24 HORAS DE SUMISIÓN II

 CAPITULO 2 La habitación negra.

Victor regresó apenas unos minutos después. Se había despojado de la camiseta, revelando un torso desnudo y perfectamente esculpido, fruto de una disciplina física que solo pude imaginar. Se acercó a mí con paso firme, me desató de la silla y, enganchando de nuevo la cadena a mi collar, me ordenó con frialdad:

—Vamos, perra. Tenemos cosas que hacer.

Me puse a cuatro de inmediato y le seguí dócilmente. Me guio por el pasillo hasta una puerta al fondo y, tras cruzar el umbral, su voz volvió a resonar en el silencio:

—Puedes ponerte de pie.

Obedecí, y lo que vi ante mí me cortó el aliento. Me encontraba en lo que parecía una estancia consagrada al deseo absoluto; una habitación donde la línea entre el placer y el dolor se volvía tan difusa que fui incapaz de distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro.

La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave pero definitivo, y la luz se encendió sola: un blanco frío y quirúrgico que bajaba del techo como una ducha de hielo. Todo era negro. No un negro dramático de película, sino un negro absoluto, mate, que absorbía la luz y hacía que el espacio pareciera infinito y, al mismo tiempo, claustrofóbico. Paredes, suelo, techo: todo del mismo tono sin reflejos, como si me hubieran metido dentro de una caja de sombra.


En el centro, dominando la sala, había un potro de acero negro mate con superficie de cuero del mismo color. Sus líneas eran limpias, casi arquitectónicas, pero las anillas y correas que colgaban de él no dejaban lugar a dudas: estaba hecho para inmovilizar un cuerpo en cualquier posición imaginable. Podía ajustarse en altura e inclinación; lo supe porque vi el pequeño mando negro sobre una mesa auxiliar de acero, al lado de una tablet que parpadeaba en standby. A mi izquierda, fijada a la pared, una cruz de San Andrés alta y estrecha, también de acero negro, con acolchado mínimo en los puntos de apoyo. Frente a ella, un espejo de cuerpo entero sin marco que reflejaba mi figura desnuda y temblorosa. O eso creí al principio. Luego noté que el espejo no devolvía exactamente mi mirada: había algo detrás, un leve brillo en un ángulo que no correspondía. Vidrio unidireccional. Él o cualquier persona, podía observarme desde el otro lado sin que yo lo viera. En la pared opuesta, colgando del techo con cables casi invisibles, una jaula cilíndrica de barras negras. Lo bastante ancha para entrar de pie, pero no para estirarse del todo. El suelo de la jaula era una rejilla metálica; debajo, había un desagüe discreto. Me estremecí sin querer.

Un armario empotrado ocupaba toda una pared: puertas correderas negras que se abrieron con un leve zumbido cuando él pasó la mano cerca. Dentro, todo estaba ordenado como en una clínica de lujo: filas de instrumentos de acero y silicona negra, látigos enrollados con precisión militar, pinzas alineadas por tamaño, plugs que aumentaban de calibre como una escalofriante progresión matemática, velas negras de cera especial, cuerdas de diferentes grosores colgando de ganchos. Y collares. Una docena de collares de cuero con candado, cada uno con un número grabado. Vi el “09” brillando bajo la luz. El aire era fresco, demasiado fresco; sentí cómo se me ponía la piel de gallina al instante y mis pezones se endurecían contra mi voluntad. No había música, ni olor a cuero viejo, ni decoración. Solo silencio, limpieza y propósito. Cámaras, lo supe sin verlas: puntos diminutos en las esquinas del techo, lentes que no parpadeaban pero que sabía que me estaban grabando desde todos los ángulos.

Me quedé quieta en el umbral, desnuda, con el corazón golpeándome las costillas. Aquella habitación no gritaba poder; lo respiraba. Era elegante, minimalista y absolutamente aterradora. Y en ese momento comprendí que no había vuelta atrás: había entrado en su territorio, y durante las próximas horas ese espacio negro iba a convertirse en el único mundo que existiría para mí.

