctico—. He pensado que podríamos hablar del cuadro después de que descanse un poco del viaje. A menos que prefiera comenzar de inmediato.

No, no —me apresuré a decir, agradecida por el respiro—. Un poco de tiempo para... asimilar todo esto, sería perfecto.

Una sonrisa casi imperceptible volvió a asomar en sus labios.

Me alegro de oír eso. Esta noche, después de la cena, le mostraré el cuadro.

Al decir ”cuadro”, sus ojos recorrieron mi rostro de nuevo, y por primera vez, tuve la certeza de que no solo hablaba de pinturas. Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con la brisa del mar.

Hasta luego, entonces, Sr. Martinelli.

Cenaremos a las nueve.

Afirmé con la cabeza y me dirigí hacía el interior de la casa. Lorenzo me esperaba junto a la escalera que llevaba al piso superior.

Ya he dejado sus maletas en su habitación, si me permite la llevaré.

Dejé que Lorenzo me guiara fuera del vestíbulo. Lo seguí por un pasillo que se abría a una zona más privada de la villa, hasta la espaciosa habitación en la que me alojaría aquellos días. Apenas cerró la puerta, mi primera acción fue acercarme a la ventana y contemplar la vista que se extendía bajo el acantilado.

Una vez recobrada la calma, me volví hacia mi maleta. Primero le envié un mensaje a Esther, mi mejor amiga y compañera de piso, diciéndole que ya había llegado. Luego, con la intención de que la ropa no se arrugara más de lo que ya estaba, la saqué de la maleta y la coloqué en el armario.

Tras deshacer el equipaje, decidí explorar la suite. La habitación era tan imponente como el resto de la villa: alta, con techos de vigas vistas y una cama amplia vestida con lino crujiente. Pero la verdadera joya era el baño. Al entrar, me encontré con una bañera antigua de pies cromados, situada bajo una ventana que enmarcaba un trozo de cielo azul. En una repisa de mármol descansaban jabones artesanales que desprendían una fragancia limpia a romero y cítricos. Por un momento, la tensión se esfumó. Era imposible no sentirse acogida, casi mimada, por aquel silencioso lujo. Aproveché aquella sensación para tomarme una ducha, dejando que el agua caliente llevara consigo los últimos restos del viaje.

Envuelta en una nube de vapor y con la piel aún caliente, el siguiente paso se presentó inevitable: vestirme para la cena. Abrí el armario y contemplé mi ropa colgada con cuidado. ¿Qué se ponía una para cenar con un hombre como Bruno Martinelli? No era una cita, me recordé a mí misma. Era un compromiso profesional. Al final, elegí un vestido sencillo de lino color verde esmeralda, elegante sin esfuerzo, que sabía que resaltaba el color de mis ojos sin parecer un intento demasiado obvio.

Me sequé el pelo al aire, dejando que cayera suelto sobre mis hombros con sus ondas naturales. Un poco de rímel y un toque de carmín fueron mis únicas concesiones al maquillaje. Quería proyectar serenidad, profesionalidad, aunque por dentro sintiera un batiburrillo de nervios y expectación.

Bajé la escalera consciente del eco de mis pasos. A medio camino, una presencia imantada atrajo mi mirada hacia el salón. Bruno, de pie junto a la chimenea apagada, sostenía distraídamente una copa mientras su mirada, cargada de una intensidad absoluta, se mantenía fija en mi avance, convirtiendo cada paso en una tensión creciente.

Se había cambiado y ahora llevaba unos pantalones de lino de un color oscuro, y una camisa blanca, abierta en el cuello, que le daba un aire de elegancia relajada. Pero fue su expresión lo que me dejó sin aliento.

Sus ojos me recorrieron de arriba a abajo, con una lentitud deliberada y palpable, bajando por mi figura lentamente, observando cada detalle.

El mundo se detuvo durante un latido suspendido en el aire, donde el único sonido era el leve tintineo de su copa al encontrar la repisa de la chimenea. En el rostro de Bruno, por primera vez, la máscara de control se resquebrajaba: primero por la sorpresa, y después por algo mucho más profundo y peligroso—una mezcla de aprobación y un deseo que ya no se molestaba en ocultar.

Y entonces, una sonrisa lenta y genuina se dibujó en su rostro.

Señorita Vargas — dijo, y su voz sonó un tono más grave, casi áspera — Ese color le sienta muy bien. Hace honor a su nombre. Sofía: sabiduría que se viste de belleza.

Avancé los últimos peldaños, sintiendo como sus palabras me hacían enrojecer las mejillas. Él se acercó a mí, y extendió su mano tomando la mía con suavidad.

Comeremos en el jardín de invierno, hoy — murmuró, acercándose lo suficiente para que pudiera sentir su aroma a sándalo y vino tinto. — Espero que tenga hambre.

