CAPITULO 1 Bruno Martinelli.
Una mezcla de nerviosismo e incredulidad me recorría. No podía creer que estuviera allí, en Capri, a punto de conocer a Bruno Martinelli. Su nombre resonaba más allá de los viñedos que habían forjado su fortuna; era el dueño de la bodega más famosa de Italia y, según se rumoreaba, poseía una de las colecciones de arte privadas más exquisitas de Europa.
Todo había sido un torbellino: apenas cuarenta y ocho horas antes, la fría voz de su secretaria me comunicaba que el propio Martinelli quería que examinara en persona un cuadro de su colección, invitándome a su villa en Capri, donde estaba pasando las vacaciones, para verificar su autenticidad. El hombre era una leyenda en más de un sentido: mecenas de artistas emergentes, uno de los solteros más cotizados del país –a pesar de un divorcio que, según las revistas, le había costado una fortuna– y objeto de susurros sobre una marcada preferencia por el BDSM en la intimidad. Ahora, yo estaba a punto de sumergirme en su mundo. ¿Sería verdad todo lo que contaban de él? Estaba a punto de descubrirlo.
Llegué al puerto de Capri a las ocho menos cuarto y, al bajar del ferry, vi a un hombre moreno de cierta edad y aspecto serio que sostenía un cartel con mi nombre. Me acerqué y le dije:
— Soy Sofía Vargas.
— Benvenutta, Signorina — me respondió el hombre con cierta alegría en un perfecto italiano.— Soy Lorenzo, el mayordomo del Señor Martinelli, he venido a buscarla.
Esbocé una sonrisa de agradecimiento y le cedí mi equipaje. La seriedad profesional de Lorenzo, en lugar de resultarme fría, me inspiró una confianza inmediata. Me guio hasta un vehículo discreto pero elegante, y el breve trayecto hasta la villa transcurrió en un silencio cargado de expectación.
A través de la ventanilla, intentaba asimilar el paisaje que se sucedía, mientras cada curva del camino me acercaba más al enigma de Bruno Martinelli. La carretera serpenteaba junto al acantilado, ganando altura constantemente. De pronto, Lorenzo redujo la velocidad.
Un último giro brusco nos sacó de la maleza. Al final de un camino privado, la villa se reveló ante mis ojos. No era un palacio ostentoso, sino una estructura amplia y elegante, de paredes encaladas en un blanco cegador y contornos suaves que parecían fundirse con la roca sobre la que estaba construida. Su presencia, allí en lo alto, era una declaración silenciosa de poder.
La ubicación era imponente: se alzaba sobre un saliente del acantilado, como si desafiara al vacío. Desde allí, las vistas del Mar Tirreno eran una explosión de azul infinito, un tapiz que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Alrededor de la villa, en lugar de un jardín convencional, se extendían terrazas naturales con olivos centenarios. Macizos de buganvillas y jazmines trepaban por las paredes, llenando el aire con una dulce fragancia que se mezclaba con la brisa salina que subía del mar.
Un camino empedrado bordeado de cipreses nos guio hasta la entrada principal. Mientras el coche se deslizaba lentamente, mi mirada fue atraída inmediatamente hacia el lateral: una terraza-mirador de piedra se proyectaba audazmente hacia el horizonte, con una mesa y unas pocas butacas, prometiendo atardeceres inolvidables.
Finalmente, Lorenzo detuvo el coche frente a la imponente puerta. Antes de que yo pudiera moverme o asimilar la vista, él ya estaba abriendo mi puerta.
—El señor Martinelli la espera en el mirador —informó, señalando un arco que se abría hacia el jardín.
Bajé del coche y me metí por debajo del arco y entonces lo vi.
Estaba de espaldas a mí, contemplando el mar. La brisa le hinchaba la camisa blanca, pegándola a una espalda ancha que delataba una fuerza serena. Se apoyaba en la barandilla con una naturalidad absoluta, como si aquel paisaje increíble le perteneciera. Me quedé quieta, sin respirar, sintiéndome una intrusa en un cuadro perfecto.
De pronto, se giró con una lentitud deliberada, como si la corriente de mi mirada hubiera perturbado el aire a su alrededor. Y entonces, sus ojos se clavaron en los míos, atravesándome con una intensidad que me dejó sin aliento y convirtió el espacio entre nosotros en un campo de fuerza cargado de electricidad.