Ponte sobre el potro — Fue su primera orden.

Obedecí de inmediato, dirigiéndome al potro de acero negro. Al subirme, el contacto del cuero frío contra mi piel desnuda me provocó un escalofrío violento; mis sentidos estaban tan hiperestimulados que cada textura se sentía amplificada. En ese momento, la certeza de mi entrega me golpeó con fuerza: ya no existía Iris, era nueve y era suya y él podía disponer de mi cuerpo como de cualquier otro objeto de aquel ático.

Víctor se acercó con una calma imperturbable. Sus manos, expertas y decididas, ajustaron las correas de cuero hasta inmovilizarme por completo, exponiéndome bajo la cruda luz quirúrgica. Sentí su palma acariciando mi nalga con una lentitud insoportable, una caricia que no buscaba consuelo, sino reafirmar su dominio. Cuando sus dedos se deslizaron hacia mi sexo, explorando mi humedad con una precisión casi clínica, mi cuerpo se estremeció contra el cuero. No era un acto de pasión, sino la inspección de una propiedad recién adquirida.

Me penetró con sus dedos y con ellos, empezó a entrar y salir de mí con un ritmo que me estaba volviendo loca. Sentía cómo la tensión iba subiendo por mis piernas y se concentraba toda ahí abajo, llevándome justo al borde del orgasmo. Pero cada vez que estaba a punto de perder el control y correrme, él parecía saberlo; se detenía un segundo o cambiaba de ritmo, dejándome suspendida en esa sensación que era casi dolorosa de lo intensa que era. Lo repitió varias veces, jugando con ese límite una y otra vez, hasta que yo no era más que un manojo de nervios suplicando por un final que él no tenía ninguna intención de darme todavía.

No podía soportarlo más y sollozando le supliqué:

Deja que me corra Amo, no puedo más.

Las perras como tú, no deciden cuando se corren — su tono de voz sonó cortante, firme.

Retiró su mano de golpe, dejándome en un vacío insoportable. Mi cuerpo, que estaba arqueado y buscando su contacto, se desplomó contra el cuero del potro, temblando por la frustración física. Sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquier azote; me sentí pequeña, ridícula en mi desesperación.

Víctor se alejó un par de pasos, rompiendo la tensión del contacto físico con una indiferencia que me dolió más que cualquier golpe. Sacó de su bolsillo un pañuelo de seda negra y se limpió los dedos con una parsimonia meticulosa, eliminando el rastro de mis jugos como si fueran una mancha inoportuna en su historial.

Al mirarlo, me quedé sin aliento: no había ni rastro de excitación en su rostro, ni un destello de empatía. Solo conservaba esa calma corporativa, gélida y absoluta, como si acabara de cerrar una reunión de negocios rutinaria o de firmar un informe de rendimiento. Para él, mi desmoronamiento emocional no era un drama, era simplemente el resultado esperado de su gestión. En su mundo, yo no era una mujer en crisis; era un activo bajo su control total.

Mírate, «nueve» —dijo con ese susurro helado que me ponía los pelos de punta —. La mujer que dirige campañas millonarias, la que todos los hombres de la ciudad intentan impresionar, ahora está aquí lloriqueando por un orgasmo que no le pertenece.

Suspiré y vi como volvía acercarse a mí para desatarme, obligándome a bajar del potro. Sentí como las piernas me flaqueaban. Me sentía vacía, humillada y, sin embargo, más viva de lo que me había sentido en años.

Me condujo hacia la imponente cruz de San Andrés. Con movimientos expertos, aseguró mis extremidades a la estructura, obligándome a darle la espalda y dejándome completamente expuesta a su voluntad. Por el rabillo del ojo, vi cómo se acercaba a un armario de madera oscura y extraía un vibrador de diseño elegante y contornos firmes. Regresó a mi lado y, con una voz que no admitía vacilación, me ordenó:

—Chúpalo.


