lunes, 4 de agosto de 2025

NUEVA PAGINA WEB

Bueno, como autora de novelas eróticas, y puesto que ya tengo unas cuantas en mi haber, he decidido crear una página de autora desde la cual se puede acceder a mis novelas, noticias, curiosidades, etc. Donde de vez en cuando iré poniendo para descargar los primeros capítulos de las novelas que vaya sacando para que podáis ir haciendo boca y probarlas. 

Seguiré con este mi blog, por supuesto, de hecho he incluido un enlace directo desde mí página web hasta este blog. ¿Qué diferencia habrá entre este blog y la página web? Que aquí solo publicaré mis relatos y cuando publique alguna novela, información sobre esta, eso sí, y allí solo publicaré las novelas, noticias, y curiosidades, además de capítulos descargables de las novelas. 


Podré un enlace directo desde el blog a la página también, pero os dejo aquí el link: 

https://sites.google.com/view/erotikakarenc/inicio

sábado, 2 de agosto de 2025

DESEO OCULTO 6

 

Al salir de la biblioteca, las palabras de Fernando resonaban en mi cabeza: "Cuando termines con él, te estaré esperando aquí". No había duda a dónde me dirigía. Con pasos firmes, caminé por el silencioso pasillo hasta su despacho. La puerta estaba cerrada, así que llamé.

Adelante, querida — me invitó su voz grave desde el interior, una invitación que prometía mucho más que una simple conversación.

Al abrir la puerta, Fernando rompió en un aplauso lento y deliberado.

¡Bravo! Este chico se ha superado a sí mismo — exclamó, con una satisfacción palpable en su voz. — Vamos, ven aquí, quiero oler tu sexo.

Obedecí sin dudar, cerrando la puerta tras de mí, el sonido sordo resonando en el despacho. Me acerqué a él, la anticipación tensando cada músculo, y con un movimiento familiar, me senté sobre su mesa de escritorio, abriendo mis piernas ante su mirada.

Él se inclinó, su rostro bajando lentamente hasta quedar entre mis muslos abiertos. Pude sentir su aliento cálido rozar mi intimidad, y el olor de mi propio deseo, mezclado ahora con los rastros de Pablo y Toni, se volvió abrumador. Fernando aspiró profundamente, un gemido bajo escapándose de sus labios. Su lengua se deslizó, húmeda y experta, probando la piel sensible, haciéndome temblar al instante.

Uhm... delicioso, querida — murmuró contra mi sexo, su voz ronca y llena de una satisfacción que me erizó la piel.


Sus dedos hábiles se abrieron paso, hurgando entre los pliegues húmedos, encontrando los puntos más sensibles. Un gemido profundo escapó de mi garganta mientras mis caderas se alzaban instintivamente, buscando más de su toque.

Sentí el calor de su aliento mientras me observaba, su rostro aún oculto entre mis piernas.

Todavía hueles a ellos. Eso me gusta. — Su voz era un susurro posesivo, y el placer que provocaba se mezclaba con una punzada de sumisión absoluta.

Podía sentir el peso de su mirada en cada centímetro de mi piel, aunque mis ojos no pudieran verlo. Él era mi Amo, el que orquestaba mis placeres, el que me empujaba a límites que nunca imaginé. Él que me obligaba a hacer aquello y cada vez me resultaba más repugnante y más difícil obedecer a sus designios, pero él me conocía tan bien, sabía como provocarme aquel placer y quizás por eso, sucumbía a sus deseos.

Su lengua continuó su exploración, subiendo y bajando, cada lametón más audaz que el anterior. Gemí, mi cabeza cayendo hacia atrás mientras mis manos se aferraban al borde de la mesa, mis dedos apretando la madera pulida. La mezcla de su aroma, el de los chicos, y mi propio excitado olor era un cóctel embriagador. Sentí el cosquilleo familiar de la excitación creciendo, un nudo apretándose en mi vientre.

Fernando se irguió un poco, sus ojos oscuros clavados en los míos. Una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en sus labios.

