CAPÍTULO 1 El anuncio.
El anuncio parpadeaba en la pantalla del ordenador, frío y directo:
24 horas.
Sin safeword.
500 000 €.
Solo una candidata al año.
Debajo, una cuenta atrás marcaba el tiempo que quedaba hasta que se cerrara la convocatoria: 00:00:30
Llevaba
días dándole vueltas, incapaz de decidirme, atrapada en un bucle de
curiosidad y miedo. Había oído hablar por primera vez de él en un
local BDSM al que iba de vez en cuando, un lugar donde el control es
una moneda de cambio, pero el nombre de Víctor Alday se pronunciaba
de otra forma, casi con reverencia.
Fue Ana, mi mejor
amiga, quien me lanzó el anzuelo una noche, bajando la voz entre el
humo y el ruido de las cadenas: «Víctor Alday —me dijo,
acercándose tanto que pude oler su perfume—, tan rico que el
dinero le sobra, si casi hasta le sale por las orejas. Pero no es su
dinero lo que lo hace peligroso, Iris. Es que cuando te mira, sabe
exactamente qué parte de ti quiere romperse».
Semanas
después, en mitad de una gala benéfica donde yo intentaba mantener
mi fachada de ejecutiva impecable, su secretaria se me acercó. Sin
decir palabra, con una discreción gélida, me deslizó una tarjeta
negra mate con un código QR y un enlace.
Ahora, en la
soledad de mi estudio, la luz del monitor era lo único que iluminaba
mi rostro. Estaba delante de esa misma página, con el cursor
temblándome sobre el botón de «Enviar». El cuestionario estaba
completo; mis fantasías más oscuras, mis límites y mis miedos
estaban ahí, expuestos en píxeles. Solo faltaba un clic para
entregarle mi voluntad, por veinticuatro horas, a un hombre que
prometía no tener piedad.
Dudé. Ser su sumisa
significaba dejar de ser la mujer que toma las decisiones.
Significaba no existir durante un día entero más que para su placer
y su mando. Con el corazón martilleando contra mis costillas, cerré
los ojos y pulsé.
La
pantalla se quedó negra tras el envío, devolviéndome mi propio
reflejo, pálido y con los ojos demasiado brillantes, en el cristal
del monitor. El silencio de mi estudio se volvió de pronto pesado,
casi asfixiante. Me levanté mecánicamente, con las piernas
sintiéndose como si no me pertenecieran, y busqué mi bolso en el
armario que hay detrás de la silla de cuero. Mis dedos tropezaron
con un caramelo de menta; lo saqué y me lo metí en la boca con un
gesto desesperado, como quien busca algo, cualquier cosa, que tape el
sabor amargo y metálico del miedo que me subía por la
garganta.
Miré el reloj de pared: casi las doce en punto.
El segundero parecía avanzar con una lentitud cruel.
Entonces,
el silencio fue desgarrado por el «clic» metálico de un correo
nuevo. El sonido me hizo dar un respingo, casi tirando el bolso al
suelo. Regresé a la mesa con el corazón golpeándome el pecho como
un animal enjaulado. Lo abrí.
No había saludos, ni
cortesía, ni rastro de humanidad. Solo cuatro líneas que se sentían
como una sentencia:
«Felicidades, has sido elegida.
Viernes 13, 22:00 h. Dirección encriptada en 72 h. No llegues ni un
minuto tarde.»
Me quedé mirando esas letras blancas
sobre el fondo oscuro, sintiendo cómo el caramelo se deshacía en mi
lengua. La precisión de Víctor Alday ya estaba empezando a ejercer
su poder sobre mí. No era una invitación; era una orden. Y el hecho
de que supiera exactamente cuándo enviarla me hizo comprender que,
desde ese mismo instante, mi tiempo ya no me pertenecía.
Llegué
a la dirección indicada exactamente a las diez en punto; ni un
segundo antes, ni un segundo después. El edificio, situado en la
zona más exclusiva de la ciudad, emanaba una opulencia tan discreta
que resultaba casi intimidante. En lugar de un vestíbulo
convencional, encontré una entrada privada donde el acero y el
mármol negro dominaban el espacio.
Tras introducir el código en un panel táctil, las puertas de metal se deslizaron sin hacer ruido. Entré en la cabina y la pantalla de cristal detectó mi presencia, iluminando únicamente el botón del ático. El trayecto hacia las alturas fue un deslizamiento silencioso y vertiginoso, un viaje sin escalas que me alejaba de la calle y me sumergía en el mundo privado de Víctor. Con cada piso que subía, sentía cómo la presión en mi pecho aumentaba, consciente de que, al abrirse de nuevo esas puertas, mi libertad se quedaría atrás.