Al tomar mi brazo y guiarme, su contacto fue firme y electrizante. Supe, sin lugar a dudas, que la cena sería tan memorable como el hombre que tenía a mi lado.

El comedor del jardín de invierno era pequeño e íntimo, una pequeña mesa para dos, situada en el centro. Las paredes y el techo acristalados, dejaban ver el hermoso cielo estrellado sobre nuestras cabezas.

Lorenzo sirvió los sencillos platos que habían preparado para nosotros, una ensalada de langosta como primero y unos ñoquis de castaña después, todo ello aderezado con un vino blanco de la cosecha de Bruno.

Para empezar con algo ligero —aclaró, sirviéndome una copa—. El tinto lo guardamos para las verdaderas confesiones.

El doble sentido era tan deliberado como la mirada que me dedicó al decirlo. Sin embargo, en lugar de presionar, cambió de tema con elegancia. Empezó a hablar de la viña con una pasión que le transformaba el rostro, hablándome de la paciencia que requiere cada cosecha, de saber leer la tierra y el clima...

No es un negocio, es un matrimonio con la tierra —dijo, y luego desvió la mirada hacia mí—. Exige saber cuándo presionar y cuándo dejar que las cosas maduren por sí solas.

Sus palabras flotaron en el aire, cargadas de doble sentido. Yo tomé un sorbo de vino, buscando coraje.

Yo soy lo opuesto —confesé—. Mi trabajo es forzar que lo que está oculto salga a la luz. La pintura no tiene paciencia; tiene secretos que revelar.

Bruno sonrió, apoyando el codo en la mesa y la barbilla en la mano, estudiándome.

¿Y usted, Sofía? ¿Tiene muchos secretos que revelar?

El cambio de tema fue tan sutil como directo. Ya no hablábamos de cuadros, hablábamos de mí.

Los justos —respondí, esquivando la pregunta con torpeza.

Los míos también —dijo él, sin apartar los ojos de los míos—. Pero algunos secretos pierden la gracia si se revelan demasiado pronto. La anticipación es lo que les da valor.

Durante el plato principal, la conversación derivó hacia nuestros pasados. Yo le conté, de forma superficial, sobre mi amor por el arte desde niña, creciendo entre libros y museos. Él, a cambio, me habló de cómo heredó la viña de su abuelo, pero cómo el amor por el arte se lo debía a su madre

Ella me decía que el vino y el arte son lo mismo: ambos necesitan tiempo para mostrar su complejidad. Y ambos se disfrutan mejor... con los sentidos alerta.

Al decir esto, dejó su tenedor en el plato y se reclinó en la silla. La cena había terminado. Lorenzo apareció para retirar los platos y servir un digestivo ámbar en copas bajas.

¿Y qué siente ahora, Sofía? —preguntó Bruno, haciendo girar lentamente su copa—. Después de conocer este rincón de mi mundo, y al hombre que lo habita. ¿Sigue siendo solo un trabajo?


La pregunta era una trampa delicada. Admitir que era más que un trabajo sería ceder terreno. Negarlo sería una mentira demasiado transparente.

Siento... —busqué las palabras con cuidado, sintiendo cómo su mirada me recorría los labios— que esto es más complejo de lo que había anticipado. Y que tal vez, algunas cosas sí merecen ser tomadas con paciencia.

Una sonrisa de genuina satisfacción se dibujó en su rostro. Era la respuesta que quería oír.

Me alegra oírlo —dijo, levantando su copa en un brindis silencioso—. Porque lo mejor, querida Sofía, siempre está por llegar.

El mensaje estaba claro. La cena había terminado, pero el verdadero juego no hacía más que empezar.

Vamos a ver ese cuadro — dijo Bruno con firmeza.

Con un gesto sereno, me guio por un pasillo lateral que desembocaba en una escalera de piedra descendente. El aire se volvió más frío y húmedo a medida que bajábamos, y el bullicio del mundo exterior se apagó por completo. Mi corazón latía con un ritmo acelerado y sordo, como un tambor aprisionado en mi pecho. No era solo la expectativa por ver el cuadro; era una corazonada visceral, una certeza de que lo que aguardaba en aquel sótano trascendía con creces el ámbito del arte. Sospechaba, con una mezcla de temor y fascinación, que la auténtica obra maestra que Bruno coleccionaba no colgaba de ninguna pared, sino que se escondía en una mazmorra.


Al llegar frente a una puerta maciza de roble, reforzada con hierro, se detuvo. La llave giró en la cerradura con un chasquido que resonó en la oscuridad del pasillo. Entonces, su mano encontró la mía. Su contacto era firme, no una invitación, sino una afirmación.

Bienvenida a mi mundo, Sofía —dijo su voz, grave y deliberada, justo antes de empujar la pesada puerta.