Acercó el dispositivo a mis labios y obedecí al instante, rodeándolo con mi boca bajo su mirada atenta. Satisfecho, lo puso en marcha; el zumbido eléctrico llenó el silencio de la estancia, enviando una descarga de anticipación por mi columna. Sentí cómo lo aproximaba a mi intimidad, restregándolo primero contra mi propia humedad, jugando con el borde de mi resistencia, hasta que finalmente lo introdujo en un movimiento firme.

El estremecimiento fue total; la vibración parecía sacudir mis cimientos desde dentro. Sin embargo, Victor no había terminado. Usando unas cuerdas finas de seda, aseguró el aparato contra mi pierna, tensándolas lo justo para que el juguete permaneciera en su lugar, garantizando que el placer —o la tortura— no tuviera tregua. Una vez satisfecho con su obra, se alejó unos metros, dejándome allí, atada y a merced de la máquina que él controlaba.

Victor rompió el silencio con el sonido rítmico de sus pasos sobre el suelo de madera. No regresó a mi lado de inmediato; en su lugar, se detuvo frente a un soporte donde colgaban diversos instrumentos de cuero y metal. Lo escuché deslizar los dedos por ellos, un siseo sutil que me hizo tensar cada músculo de la espalda.

—Esa vibración es solo el ruido de fondo, nueve —dijo su voz, proyectada desde la distancia—. Ahora quiero ver cómo reacciona tu piel a la presión.

Reapareció en mi campo de visión periférica sosteniendo un flogger de colas finas y cuero suave. Pero no lo usó de inmediato. Primero, lo vi acercarse a un pequeño recipiente que contenía hielo. Sumergió las puntas del cuero en el agua helada y luego se situó detrás de mí, allí donde mi vulnerabilidad era absoluta.

El primer contacto fue un choque eléctrico: las puntas heladas del cuero rozaron la parte superior de mis muslos, justo donde la piel es más sensible. Solté un jadeo que se perdió en la habitación. El contraste entre el calor interno que provocaba el vibrador y el frío externo del cuero mojado era una tortura deliciosa.

—No te muevas —ordenó, y esta vez el golpe fue un poco más firme, un chasquido seco contra mis nalgas que dejó un rastro de fuego helado—. Cada marca que deje será una de esas «notas al margen» que te prometí. Dime, ¿qué sientes ahora mismo?

Mi respiración era un desastre de espasmos. El vibrador seguía cumpliendo su función, sacudiendo mis sentidos, mientras Victor empezaba a dibujar un mapa de sensaciones sobre mi espalda y mis piernas con el cuero húmedo.

Victor detuvo el rítmico azote del cuero frío. El silencio volvió a inundar la estancia, solo interrumpido por el zumbido constante del vibrador que seguía trabajando entre mis muslos. Escuché sus pasos alejarse hacia un pequeño escritorio situado en una esquina sombría de la habitación. Tras un par de clics, una luz azulada iluminó parte de su torso desnudo.

—¿Recuerdas la llamada de antes, nueve? —preguntó, sin apartar la vista de la pantalla—. Mi socio en Tokio es un hombre de gustos muy específicos. Y muy exigente con sus inversiones.

Un escalofrío que nada tenía que ver con el hielo me recorrió la espina dorsal. Victor giró ligeramente un monitor que yo apenas alcanzaba a ver por el rabillo del ojo. En la pantalla, pude distinguir la silueta de un hombre maduro, vestido con un traje impecable, sentado en un despacho que gritaba poder. Estaba inmóvil, observando.

—Él es quien está cerrando el contrato que mencionaste en tus notas —continuó Victor, regresando hacia mí con una sonrisa depredadora—. Le he dicho que tengo una pieza nueva, una que asegura que disfruta siendo observada mientras cumple con su deber.

