miércoles, 28 de enero de 2026

El Señor del Chianti: Una tarde en la fortaleza de Bruno Martinelli

 


Dejar atrás Florencia y adentrarse en las colinas de Greve in Chianti es entrar en el dominio de una de las estirpes más antiguas de Italia. Pero al llegar a las puertas de la Tenuta Martinelli, uno comprende que Bruno (42 años) no es un bodeguero al uso. Heredero de un imperio vinícola que factura millones y exporta la esencia de la Toscana a todo el mundo, Bruno ha transformado la tradición familiar en algo mucho más hermético y sofisticado.

Bajo su mando, las bodegas Martinelli no solo producen algunos de los tintos más premiados del mundo; son un símbolo de poder. Sin embargo, en los últimos meses, el interés de Bruno parece haberse desplazado de las uvas a los lienzos. En su villa privada, una construcción de piedra que parece vigilar los viñedos con ojos de centinela, se oculta un Géricault que ha despertado el interés de coleccionistas y críticos.

Nos recibe en su despacho, rodeado de estanterías que albergan botellas históricas y libros de arte. El aire huele a madera de roble, tierra mojada y a ese silencio pesado que solo el dinero antiguo sabe mantener. Bruno Martinelli nos espera de pie, mirando hacia sus tierras, con la autoridad de quien sabe que cada cepa que crece ahí fuera le pertenece.


🥃 La Entrevista: Entre Cepas y Sombras

Entrevistador: Señor Martinelli, sus vinos son famosos por tener "carácter y una pizca de oscuridad". ¿Se ve reflejado en su producto?

Bruno: (Se gira lentamente, sosteniendo una copa de un tinto casi negro) El buen vino no se hace solo con sol; necesita el frío de la noche y la presión de la tierra. La gente quiere historias dulces, pero la realidad es que lo mejor de la vida nace de la lucha. Mi familia lleva siglos dominando esta tierra, y yo no soy más que el resultado de esa persistencia.

Entrevistador: Muchos se sorprendieron cuando decidió traer a una restauradora externa a la Villa para trabajar en el Géricault, en lugar de enviarlo a un laboratorio en Florencia.

Bruno: (Se sienta tras su escritorio de caoba, su mirada es fija y penetrante) Mi casa no es un lugar de paso. El cuadro es una pieza delicada y, como mis mejores viñedos, requiere una atención constante, exclusiva. No me gusta que mis pertenencias viajen. Sofía Martinelli... (hace una pausa breve, casi imperceptible) ha demostrado tener una sensibilidad que otros expertos, más académicos y aburridos, no poseen. Ella entiende que para curar algo, primero hay que atreverse a tocar la herida.

Entrevistador: ¿No es un riesgo meter a una desconocida en el núcleo de su vida privada en Greve?

Bruno: (Lleva la copa a sus labios, pero no bebe) El riesgo es el único condimento que hace que la vida valga la pena, ¿no cree? Además, en esta villa nada sucede sin que yo lo permita. La señorita Martinelli está aquí para hacer un trabajo, y yo estoy aquí para asegurarme de que lo haga a la perfección.

Entrevistador: Se dice que usted es un hombre que nunca pierde el control.

Bruno: El control no es algo que se tenga, es algo que se ejerce. Ya sea sobre una cosecha de Sangiovese o sobre las personas que pisan mi suelo. Quien cree que tiene el control suele ser el primero en caer. Yo prefiero ser quien sostiene la red.

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Si quieres conocer más profundamente a Bruno Martinelli, lo encontrarás aquí: 

BAJO EL TRAZO DEL AMO

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