Y entonces lo vi. No era una simple habitación. Era su santuario. La mazmorra.

No había humedad ni oscuridad, sino la penumbra cálida de una suite subterránea elegantemente amueblada. El aire era una mezcla embriagadora de cuero nuevo, madera pulida y una nota sutil de sándalo, creando una atmósfera a la vez lujosa e inquietantemente íntima.

Las paredes eran de piedra natural, y una luz tenue y cálida embutida en el suelo iluminada el espacio. Había perchas de acero pulido en casi todas las paredes, de las que colgaban fustas de cuero trenzado, vendas de seda negra, esposas y collares de cuero negro o marrón y argollas de acero perfectamente integradas en la piedra.

En el centro de la estancia destacaba una mesa de masaje forrada de cuero negro con sujeciones ajustables, sobre la que no pude evitar imaginarme atada mientras era sometida por Bruno. Un escalofrío me recorrió en ese momento, mientras seguía observando. A un lado había un banco de madera maciza tallada, similar a un potro de doma. Y en una esquina, un sillón de cuero profundo, como un trono desde donde observar.

Pero lo que más me impactó fue la cama. Era una estructura baja y amplia, sin cabecero convencional, pero con barrotes de hierro forjado en un diseño elegante y sinuoso que se elevaban desde la base, sugiriendo infinitas posibilidades de sujeción.

Era un espacio cuidado, deliberado y hermoso. No había nada sádico o caótico en él. Era la materialización de un deseo meticuloso y de un control absoluto sobre el entorno. Cada detalle gritaba que aquel no era un lugar de castigo, sino de entrega ritualizada.

Fue entonces cuando, tras Bruno, mis ojos encontraron el cuadro. Colgado en la única pared libre, iluminado como una reliquia, el Géricault parecía observar toda la escena con su mirada eterna de éxtasis y dolor.

Era una pintura de estilo romántico oscuro, con la pincelada enérgica y el dramatismo típico de un maestro como Géricault. El juego de claroscuro era magistral, sumergiendo la escena en una penumbra de la que emergían, bañados en una luz celestial y cruel, dos figuras.

En el centro, un hombre de anatomía poderosa, un sátiro o un mortal, estaba atado por las muñecas a la rama de un árbol nudoso. Su cuerpo no estaba en una pose de tormento grotesco, sino en una tensión contenida y casi elegante. Los músculos de sus brazos y abdomen se marcaban bajo la piel, no por la fuerza, sino por la resistencia al dolor que se avecinaba. Pero lo que me heló la sangre fue su rostro. No había miedo, ni siquiera rabia. Su cabeza estaba ladeada, la mirada perdida en un punto cualquiera de la habitación, con una expresión de éxtasis sombrío, de abandono total. Era la paz del que ya no lucha, la rendición más profunda.

Detrás de él, semioculta por las sombras, se erguía la figura de Apolo. No portaba un cuchillo, sino que su mano descansaba con posesión sobre el hombro del hombre atado, no como un verdugo, sino como un dueño que reclama lo que es suyo. Su rostro era sereno, impasible, un contraste perfecto con la tormenta interior del condenado.

Era una alegoría del poder, la sumisión y la entrega. No celebraba el sufrimiento, sino la belleza trágica de perder el control ante una fuerza superior. Cada pincelada gritaba una verdad incómoda y fascinante: que en la vulnerabilidad más extrema podía residir una forma de libertad.

Miré instintivamente las argollas de acero de la habitación y luego volví al cuadro. No era una decoración. Era la declaración de principios de Bruno.

¿Ese es el cuadro? — le pregunté impresionada.

Sí, ese es. Géricault siempre fue un obseso de la verdad del cuerpo bajo estrés. Pero la mayoría ve solo el sufrimiento. Yo veo el momento en que la resistencia cesa. Marsias ya ha luchado. Ahora solo siente. La cuerda no lo sujeta; lo sostiene. Es la única cosa real en su universo ahora. ¿Ves la paz en sus ojos, incluso con el dolor? Eso es la rendición. Es más poderosa que cualquier grito — explicó con voz pausada y reflexiva.

Una comprensión lenta y reveladora me invadió. Aquel no era solo un Géricault valioso; era un espejo. La rendición de Marsias, su éxtasis en la sumisión, reflejaba la misma verdad que latía en cada rincón de aquella habitación.

No es un cuadro sobre dolor —susurré, mis ojos encontrando los de Bruno—. Es sobre la libertad que se encuentra al dejar de luchar.

La sonrisa que floreció en sus labios era diferente a todas las que le había visto antes: era la de un hombre que, por primera vez, se sentía completamente comprendido

Todo arte grande trata sobre la condición humana, Sofía. Este cuadro no es una excepción. Es la mejor introducción a mi mundo que podía encontrar.

 

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