Se situó detrás de mí y, con una mano firme, agarró mi cabello para obligarme a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello y permitiendo que la cámara situada frente a la cruz captara cada detalle de mi rostro descompuesto por la mezcla de placer y vergüenza.

—Saluda a nuestro invitado, nueve. Dile lo que sientes ahora que sabes que su mirada está recorriendo cada centímetro de tu cuerpo atado. Dile qué se siente al ser, por fin, el objeto de exhibición que siempre soñaste ser.

Mi voz se quedó atrapada en mi garganta. Ver al hombre al otro lado de la pantalla, tan pulcro, tan ajeno a mi tormento y a la vez tan dueño de él, hizo que mi humedad se desbordara. La fantasía de la oficina, del cliente que me compraba, se estaba volviendo una realidad asfixiante y perfecta.

—Habla —ordenó Victor, dando un tirón seco a mi pelo—. O tendré que pedirle que sea él quien decida la intensidad de tu próximo "juego".

Victor se acercó de nuevo al monitor, manteniendo una mano firme sobre mi nuca. Sus dedos se hundieron en mi cabello, obligándome a mirar la pantalla donde el socio de Tokio permanecía como una estatua de mármol, observando mi desamparo a través de la lente.

—Parece que le gustas, nueve —susurró Victor, y sentí su aliento caliente contra mi oído—. Dice que nunca ha visto a una mujer de negocios tan… funcional. Pero quiere ver hasta dónde llega tu disciplina.

Con la otra mano, Victor buscó el control del vibrador que aún zumbaba con furia dentro de mí. Sentí un clic y, de repente, la intensidad aumentó. Mis rodillas flaquearon y un gemido agudo se escapó de mi garganta, rebotando en las paredes de la habitación. Estaba en el borde, a un solo espasmo de perder el sentido de la realidad.

—Quieta —ordenó Victor con una autoridad que me heló la sangre—. Tienes prohibido correrte. No importa cuánto te duela, no importa cuánto lo necesites. Tus orgasmos ya no te pertenecen; ahora son una moneda de cambio en esta negociación.

Cerré los ojos con fuerza, luchando contra las olas de placer que amenazaban con derribar mis defensas. El vibrador era una tortura eléctrica. Cada fibra de mi ser gritaba por la liberación, pero el mandato de Victor era una barrera infranqueable.

—Míralo, nueve —me obligó Victor—. Mira a quien tiene la llave de tu alivio.

Abrí los ojos, empañados por las lágrimas de frustración y deseo. El hombre en Tokio se inclinó ligeramente hacia adelante. Sus ojos, oscuros y analíticos, recorrían mi cuerpo atado a la cruz. Hubo un intercambio de palabras en ese idioma ininteligible; Victor respondió con un tono breve y respetuoso.

Pasaron los segundos, que se sintieron como horas de agonía. Mi vientre era un nudo de tensión insoportable. Entonces, el socio asintió una sola vez, un gesto imperceptible pero definitivo, y pronunció una palabra corta que sonó a sentencia.

Victor sonrió, una expresión de triunfo absoluto.

—Él ha dado su aprobación. Ha dicho que tu obediencia es… satisfactoria.

Sin previo aviso, Victor llevó la intensidad del aparato al máximo y, al mismo tiempo, sus dedos libres acariciaron mi punto más sensible con una presión experta.

—Ahora, nueve. ¡Ahora! —rugió.

El mundo estalló en mil pedazos. El orgasmo me golpeó con una violencia que me hizo arquear la espalda contra la madera de la cruz, mientras un grito desgarrador salía de mis pulmones. Me corrí de forma frenética, desvergonzada, bajo la mirada imperturbable del hombre en la pantalla, sabiendo que mi humillación era su entretenimiento y mi rendición, su mayor dividendo.

Cuando finalmente el eco de mi éxtasis se apagó, quedé colgando de las cuerdas, temblando y vacía. Victor se limitó a apagar el monitor. La pantalla volvió a negro, pero yo sabía que, a partir de ese momento, nunca volvería a ser la misma.

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