Cuando
las puertas se abrieron, el espacio que se presentó ante mí no era
lujo, sino una gélida declaración de intenciones. Era un loft de
cuatrocientos metros cuadrados, con paredes negras mate y una
iluminación tan intensa y precisa que parecía quirúrgica. El suelo
era de marmol negro y tenía los muebles justos para lo que Victor
Aldany necesitaba.
Caminé por el pasillo hacia el
interior del piso, y allí, de pie junto a una mesa de cristal,
estaba Víctor. En aquel instante, la realidad superó cualquier
fantasía que mi mente de directora creativa de publicidad hubiera
sido capaz de fabricar. Acostumbrada a que los hombres se arrastraran
a mis pies, sentí que por fin cumplía aquel deseo casi suicida de
desaparecer, de encontrar la nada. Estaba en el umbral de mi quiebra
personal, dispuesta a ser reducida a lo que siempre había
fantaseado: un esclava. Él sería mi Amo durante las próximas
veinticuatro horas, yo la servicial sumisa.
Víctor
se acercó a mí. Su atuendo —vaqueros, camiseta negra, y
totalmente descalzo— era la antítesis del poder que yo llevaba en
mi propio traje de ejecutiva. La falda lápiz y la chaqueta gris eran
ridículas ante su informalidad absolutista.
Víctor no
pronunció palabra, pero su silencio pesaba más que cualquier grito.
Su único gesto fue una inclinación imperceptible del mentón,
señalando un punto exacto en el suelo, justo frente a él. En ese
instante, la directora creativa, la mujer que manejaba presupuestos y
equipos, se desvaneció en el aire. Lo que quedaba de mí —la parte
que siempre había deseado este momento— entendió la orden al
instante.
Empecé a despojarme de mi ropa con movimientos
lentos, casi rituales. Fui doblando cada prenda, esa armadura de seda
y lana que representaba mi antigua vida, y la deposité sobre una
silla cercana como si estuviera dejando atrás un disfraz que ya no
me servía. Con cada centímetro de piel que quedaba expuesto al aire
frío del ático, mi seguridad se evaporaba, sustituida por una
receptividad cruda.
Cuando estuve totalmente desnuda,
caminé hacia el punto indicado. Mis rodillas tocaron el suelo con un
roce sordo, colocándome a sus pies, en la posición que él había
decidido para mí. La humillación de estar así, expuesta y pequeña
ante su mirada impecable, era absoluta; pero la excitación era un
fuego frío que me recorría la columna, recordándome que, por fin,
ya no tenía que fingir que yo tenía el control.
Sobre el
frio suelo de mármol, frente a mí, descansaba una sola hoja de
papel de alto gramaje, con un sello seco en la esquina superior. Era
el documento que formalizaba mi rendición, el contrato que convertía
mis fantasías en una obligación ineludible.
Víctor se
acercó con una parsimonia que me erizó la piel, sosteniendo un
pesado bolígrafo Montblanc de plata. Sin romper el contacto visual,
un duelo silencioso que él ya había ganado, me lo ofreció. Alargué
la mano con un leve temblor y lo cogí, inclinándome sobre el papel
para estampar mi firma. Al hacerlo, un escalofrío me recorrió la
columna; ya no había cláusulas de rescisión ni marcha atrás.
Legal y voluntariamente, acababa de convertirme en la propiedad del
Sr. Aldany durante las próximas veinticuatro horas.
Le
devolví el bolígrafo a mi dueño, quien lo dejó sobre la mesa tras
él con un tintineo definitivo. Entonces, sus manos buscaron un
objeto que descansaba en un estuche de terciopelo: un collar de cuero
negro, grueso y austero, con una anilla de acero donde brillaba el
número nueve grabado.
Sentí el frío del metal y la
firmeza del cuero cuando lo cerró alrededor de mi cuello. El clic de
la cerradura resonó en mi pecho como un disparo. Suspiré, sintiendo
que el peso de ese collar borraba mis miedos y mis responsabilidades;
finalmente era suya. Víctor se inclinó entonces, invadiendo mi
espacio personal con su aroma a éxito y poder, y susurró en mi oído
con una voz que hizo flaquear mis rodillas:
—A partir de
ahora, y durante las próximas veinticuatro horas, dejas de tener
nombre. Serás, simplemente, el número nueve.