Parece que te ha gustado el juego de hoy, ¿verdad, querida? — Su voz era un ronroneo bajo, una confirmación de su poder sobre mí. Que esta vez me sonó como la risa de una hiena. Repugnante y depravada.

No pude responder con palabras, solo un jadeo. Él no necesitó más. Con un movimiento rápido y experto, desabrochó su pantalón. Su erección saltó, dura y palpitante, invitándome. Mi cuerpo reaccionó por sí solo, mis caderas se alzaron, ofreciéndome a él. Sin una palabra más, me tomó, penetrándome con una fuerza que me hizo arquear la espalda. El calor y la plenitud de su entrada eran un alivio, un retorno a la familiaridad de nuestro propio juego.

Sus manos se aferraron a mis caderas, controlando el ritmo, sus embestidas profundas y poderosas. El despacho, silencioso unos momentos antes, ahora se llenaba con el sonido de nuestros cuerpos chocando, el jadeo de mi aliento y los gruñidos guturales de Fernando. Estaba en su escritorio, en su territorio, completamente suya.

El ritmo de Fernando no se precipitó. Aunque sus embestidas eran profundas y llenas de poder, mantenía un control absoluto, negándome el clímax que mi cuerpo ya anhelaba con desesperación. Sus ojos no dejaban los míos, una mezcla de dominación y un placer frío que me hacía arder. Mis caderas se alzaban instintivamente para encontrarlo, pero él ajustaba su ritmo, me elevaba solo para dejarme caer de nuevo, sin permitir que la ola me arrastrara del todo.

Te gusta que ellos te usen, ¿verdad, perra? — susurró, su voz ronca contra mi boca.

El aire se hizo más denso con la tensión. Mi respiración era un jadeo constante, el placer acumulado se convertía en una agonía exquisita. Sabía que no me dejaría llegar, no todavía. Esto no era solo una descarga, era una lección, una demostración de poder. Quería que sintiera cada segundo, cada embestida, cada ápice de control que ejercía sobre mi cuerpo y mi mente. Era su juego, y yo era su pieza, su sumisa. Y Pablo y Toni sólo habían sido sus juguetes.


De repente, se detuvo. Dentro de mí, inmóvil, pero su presencia seguía siendo abrumadora. Mis músculos se contrajeron a su alrededor, rogando por más, por la liberación. Pero él solo me observaba, su sonrisa sutil prometiendo un tormento aún mayor.

Fernando, por favor — supliqué. Eso era lo que él quería, que suplicara. Le encantaba verme suplicar.

Permanecía inmóvil dentro de mí, su presencia un peso dulce y opresivo. Mi respiración seguía entrecortada, mis músculos tensos, rogando por el movimiento que él negaba. Fernando sonrió, una sonrisa cinica y descreida.

Quiero que lo sientas todo, Luz — susurró, y esta vez, en lugar de continuar con las embestidas, comenzó a girar lentamente dentro de mí. Era una tortura exquisita, la cabeza de su polla girando contra mi clítoris interno, rozando cada pared de mi vagina con una lentitud que me llevó al borde de la locura. Mis caderas se alzaban por sí solas, intentando presionar más, buscando el alivio que él dosificaba con maestría.



Mis manos se aferraban a los bordes de su escritorio. Podía sentir el temblor que me recorría. No era solo placer; era una entrega total, una rendición a su control absoluto. Cada giro, cada fricción interna, era una prueba de su dominio. Mi cuerpo respondía a su más mínimo movimiento, esclavo de las sensaciones que él creaba.

¿Lo sientes, perra? — preguntó, su voz un murmullo grave y satisfecho — Así es como te controlan, ¿verdad? Con el placer. Es una cadena más fuerte que cualquier otra. Y te gusta que él te llame perra ¿verdad?

El placer se volvía una agonía exquisita. Cada giro de su polla dentro de mí era un recordatorio de la verdad de sus palabras: el placer era, en efecto, una cadena poderosa. Mis gemidos eran apenas susurros, mi garganta apretada por la intensidad. Mis caderas seguían levantándose, buscando ese punto de quiebre que él se negaba a darme, una y otra vez. Podía sentir el sudor perlado en mi frente, mi cuerpo temblaba.