Eran del color de la miel oscura, intensos y directos. No fue un vistazo cortés, sino un examen pausado que me recorrió de arriba abajo, haciéndome consciente de cada uno de mis huesos, del vestido que repentinamente me pareció demasiado sencillo, de los nervios que debían de transparentarse en mi rostro. Sentí un calor que me subió desde el cuello hasta las mejillas. Su rostro era una máscara de tranquilidad, pero en sus ojos ardía una chispa de curiosidad que parecía decir: "Así que eres tú."
— Señorita Vargas — dijo.
Su voz era más grave de lo que había imaginado, con un acento italiano sutil que envolvía mi nombre y lo hacía sonar a algo importante. Era una afirmación, no un saludo.
Abrí la boca, pero solo conseguí articular un susurro ronco.
— Señor Martinelli.
Él asintió, casi imperceptiblemente, y entonces vi cómo una esquina de su boca se curvaba ligeramente. No era una sonrisa, era algo más íntimo y evaluador. El mundo pareció reducirse a ese pedazo de terraza, al sonido lejano de las olas y a la presión de su mirada sobre mí.
— Bienvenida a Capri — dijo, y esas tres palabras sencillas sonaron como la promesa de algo que estaba a punto de comenzar.
Él mantuvo su mirada sobre mí unos segundos, haciéndome sentir aún más nerviosa. Luego, hizo un gesto con la mano invitándome a acercarme a la barandilla.
— Acérquese — dijo, su voz sonó grave, como si me diera una orden — la vista desde aquí justifica cualquier viaje.
Obedecí y me acerqué, situándome a su lado para contemplar la vista. En ese instante, un aroma sutil a sándalo y aire puro me envolvió, resultando profundamente embriagador.
— Es… increíble — murmuré, mirando el mar. Y era cierto, pero en ese momento el paisaje parecía empequeñecido por su presencia.
— Sí — respondió él, pero noté que no miraba al mar. Me estaba mirando a mí de reojo — La belleza siempre es bienvenida aquí.
Sus palabras me hicieron ruborizar de nuevo. ¿Se refería al paisaje o a mí? No me atrevía a preguntar.
—Lorenzo le llevará el equipaje a su habitación —continuó, con un tono más práctico—. He pensado que podríamos hablar del cuadro después de que descanse un poco del viaje. A menos que prefiera comenzar de inmediato.
—No, no —me apresuré a decir, agradecida por el respiro—. Un poco de tiempo para... asimilar todo esto, sería perfecto.
Una sonrisa casi imperceptible volvió a asomar en sus labios.
— Me alegro de oír eso. Esta noche, después de la cena, le mostraré el cuadro.
Al decir ”cuadro”, sus ojos recorrieron mi rostro de nuevo, y por primera vez, tuve la certeza de que no solo hablaba de pinturas. Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con la brisa del mar.
— Hasta luego, entonces, Sr. Martinelli.
— Cenaremos a las nueve.
Afirmé con la cabeza y me dirigí hacía el interior de la casa. Lorenzo me esperaba junto a la escalera que llevaba al piso superior.
— Ya he dejado sus maletas en su habitación, si me permite la llevaré.
Dejé que Lorenzo me guiara fuera del vestíbulo. Lo seguí por un pasillo que se abría a una zona más privada de la villa, hasta la espaciosa habitación en la que me alojaría aquellos días. Apenas cerró la puerta, mi primera acción fue acercarme a la ventana y contemplar la vista que se extendía bajo el acantilado.
Una vez recobrada la calma, me volví hacia mi maleta. Primero le envié un mensaje a Esther, mi mejor amiga y compañera de piso, diciéndole que ya había llegado. Luego, con la intención de que la ropa no se arrugara más de lo que ya estaba, la saqué de la maleta y la coloqué en el armario.