Tras
sentenciar mi nueva identidad, enganchó una cadena de metal frío al
collar de mi cuello. Se incorporó con una elegancia depredadora y,
con un leve tirón, me indicó mi lugar:
—De momento,
vas a caminar a cuatro patas. Te comportarás como lo que eres: mi
perra.
Victor tiró de la cadena y comencé el humillante
y excitante avance tras él por la suite. Recogió su teléfono móvil
de la mesa y, tras marcar un número, reanudó su marcha sin dejar de
tirar de mi correa. Escuché cómo hablaba con fluidez en un idioma
que me resultó totalmente ajeno —quizás chino o japonés—, una
barrera lingüística que me hacía sentir aún más aislada y
pequeña. Mientras le seguía, mi piel ardía de una excitación
irracional; el hecho de que él no me prestara la menor atención,
absorto en sus negocios internacionales mientras yo gateaba a sus
pies, convertía mi sumisión en algo absoluto y devastador.
Cuando
la conversación finalmente terminó, Victor dejó el móvil sobre la
mesa con un golpe seco. Un tirón firme de la cadena me obligó a
seguirle hasta la cocina. Allí, escondidos bajo una mesa auxiliar,
descansaban dos cuencos; uno de ellos rebosaba agua
cristalina.
—Bebe, perra —me ordenó con frialdad,
mientras él extraía una botella del frigorífico para saciar su
propia sed.
Obedecí sin dudar, anulando cualquier rastro de orgullo y agachándome para beber directamente del cuenco de cerámica negra. La humillación de la postura, con el cuerpo plegado a sus pies, se mezclaba con una necesidad eléctrica de complacerle en cada detalle, de ser la herramienta perfecta que él esperaba. Tras unos instantes que se sintieron eternos, la cadena volvió a tensarse con un tirón seco, guiándome ahora hacia la penumbra del comedor.
Me llevó hasta una silla de respaldo alto y madera labrada, una pieza imponente que dominaba la estancia como si fuera un trono antiguo.
—Siéntate ahí, nueve. Vamos a jugar un poco —ordenó, su voz vibrando en la estancia vacía.
Me incorporé con las piernas todavía temblorosas por el esfuerzo y la sumisión, y ocupé el lugar que me había indicado. Al sentarme, el frío de la madera barnizada y de los reposabrazos bajo mis dedos me hizo estremecer. La anticipación era ahora una presión física en mis pulmones; allí, expuesta y bajo la luz cenital de la lámpara de diseño, esperaba saber cuál sería el siguiente movimiento de mi dueño en este juego de sombras.
De
un aparador de caoba, Victor extrajo unas cuerdas de seda negra. Con
movimientos expertos y sin mediar palabra, aseguró mis piernas a los
reposabrazos del trono, forzándolas a permanecer abiertas en una
vellosidad vulnerable. Cuando terminó, se quedó unos segundos
frente a mí, recorriéndome con una mirada gélida que hizo que mi
intimidad palpitara de pura anticipación. La excitación era un
fuego que amenazaba con consumirme.
Sobre
la mesa
descansaban unos folios que recogió y me tendió con un gesto
seco.
— Lee en voz alta para mí, nueve. Que cada
palabra sea una caricia de tu propia vergüenza.
Tomé los
papeles con las manos temblando y comencé a leer, reconociendo al
instante mi propia caligrafía:
«Me imagino en una
reunión crucial con el cliente más importante de la agencia. Estoy
presentando la campaña del año, sintiendo la admiración de todos
sobre mí… y de repente, noto cómo me mojo tanto que el rastro de
mi deseo empieza a gotear sobre la silla de cuero. Nadie lo sabe,
pero yo sí. Deseo que alguien lo descubra, que huela mi excitación;
que me obliguen a seguir hablando mientras me corro en un silencio
agónico delante de todos».
Eran las fantasías que me
había hecho enviarle, las fantasías más vergonzosas que tenía;
mis secretos más inconfesables. A pesar de la humillación, sentir
su mirada sobre mí y mientras describía mi propia depravación
hacía que mi pulso se acelerara hasta el delirio. Continué, con la
voz cada vez más quebrada:
«Quiero que me obligues a
asistir a una cena de gala sin ropa interior, portando un plug y un
vibrador que controles tú desde tu móvil. Que me hagas alcanzar el
clímax en plena conversación con el director creativo más
arrogante de la ciudad; tener que sonreír y mantener el tipo
mientras mis piernas flaquean y todos confunden mi éxtasis con
simples nervios.