De repente, detuvo el giro. Y en lugar de embestir, sentí que sus dedos subían por mis muslos, explorando. Se detuvo en la parte interna, justo donde el vello comenzaba, y luego, con una presión suave pero firme, me apartó ligeramente de él. Mis piernas, que aún lo rodeaban, cayeron un poco, exponiéndome aún más.

Sus ojos, que nunca se habían apartado de los míos, brillaban con una promesa.

Aún no, querida — susurró, y luego se retiró de mí con una lentitud que me arrancó un gemido de frustración.

El aire frío me golpeó al salir de mi cuerpo, un contraste cruel con el calor que había estado allí.

Se reclinó en su silla, observándome con la misma sonrisa serena de siempre, mientras yo permanecía sobre la mesa, con las piernas abiertas y el cuerpo tembloroso, completamente expuesta y sin aliento.

Vístete, perra, y ya puedes irte — me ordenó impertérrito.

Bajé de la mesa, sintiéndome débil, un mero juguete en sus manos. Porque eso era, de verdad, un simple objeto para él, con el que hacía lo que quería, con el que satisfacía sus más bajos instintos. Y en ese preciso instante, tomé una decisión. Me puse la gabardina y, justo antes de salir del despacho, lo solté:

Fernando, quiero dejar de ser tu sumisa. Lo nuestro ha terminado.

¿Terminado? — Fernando soltó una risa seca, sin humor, mientras yo terminaba de abotonar mi gabardina. Se levantó de su asiento, sus ojos fijos en los míos con una intensidad que intentaba perforar mi recién encontrada resolución. — No puedes decidir eso, Luz. Esto no funciona así. Eres mía, mi sumisa. Siempre lo has sido.

Di un paso atrás, negándome a ceder.

No, Fernando. Esto no funciona así para ti. Pero para mí, sí. He tomado una decisión. Y no la vas a cambiar. — Mi voz, aunque aún temblorosa, se mantenía firme.

¿Por qué Luz? ¿Qué pasa?

No sé, pero ya no es como antes, tú, te has vuelto tan posesivo, tan… no sé, esto no es lo que yo quiero, lo que yo buscaba.

Él me observó, su mandíbula tensa. Hubo un momento de silencio, un duelo de voluntades en el aire cargado del despacho. Podía ver la lucha interna en sus ojos, la resistencia a soltar el control que había ejercido sobre mí durante tanto tiempo. La frustración y la rabia se mezclaban en su mirada, pero lentamente, una resignación amarga comenzó a asentarse.

Te has enamorado de él ¿verdad? — me preguntó refiriéndose a Pablo. Ni siquiera le respondí.

Finalmente, suspiró, un sonido pesado que llenó el espacio. Su mirada se desvió por un instante, y cuando volvió a fijarse en mí, la intensidad había disminuido, reemplazada por una frialdad distante.

Muy bien, Luz — dijo, su voz ahora carente de emoción, el tono de Amo sustituido por el del director. — Si es lo que quieres. Lo nuestro... ha terminado.

Se dio la vuelta, dándome la espalda, una señal clara de que la conversación había concluido. Me quedé inmóvil un momento, el silencio resonando con el peso de sus palabras. Luego, sin decir una palabra más, me di la vuelta y salí del despacho, cerrando la puerta detrás de mí con una suavidad que contrastaba con la tormenta que acababa de vivir. El pasillo estaba vacío y silencioso, reflejando el vacío que sentía, mezclado con una extraña sensación de libertad.















viernes, 18 de julio de 2025

DESEO OCULTO 5

 

Al levantar la vista, lo vi en el fondo del aula, riendo animadamente con su mejor amigo, Toni. Pablo le mostraba algo en su móvil, y la forma en que Toni abría los ojos con asombro y luego me miraba de reojo, hizo que la sangre se me helara. ¿Sería posible? ¿Le estaba enseñando la foto que me había tomado en la ducha? La idea de esa imagen circulando, incluso entre unos pocos, me revolvió el estómago. La excitación de la anticipación se mezcló ahora con un miedo creciente. La noche prometía ser más complicada, y más expuesta, de lo que había imaginado.