Tras deshacer el equipaje, decidí explorar la suite. La habitación era tan imponente como el resto de la villa: alta, con techos de vigas vistas y una cama amplia vestida con lino crujiente. Pero la verdadera joya era el baño. Al entrar, me encontré con una bañera antigua de pies cromados, situada bajo una ventana que enmarcaba un trozo de cielo azul. En una repisa de mármol descansaban jabones artesanales que desprendían una fragancia limpia a romero y cítricos. Por un momento, la tensión se esfumó. Era imposible no sentirse acogida, casi mimada, por aquel silencioso lujo. Aproveché aquella sensación para tomarme una ducha, dejando que el agua caliente llevara consigo los últimos restos del viaje.
Envuelta en una nube de vapor y con la piel aún caliente, el siguiente paso se presentó inevitable: vestirme para la cena. Abrí el armario y contemplé mi ropa colgada con cuidado. ¿Qué se ponía una para cenar con un hombre como Bruno Martinelli? No era una cita, me recordé a mí misma. Era un compromiso profesional. Al final, elegí un vestido sencillo de lino color verde esmeralda, elegante sin esfuerzo, que sabía que resaltaba el color de mis ojos sin parecer un intento demasiado obvio.
Me sequé el pelo al aire, dejando que cayera suelto sobre mis hombros con sus ondas naturales. Un poco de rímel y un toque de carmín fueron mis únicas concesiones al maquillaje. Quería proyectar serenidad, profesionalidad, aunque por dentro sintiera un batiburrillo de nervios y expectación.
Bajé la escalera consciente del eco de mis pasos. A medio camino, una presencia imantada atrajo mi mirada hacia el salón. Bruno, de pie junto a la chimenea apagada, sostenía distraídamente una copa mientras su mirada, cargada de una intensidad absoluta, se mantenía fija en mi avance, convirtiendo cada paso en una tensión creciente.
Se había cambiado y ahora llevaba unos pantalones de lino de un color oscuro, y una camisa blanca, abierta en el cuello, que le daba un aire de elegancia relajada. Pero fue su expresión lo que me dejó sin aliento.
Sus ojos me recorrieron de arriba a abajo, con una lentitud deliberada y palpable, bajando por mi figura lentamente, observando cada detalle.
El mundo se detuvo durante un latido suspendido en el aire, donde el único sonido era el leve tintineo de su copa al encontrar la repisa de la chimenea. En el rostro de Bruno, por primera vez, la máscara de control se resquebrajaba: primero por la sorpresa, y después por algo mucho más profundo y peligroso—una mezcla de aprobación y un deseo que ya no se molestaba en ocultar.
Y entonces, una sonrisa lenta y genuina se dibujó en su rostro.
— Señorita Vargas — dijo, y su voz sonó un tono más grave, casi áspera — Ese color le sienta muy bien. Hace honor a su nombre. Sofía: sabiduría que se viste de belleza.
Avancé los últimos peldaños, sintiendo como sus palabras me hacían enrojecer las mejillas. Él se acercó a mí, y extendió su mano tomando la mía con suavidad.
— Comeremos en el jardín de invierno, hoy — murmuró, acercándose lo suficiente para que pudiera sentir su aroma a sándalo y vino tinto. — Espero que tenga hambre.
Al tomar mi brazo y guiarme, su contacto fue firme y electrizante. Supe, sin lugar a dudas, que la cena sería tan memorable como el hombre que tenía a mi lado.
El comedor del jardín de invierno era pequeño e íntimo, una pequeña mesa para dos, situada en el centro. Las paredes y el techo acristalados, dejaban ver el hermoso cielo estrellado sobre nuestras cabezas.
Lorenzo sirvió los sencillos platos que habían preparado para nosotros, una ensalada de langosta como primero y unos ñoquis de castaña después, todo ello aderezado con un vino blanco de la cosecha de Bruno.
—Para empezar con algo ligero —aclaró, sirviéndome una copa—. El tinto lo guardamos para las verdaderas confesiones.
El doble sentido era tan deliberado como la mirada que me dedicó al decirlo. Sin embargo, en lugar de presionar, cambió de tema con elegancia. Empezó a hablar de la viña con una pasión que le transformaba el rostro, hablándome de la paciencia que requiere cada cosecha, de saber leer la tierra y el clima...
—No es un negocio, es un matrimonio con la tierra —dijo, y luego desvió la mirada hacia mí—. Exige saber cuándo presionar y cuándo dejar que las cosas maduren por sí solas.