A veces fantaseo con que un hombre, me
folle en la terraza de mi apartamento, delante de todo el vecindario
y que desde sus ventanas mis vecinos puedan observarme, mientras soy
usada por mi hombre a su antojo».
—Más despacio, nueve
—me interrumpió Victor, su voz era un látigo de terciopelo—.
Quiero saborear cómo te tiembla la voz cuando confiesas lo que
deseas que te haga.
Suspiré, sintiendo el aire pesado y
cargado de electricidad. Traté de recuperar el aliento y retomé la
lectura, forzándome a ralentizar cada sílaba como él exigía,
dejando que mi propia voz me delatara.
«A veces, cuando cierro un contrato millonario y el salón estalla en aplausos, fantaseo con que, en realidad, el cliente me ha comprado a mí. Que firmo para ser su puta personal por un año: que me posea en la oficina tras las reuniones, que me comparta con sus socios, que me grabe para chantajearme y que yo deba acudir a trabajar cada mañana con el rastro de su semen seco entre mis muslos»
«Sueño con que me ates desnuda bajo tu escritorio mientras trabajas. Que pases las horas cerrando acuerdos millonarios por teléfono, con mis manos sujetas a tus tobillos y mi boca en tu polla; inmóvil, como un simple objeto que utilizas solo cuando te aburres. Sueño con que te corras sobre mi rostro y mis pechos, y me obligues a cargar con el rastro de tu semen sobre mi piel hasta que tú, y solo tú, consideres que es momento de limpiarme»
El
silencio que siguió a aquella confesión fue denso, casi sólido. En
aquel salón no se escuchaba más que mi respiración desbocada y el
zumbido eléctrico, casi imperceptible, de las cámaras que grababan
mi exposición. Victor, sentado frente a mí en una de las sillas del
comedor, me escrutaba con una intensidad gélida, como si intentara
descifrar los secretos que latían más allá de las palabras que yo
acababa de recitar. Fui incapaz de sostenerle la mirada; la vergüenza
pesaba demasiado y terminé bajando la cabeza, derrotada por mis
propios deseos.
—Muy bien, nueve —sentenció al fin,
su voz era un filo de seda—. Ahora ya no hay nada que yo no sepa de
ti. No queda ningún rincón donde puedas esconderte. Ni siquiera de
ti misma.
Escuché el sutil roce de sus pasos al
levantarse y cómo el aire cambiaba a medida que se acercaba a mi
posición. Sentí la presión de su dedo en mi mejilla, atrapando con
precisión una lágrima traicionera que había escapado sin mi
permiso. Victor no la limpió con delicadeza; simplemente la retuvo,
observándola como si fuera un dato más en su análisis. Se llevó
el dedo a los labios, probando el rastro de mi fragilidad con una
parsimonia que me hizo estremecer.
—Lloras por la
pérdida de control, no por tristeza —dijo con una voz baja y
analítica, mientras sus ojos buscaban los míos—. Es el sabor de
tu resistencia desmoronándose, nueve. Me gusta
Se
puso en cuclillas frente a mí, obligándome a alzar el rostro para
que nuestras miradas volvieran a colisionar. Sus ojos buscaban
cualquier rastro de duda, pero solo encontraron mi entrega.
—Hoy
mismo —sentenció con una calma gélida— empezarás a vivir
alguna de esas fantasías.
Se incorporó con una elegancia
pausada, recuperó los folios y los dobló con un cuidado casi
reverencial. Los devolvió al cajón del que procedían y, antes de
cerrarlo con un clic definitivo, añadió:
—Cuando
nuestro contrato llegue a su fin, te los devolveré. Pero irán
acompañados de mis notas al margen.
Victor abandonó el salón en un silencio sepulcral, dejándome allí, a solas con mi vulnerabilidad y bajo la mirada imperturbable de las cámaras que grababan cada uno de mis espasmos. ¿Se habría marchado a dormir, condenándome a pasar la noche en vela y atada a esa silla? No lo sabía, y lo más turbador era que me resultaba indiferente. En ese momento, mi antigua yo había dejado de existir; ahora solo era lo que él dictaba: «nueve», un objeto inerte diseñado para su exclusiva satisfacción. Paradójicamente, ante ese pensamiento de absoluta anulación, mi intimidad ardía con un hambre devoradora, como si el fuego de una pira se hubiera instalado entre mis muslos.


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