Las horas se arrastraron con una lentitud exasperante. A mediodía, me dirigí al despacho de Fernando. Tenía que informarle de la cita con Pablo en la biblioteca, un paso más en el intrincado juego que él orquestaba.

Muy bien, cuando termines con él te estaré esperando aquí — dijo, su voz grave, marcando la pauta de lo que vendría después.

Sí, Señor — respondí, sintiendo el familiar escalofrío de la anticipación.

Cuando las clases terminaron por fin, me refugié en mi escritorio, intentando sumergirme en la corrección de deberes. Pero mis ojos se desviaban constantemente hacia el reloj, cada minuto una tortura, cada tic-tac acercándome a la hora acordada, a ese encuentro en la biblioteca que prometía llevar la audacia de nuestros juegos a un nuevo nivel.

Y por fín, llegó la hora. Como Pablo me había pedido, me desnudé y me puse solo la gabardina. Después me deslicé por el pasillo hacía la biblioteca. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas mientras me acercaba, la gabardina ligera rozando mis muslos. Al asomarme, vi a Pablo. Estaba solo, sentado en una de las mesas de lectura, absorto en un libro. Un suspiro de alivio se me escapó, al no ver a Toni de inmediato, aunque la expectativa de su aparición seguía ahí, un nerviosismo excitante.

Entré, el suave crujido de mis pasos sobre la moqueta me parecieron demasiado ruidoso en el silencio. Pablo levantó la vista, sus ojos oscuros brillando con una intensidad que me absorbió. No hubo palabras. Solo se puso de pie, y de la mochila que descansaba a sus pies, sacó una venda de tela oscura. La desplegó lentamente con movimientos calculados, mi pulso se aceleró.

Tus ojos, Srta. Luz — su voz fue un murmullo bajo, apenas audible, pero cargado de una autoridad que me hizo temblar.

Me acerqué a él, mis manos ligeramente temblorosas. Cerré los ojos antes de que la venda se posara, sintiendo su tacto suave y firme mientras la ataba con cuidado. La oscuridad me envolvió de inmediato, intensificando el resto de mis sentidos. El leve olor a libros viejos y a la colonia de Pablo se hizo más pronunciado. Sentí el calor de su cuerpo cerca, la anticipación tensando cada músculo de mi piel. El juego había comenzado, y ahora estaba completamente a su merced, ciega a lo que me esperaba.

La oscuridad era absoluta, pero el resto de mis sentidos se agudizaron hasta lo insoportable. Sentí la mano de Pablo posarse suavemente en mi brazo, guiándome. Cada paso era una incertidumbre, el suave roce de la moqueta bajo mis pies, el eco de mis propios pasos que me indicaba lo vasto y vacío que estaba el lugar. El olor a papel viejo y a barniz de madera se mezclaba con la persistente colonia de Pablo. Él me guio hasta una silla, y me sentó con delicadeza, la tela fría bajo mis muslos desnudos.


La espera se extendió, el silencio de la biblioteca casi opresivo, roto solo por el latido frenético de mi propio corazón. Podía escuchar la respiración de Pablo muy cerca, su presencia era un fuego latente a mi lado, pero él permanecía inmóvil. La tensión era casi insoportable, cada segundo una eternidad de anticipación. De repente, sentí un roce frío en mi cuello. Un gemido se escapó de mis labios al reconocer el tacto metálico: el collar. Pablo lo abrochó con un clic suave, y el peso familiar de la cadena pendiendo de él me envolvió.

Un tirón firme en la cadena me indicó la dirección. Pablo me guio, mis pasos inciertos en la oscuridad, hasta lo que me pareció el final de la biblioteca, un rincón oculto tras una de las grandes estanterías repletas de libros. Y entonces lo sentí: un olor diferente, una colonia de hombre, más intensa que la de Pablo, pero extrañamente familiar. Mi vello se erizó.