Sus palabras flotaron en el aire, cargadas de doble sentido. Yo tomé un sorbo de vino, buscando coraje.
—Yo soy lo opuesto —confesé—. Mi trabajo es forzar que lo que está oculto salga a la luz. La pintura no tiene paciencia; tiene secretos que revelar.
Bruno sonrió, apoyando el codo en la mesa y la barbilla en la mano, estudiándome.
—¿Y usted, Sofía? ¿Tiene muchos secretos que revelar?
El cambio de tema fue tan sutil como directo. Ya no hablábamos de cuadros, hablábamos de mí.
—Los justos —respondí, esquivando la pregunta con torpeza.
—Los míos también —dijo él, sin apartar los ojos de los míos—. Pero algunos secretos pierden la gracia si se revelan demasiado pronto. La anticipación es lo que les da valor.
Durante el plato principal, la conversación derivó hacia nuestros pasados. Yo le conté, de forma superficial, sobre mi amor por el arte desde niña, creciendo entre libros y museos. Él, a cambio, me habló de cómo heredó la viña de su abuelo, pero cómo el amor por el arte se lo debía a su madre
—Ella me decía que el vino y el arte son lo mismo: ambos necesitan tiempo para mostrar su complejidad. Y ambos se disfrutan mejor... con los sentidos alerta.
Al decir esto, dejó su tenedor en el plato y se reclinó en la silla. La cena había terminado. Lorenzo apareció para retirar los platos y servir un digestivo ámbar en copas bajas.
—¿Y qué siente ahora, Sofía? —preguntó Bruno, haciendo girar lentamente su copa—. Después de conocer este rincón de mi mundo, y al hombre que lo habita. ¿Sigue siendo solo un trabajo?
La pregunta era una trampa delicada. Admitir que era más que un trabajo sería ceder terreno. Negarlo sería una mentira demasiado transparente.
—Siento... —busqué las palabras con cuidado, sintiendo cómo su mirada me recorría los labios— que esto es más complejo de lo que había anticipado. Y que tal vez, algunas cosas sí merecen ser tomadas con paciencia.
Una sonrisa de genuina satisfacción se dibujó en su rostro. Era la respuesta que quería oír.
—Me alegra oírlo —dijo, levantando su copa en un brindis silencioso—. Porque lo mejor, querida Sofía, siempre está por llegar.
El mensaje estaba claro. La cena había terminado, pero el verdadero juego no hacía más que empezar.
— Vamos a ver ese cuadro — dijo Bruno con firmeza.
Con un gesto sereno, me guio por un pasillo lateral que desembocaba en una escalera de piedra descendente. El aire se volvió más frío y húmedo a medida que bajábamos, y el bullicio del mundo exterior se apagó por completo. Mi corazón latía con un ritmo acelerado y sordo, como un tambor aprisionado en mi pecho. No era solo la expectativa por ver el cuadro; era una corazonada visceral, una certeza de que lo que aguardaba en aquel sótano trascendía con creces el ámbito del arte. Sospechaba, con una mezcla de temor y fascinación, que la auténtica obra maestra que Bruno coleccionaba no colgaba de ninguna pared, sino que se escondía en una mazmorra.
Al llegar frente a una puerta maciza de roble, reforzada con hierro, se detuvo. La llave giró en la cerradura con un chasquido que resonó en la oscuridad del pasillo. Entonces, su mano encontró la mía. Su contacto era firme, no una invitación, sino una afirmación.
—Bienvenida a mi mundo, Sofía —dijo su voz, grave y deliberada, justo antes de empujar la pesada puerta.
Y entonces lo vi. No era una simple habitación. Era su santuario. La mazmorra.
No había humedad ni oscuridad, sino la penumbra cálida de una suite subterránea elegantemente amueblada. El aire era una mezcla embriagadora de cuero nuevo, madera pulida y una nota sutil de sándalo, creando una atmósfera a la vez lujosa e inquietantemente íntima.
Las paredes eran de piedra natural, y una luz tenue y cálida embutida en el suelo iluminada el espacio. Había perchas de acero pulido en casi todas las paredes, de las que colgaban fustas de cuero trenzado, vendas de seda negra, esposas y collares de cuero negro o marrón y argollas de acero perfectamente integradas en la piedra.
