Hay pecados que queman más que el fuego del averno. Estrenamos esta sección con una historia de votos quebrantados y deseo prohibido. ¿Hasta dónde serías capaz de caer por el hombre que te enseñó a pecar?
Advertencia: Este relato explora temas de sacrilegio y deseo prohibido. Solo para mentes abiertas
Sus manos ardientes recorren mi cuerpo por encima del hábito. Sus labios, encendidos, buscan los míos en un beso que despierta un calor asfixiante y un deseo infernal; un impulso que no comprendo, pero que soy incapaz de evitar. Cuando mis dedos comienzan a imitar los suyos, acariciando su piel, me asalta la certeza de que él es el diablo y me arrastra consigo al abismo. Pero este camino ya no tiene retorno, mucho menos ahora que sus manos me despojan de mi vestimenta e, instintivamente, yo le devuelvo el gesto.
Desnudos al fin, nuestras manos se pierden en la piel del otro. El incendio que nos envuelve ha cobrado fuerza y ya no me importa lo prohibido; casi he olvidado que, hace apenas un año, juré una castidad que hoy se deshace entre mis dedos. Ahora solo existen sus besos, sus caricias y esta sed voraz que me consume.
Nuestros cuerpos se entrelazan en un roce eléctrico; siento su sexo encendido contra mi entrepierna, que sucumbe ante el deseo. Mi respiración se acelera al compás de sus dedos, que ahora buscan mi centro y me hacen estremecer. Al cerrar los ojos, todo se intensifica: sus labios en mis senos, el rastro húmedo de su lengua, la presión en mis pezones que hace que mi mundo tiemble. Sé que debería arder en el fuego eterno por este sacrilegio, pero no me detengo. Dejo que me recorra y me reclame, porque en este instante él es mi única religión y sus besos son el único cielo al que aspiro.
Su música preferida llena la estancia y sus manos masajean mi piel al ritmo eléctrico de Kiss. Marc se sitúa detrás de mí; siento su firmeza chocar contra mis formas, fundiéndose conmigo en un roce que me estremece. Con lentitud y dominio, guía su urgencia hacia mi humedad y me penetra con una suavidad que me deja sin aliento.
Mientras sus labios devoran mi cuello, sus manos no dan tregua a mis senos; sus dedos encuentran mi centro, masajeándolo hasta que mi cuerpo entero vibra de placer. Gimo sin remedio al sentirlo dentro de mí, ganando profundidad con cada movimiento. Me rindo sobre la cama en cuatro, entregándole el control, mientras él me sujeta por las caderas y marca un ritmo constante, haciéndome consciente de cada una de sus embestidas.
La excitación me desborda en busca del éxtasis; en este universo solo existimos nosotros. Mi hábito, olvidado en el suelo, es el resto de una vida que ya no reconozco. Mi cuerpo desnudo es ahora venerado por mi propio Dios: un Dios oscuro que me ha hecho arder en las brasas de la perdición, en el infierno de su cuerpo y en el fuego eterno de este averno.
Siento cómo se derrama en mi interior, llenándome con su dulce veneno. Me siento plena, bendecida por el pecado; yo también estallo en un orgasmo que me eleva hasta ese cielo salvador que solo él conoce.
Agotados por el placer, nos desplomamos sobre el colchón. Entonces, su susurro me atraviesa el oído como una daga: —Te ha gustado, ¿verdad, madre? No sé para qué vistes ese hábito si, desde el día en que nos conocimos, fuiste incapaz de proteger tu castidad.
Guardo silencio porque sus palabras son verdades desnudas. Vine a este barrio para rescatar a chicos como él, drogadictos y traficantes, para arrastrarlos a mi terreno y mostrarles el camino de la fe. Sin embargo, ha sido él quien me ha conquistado, quien me ha enseñado que otro mundo es posible y que mis votos no son más que palabras vacías frente a la realidad del placer. Me ha enseñado a disfrutar de la vida, del sexo… de él.
—Me has convertido en tu puta. Eres un demonio —le recrimino, aunque mis labios buscan los suyos en un beso hambriento.
Sigo desnuda, sigo excitada. Todo me resulta grotesco y, aun así, inevitable. Me rindo ante la risa de ambos, una risa que sella mi condena. Él es mi perdición y yo… ¿seré acaso su salvación?
El eco de la música de Kiss aún vibra en mis oídos mientras recojo el hábito del suelo. La tela, antes símbolo de mi entrega a Dios, ahora se siente áspera, extraña sobre mi piel todavía caliente por sus caricias. Me visto en silencio, sintiendo el peso de la cruz sobre mi pecho como un recordatorio de la traición, pero también como un secreto que arde.
Al salir de su cuarto, el aire frío del barrio me golpea la cara. Camino por las calles desconchadas, pasando junto a los mismos callejones donde buscaba almas que salvar, pero hoy no miro a nadie a los ojos. Cruzo el umbral del convento y el silencio de los pasillos me envuelve. Me arrodillo en la capilla, pero no busco el perdón. Al cerrar los ojos para rezar, no veo la luz divina; solo veo la mirada burlona de Marc y siento el rastro de su veneno en mi interior.
Mañana volveré a salir a buscarlo, bajo el pretexto de la fe, sabiendo que la única que necesita ser rescatada soy yo.
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