Luego, unas manos que no eran las suyas se deslizaron sobre mis hombros. Sentí el suave movimiento de la gabardina al ser desabrochada y abierta, una brisa fresca en mi piel que confirmaba mi exposición. Luego la deslizó por mis hombros quitándomela. Podía sentir una mirada fija en mí, intensa, devorándome.

¡Uhm, qué perra más hermosa! — una voz grave y ronca susurró cerca de mi oído. Mi cuerpo se tensó. Reconocí ese tono, ese acento. Era Toni.

¿A que sí? Mi perra es muy hermosa y por la siguiente media hora puede ser tuya — le aclaró Pablo, su voz cargada de una posesión que me hizo arder.

¿Y puedo follarla como a una perra, en cuatro? — La pregunta de Toni, llena de una excitación apenas contenida, me heló y encendió al mismo tiempo.

Claro, toma.

Sentí el leve tintineo de la cadena al ser entregada. No fue Pablo quien dio la siguiente orden, sino Toni, con una voz que vibraba de anticipación:

En cuatro, perra.

El corazón me golpeaba en el pecho con una fuerza desbocada. La orden de Toni resonó en la oscuridad de la venda, y mi cuerpo, a pesar del miedo, empezó a obedecer casi por instinto. Me puse a cuatro patas sobre la fría moqueta de la biblioteca, sintiendo el aire fresco contra mis nalgas y la parte trasera de mis muslos, ahora completamente expuestas. La vulnerabilidad de mi posición se amplificó con la ausencia de la gabardina.

Sentí el suave tirón de la cadena, una guía invisible que me movió ligeramente hacia adelante. Luego, una mano se posó firmemente en una de mis nalgas, la apretó con posesividad, y la otra se deslizó entre mis muslos, abriéndome. Podía oler sus excitaciones, una mezcla intensa de sus colonias y un aroma más crudo de deseo masculino.

Así me gusta, perra — susurró Toni, su voz vibrando con una anticipación depredadora, muy cerca de mi oído derecho.

Sentí el roce de algo duro y caliente contra mi entrada, pulsando con impaciencia. La expectación era insoportable, y un gemido bajo se escapó de mis labios.


El roce, apenas una insinuación, se convirtió en una presión firme. Sentí la punta de la erección de Toni buscar mi entrada, caliente y ansiosa. Un jadeo se me escapó mientras él me penetraba lentamente, llenándome con una sensación que me arrancó un gemido ahogado. Mis manos se apretaron contra la moqueta, mi cuerpo tensándose mientras se movía.

Al mismo tiempo, sentí la presencia de Pablo acercarse a mi rostro. Su aliento cálido rozó mis labios, y luego, el roce suave y firme de su polla contra mi boca. No hubo palabras, solo una invitación silenciosa. La entendí. Mi boca se abrió ligeramente, y sentí cómo se deslizaba dentro, llenando mi cavidad con su calor y su longitud.

Era una sinfonía de sensaciones: la penetración profunda de Toni desde atrás, el placer crudo de su embestida, y la suavidad de Pablo en mi boca, pulsando con cada uno de sus movimientos. Estaba atrapada entre los dos, ciega, mis sentidos abrumados por el placer y la transgresión. La biblioteca, con sus estanterías silenciosas y sus libros llenos de historias, se había convertido en el escenario de la nuestra, un juego secreto donde yo era el centro de su deseo.

El ritmo se volvió frenético. Toni embestía desde atrás con una ferocidad que me hacía chocar contra el suelo, cada impacto enviando sacudidas de placer a través de mi cuerpo. Mientras tanto, en mi boca, la polla de Pablo pulsaba, moviéndose con cada una de sus propias estocadas. Estaba completamente llena, mis sentidos abrumados por el calor, el olor, el sabor y la sensación de ambos. Los gemidos escapaban de mi garganta, ahogados por la carne de Pablo, mezclándose con los jadeos y gruñidos de los dos jóvenes.