En el centro de la estancia destacaba una mesa de masaje forrada de cuero negro con sujeciones ajustables, sobre la que no pude evitar imaginarme atada mientras era sometida por Bruno. Un escalofrío me recorrió en ese momento, mientras seguía observando. A un lado había un banco de madera maciza tallada, similar a un potro de doma. Y en una esquina, un sillón de cuero profundo, como un trono desde donde observar.
Pero lo que más me impactó fue la cama. Era una estructura baja y amplia, sin cabecero convencional, pero con barrotes de hierro forjado en un diseño elegante y sinuoso que se elevaban desde la base, sugiriendo infinitas posibilidades de sujeción.
Era un espacio cuidado, deliberado y hermoso. No había nada sádico o caótico en él. Era la materialización de un deseo meticuloso y de un control absoluto sobre el entorno. Cada detalle gritaba que aquel no era un lugar de castigo, sino de entrega ritualizada.
Fue entonces cuando, tras Bruno, mis ojos encontraron el cuadro. Colgado en la única pared libre, iluminado como una reliquia, el Géricault parecía observar toda la escena con su mirada eterna de éxtasis y dolor.
Era una pintura de estilo romántico oscuro, con la pincelada enérgica y el dramatismo típico de un maestro como Géricault. El juego de claroscuro era magistral, sumergiendo la escena en una penumbra de la que emergían, bañados en una luz celestial y cruel, dos figuras.
En el centro, un hombre de anatomía poderosa, un sátiro o un mortal, estaba atado por las muñecas a la rama de un árbol nudoso. Su cuerpo no estaba en una pose de tormento grotesco, sino en una tensión contenida y casi elegante. Los músculos de sus brazos y abdomen se marcaban bajo la piel, no por la fuerza, sino por la resistencia al dolor que se avecinaba. Pero lo que me heló la sangre fue su rostro. No había miedo, ni siquiera rabia. Su cabeza estaba ladeada, la mirada perdida en un punto cualquiera de la habitación, con una expresión de éxtasis sombrío, de abandono total. Era la paz del que ya no lucha, la rendición más profunda.
Detrás de él, semioculta por las sombras, se erguía la figura de Apolo. No portaba un cuchillo, sino que su mano descansaba con posesión sobre el hombro del hombre atado, no como un verdugo, sino como un dueño que reclama lo que es suyo. Su rostro era sereno, impasible, un contraste perfecto con la tormenta interior del condenado.
Era una alegoría del poder, la sumisión y la entrega. No celebraba el sufrimiento, sino la belleza trágica de perder el control ante una fuerza superior. Cada pincelada gritaba una verdad incómoda y fascinante: que en la vulnerabilidad más extrema podía residir una forma de libertad.
Miré instintivamente las argollas de acero de la habitación y luego volví al cuadro. No era una decoración. Era la declaración de principios de Bruno.
— ¿Ese es el cuadro? — le pregunté impresionada.
— Sí, ese es. Géricault siempre fue un obseso de la verdad del cuerpo bajo estrés. Pero la mayoría ve solo el sufrimiento. Yo veo el momento en que la resistencia cesa. Marsias ya ha luchado. Ahora solo siente. La cuerda no lo sujeta; lo sostiene. Es la única cosa real en su universo ahora. ¿Ves la paz en sus ojos, incluso con el dolor? Eso es la rendición. Es más poderosa que cualquier grito — explicó con voz pausada y reflexiva.
Una comprensión lenta y reveladora me invadió. Aquel no era solo un Géricault valioso; era un espejo. La rendición de Marsias, su éxtasis en la sumisión, reflejaba la misma verdad que latía en cada rincón de aquella habitación.
—No es un cuadro sobre dolor —susurré, mis ojos encontrando los de Bruno—. Es sobre la libertad que se encuentra al dejar de luchar.
La sonrisa que floreció en sus labios era diferente a todas las que le había visto antes: era la de un hombre que, por primera vez, se sentía completamente comprendido
— Todo arte grande trata sobre la condición humana, Sofía. Este cuadro no es una excepción. Es la mejor introducción a mi mundo que podía encontrar.
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