La cadena alrededor de mi cuello tiraba con cada movimiento, recordándome quién era el dueño de este juego. Mis manos, aún aferradas a la moqueta, se deslizaron un poco con la humedad que ahora me rodeaba. Podía sentir el inminente clímax acercándose, una ola gigantesca que se formaba en mi interior, impulsada por la doble estimulación. La oscuridad de la venda en mis ojos lo hacía todo más intenso, más visceral. Era pura sensación, pura entrega, sin la distracción de la vista.

Sentí una sacudida en el cuerpo de Toni, su ritmo volviéndose más desesperado, y supe que él estaba a punto. Al mismo tiempo, la polla de Pablo en mi boca se endureció aún más, pulsando con una fuerza imparable. Estaba a punto de explotar, de romperme bajo la avalancha de placer.

Un grito ahogado escapó de mi garganta, silenciado por la polla de Pablo, mientras mi cuerpo se arqueaba violentamente. Mis nalgas se contrajeron en espasmos incontrolables, el placer me consumía por completo. Sentí un torrente de calor expandirse dentro de mí cuando Toni soltó un gruñido gutural y se corrió con fuerza, llenándome hasta el fondo. Casi al mismo tiempo, Pablo se tensó, y su polla se endureció aún más en mi boca, pulsando y liberando su propio semen en mi garganta.

Mis convulsiones fueron disminuyendo, dejándome exhausta, sin aliento, pero el eco del placer aún resonaba en cada fibra de mi ser. Mis brazos, aún sujetos, temblaban por el esfuerzo. Los cuerpos de los dos se relajaron a mi alrededor, sus respiraciones pesadas y agitadas, mezclándose con la mía.


La oscuridad de la venda permaneció, pero la ausencia de movimiento y la quietud que siguió a la explosión de placer lo hacían todo más evidente. Sentí que Toni se retiraba de mí, un suave roce al salir, y luego el aire frío golpeó mi piel donde antes había estado su calor. La polla de Pablo también se retiró de mi boca, dejándome con el sabor salado de su clímax.

Unos segundos después, sentí el suave toque de la mano de Pablo en la venda. Me la quitó con cuidado, y la luz tenue de la biblioteca me deslumbró por un instante. Parpadeé, mis ojos ajustándose, y los vi a los dos. Estaban de pie frente a mí, abrochándose los pantalones, sus rostros marcados por la satisfacción y una sonrisa compartida que no dejaba lugar a dudas. La biblioteca, ahora en silencio, guardaba el eco de nuestra transgresión, y mis rodillas, temblorosas, apenas podían sostenerme.

Toni, con una sonrisa cómplice que aún me desestabilizaba, terminó de abrocharse el pantalón. Nos lanzó una última mirada, cargada de picardía, antes de girarse y desaparecer por la puerta de la biblioteca, dejándonos a Pablo y a mí en un silencio denso y cargado. El crujido de la puerta al cerrarse resonó, sellando de nuevo nuestra intimidad, aunque ahora con el eco de una presencia reciente.

Pablo se acercó a mí, sus ojos fijos en los míos. Su expresión era ilegible; no había remordimiento, solo una intensa observación. Me extendió una mano, y yo la tomé, mis dedos entrelazándose con los suyos. El contacto de su piel con la mía, después de todo lo que acababa de pasar, era extrañamente reconfortante. Me ayudó a levantarme, y mis piernas, aún temblorosas, apenas me sostenían.

Él no dijo nada, solo me guio hacia una de las mesas de estudio. Me sentó en una silla y luego se sentó en la de enfrente, observándome en la tenue luz de la biblioteca. El aire aún olía a deseo y a las colonias de ambos, un recordatorio palpable de la transgresión. La gabardina estaba tirada en el suelo, una masa arrugada que ya no ofrecía protección alguna.

El silencio se alargó, pesado con todo lo que acababa de ocurrir. Mis ojos, aún dilatados por la oscuridad de la venda, no se atrevían a desviarse de los suyos. Pablo, con la misma mirada intensa de siempre, fue el primero en romperlo, aunque no con palabras. Levantó una mano y, con un pulgar, limpió suavemente la comisura de mis labios. Me di cuenta entonces del rastro de su semen que aún debía de quedar allí. Un rubor subió por mi cuello.

Lo has hecho muy bien, Srta. Luz — dijo, su voz baja, casi íntima, una caricia auditiva que me hizo temblar. No era una pregunta, era una afirmación, y en ella no había juicio, solo una aprobación profunda.

No pude responder. ¿Qué se decía después de algo así? ¿"Gracias"? ¿"Me ha gustado"? Mi garganta estaba seca, mis pensamientos un torbellino. Sentí una extraña mezcla de vergüenza y triunfo. Vergüenza por la exhibición, por la sumisión total; triunfo por haber llegado al límite y haber regresado.

Pablo se inclinó un poco más hacia mí.

Sé lo que estás pensando — susurró, como si leyera mi mente. — Pero esto no es el fin, Srta. Luz. Esto es solo el principio.

Me levanté de la mesa, empezando a caminar hacía la puerta.

Hasta pronto Srta Luz.

No dije nada, me pesaba tanto hacerle aquello, porque él no sabía nada, no sabía que todo aquello había sido un juego más de Fernando, un juego en el que nos había involucrado a todos y que cada día me daba más asco, porque nos estábamos aprovechando de un pobre chaval que me veía a mí como un sueño hecho realidad, como su sueño, estaba completamente segura. No podía seguir con Fernando, tenía que dejarlo, en realidad, lo mejor iba ser dejarlos a los dos.

jueves, 10 de julio de 2025

DESEO OCULTO 4

Ven a mi despacho ahora mismo me ordenó sin preámbulos.

Mi corazón se disparó, latiendo a mil por hora. ¿Le habría gustado la escena con Pablo en las duchas del gimnasio? Caminé por el pasillo, los nervios a flor de piel, hasta su despacho. La puerta estaba abierta cuando llegué, y lo encontré sentado tras su mesa, su figura imponente.

¿Señor? — logré musitar, la voz apenas saliendo de mi garganta.

Entra. Lo has hecho muy bien, mi sumisa. Lo tienes justo donde lo queríamos. Me encanta verte follar con él. Es justo lo que yo quería — su voz ronroneó, disipando de golpe el nudo de miedo que había sentido. Una sonrisa satisfecha se extendió por mi rostro; complacer a mi Amo era mi mayor recompensa.

Ven aquí, mi sumisa.

Me acerqué a él, mis pasos firmes, y me senté sobre la superficie fría de la mesa mientras él permanecía en su silla, observándome. Abrió mis piernas con suavidad, y su rostro se acercó a mi sexo. Inspiró profundamente, sus fosas nasales dilatándose.

¡Uhm, hueles a su sexo! su voz se volvió grave, casi gutural. Metió dos dedos entre los pliegues húmedos de mi carne, penetrándome con una lentitud que me hizo gemir. Su semen aún está ahí. Buff, me pongo tieso solo de pensarlo. Baja.

Bajé de la mesa al instante, dándole la espalda. Sabía perfectamente lo que quería, lo que estaba a punto de hacer.

Sentí sus manos en mis caderas, atrayéndome hacia él hasta que su erección se posó firme contra mis nalgas. El roce era una promesa, un fuego que se encendía de nuevo con la familiaridad de su deseo. Sus dedos exploraron la hendidura entre mis nalgas, untándome con el rastro húmedo de mi anterior encuentro. Un gemido se escapó de mis labios cuando el pulso de su polla me rozó, una invitación que no pude ignorar.

Luego, con un empuje lento y deliberado, sentí cómo se deslizaba dentro de mí. Suspiré, el aire atrapado en mis pulmones mientras me llenaba. Él no se movió de inmediato, solo me sostuvo con fuerza, permitiendo que la sensación de estar unidos de nuevo me invadiera por completo. La lentitud era una tortura deliciosa, cada segundo una eternidad de anticipación.

Eres solo mía, sumisa. Y te gusta, ¿verdad? — susurró, su voz ronca contra mi oído, mientras comenzaba a moverse, sus embestidas firmes y rítmicas. Cada empuje me obligaba a inclinarme más sobre la mesa, mis manos apoyadas en el frío pulido de la madera, mi cuerpo respondiendo sin control a su voluntad.

Sí, soy tuya, Señor — confirmé. Aunque empezaba a sentir que ya no era así, algo había cambiado, sus juegos, hacer que me acostara con otros hombres estaba haciendo que nuestra relación se resquebrajara, que lo que sentía por él se diluyera. Además, estaba Pablo y la conexión que tenía con él, que cada vez se hacía más grande, más fuerte, y me satisfacia más.


El ritmo de sus embestidas se hizo más urgente, llenando el despacho con el sonido de nuestros cuerpos unidos, el jadeo de mi aliento y sus propios gruñidos de placer. Mis manos se aferraban a la mesa de madera, mis nudillos blanquecinos por la tensión, mientras mis caderas se alzaban para encontrar cada uno de sus movimientos. La gabardina, arrugada sobre mi cintura, apenas ofrecía una barrera contra la frialdad del aire en mi piel expuesta, una contradicción que solo avivaba el fuego dentro de mí.

Cada embestida profunda era un recordatorio de su poder, de su posesión, y en medio de la humillación que se avecinaba fuera de estas paredes, aquí, en la intimidad de su despacho, me sentía extrañamente segura, completamente suya. Mis músculos internos se contraían a su alrededor, absorbiendo cada centímetro de su polla, y el placer se acumulaba, una ola imparable que amenazaba con arrastrarme.

Él lo sintió. Su ritmo se intensificó aún más, una furia desenfrenada que me llevó al límite. Mis piernas temblaron incontrolablemente, y un grito ahogado escapó de mi garganta mientras el orgasmo me sacudía con una violencia exquisita. Mi cuerpo se arqueó, la espalda tensa, y sentí un torrente de calor expandirse desde mi centro, empapando la superficie de la mesa. Justo cuando mis convulsiones empezaban a calmarse, Fernando soltó un gemido gutural y profundo, su cuerpo se tensó contra el mío, y se corrió dentro de mí, caliente y abundante.

Permanecimos un momento, unidos, jadeando, el único sonido en el despacho el de nuestras respiraciones agitadas. El silencio se posó, denso y cargado con el eco de nuestra pasión. Lentamente, él se retiró, el aire frío golpeando mi piel donde antes había estado su calor. No hubo palabras, solo una mirada intensa que lo decía todo: la posesión, el placer, y la inminente tempestad que enfrentaríamos juntos, o por separado. Me ayudó a bajar de la mesa y, sin más, me ajusté la gabardina, sintiendo el peso de la realidad volver sobre mis hombros

Puedes irte a casa, Luz — dijo, su voz ya recuperando el tono formal de director. — Nos vemos mañana.

Hasta mañana, Señor.

Salí del despacho sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, pero también una extraña ligereza. La adrenalina aún corría por mis venas, mezclada con el agotamiento. El instituto estaba sumido en un silencio opresivo, y la caminata hacia la salida se sintió como un sueño. Al llegar a mi apartamento, me desplomé en el sofá, intentando procesar la avalancha de emociones y los eventos de las últimas horas. Estaba agotada, y sólo quería meterme en la cama y descansar. Me tomé un pequeño sándwich para cenar y me fui directamente a la cama.

A la mañana siguiente, me levanté sintiéndome extrañamente renovada, como si la noche anterior hubiera purificado algo en mi interior. Una ducha caliente despejó los últimos vestigios de sueño, y me vestí con la certeza de que este día no sería como los demás. Mi mente bullía con la anticipación de lo que Pablo y Fernando me tendrían reservado. Era cierto que, desde que Pablo había asumido su rol de "Amo" en nuestros encuentros, la figura de Fernando, mi otro Amo y director, comenzaba a desdibujarse un poco en el primer plano de mis fantasías.

Cuando llegué al instituto, mi corazón ya palpitaba con una excitación inusual. Cada paso por el pasillo era una pregunta, una expectativa de lo que el día depararía. No tardaría en obtener respuestas. Al entrar en mi clase, mis ojos buscaron a Pablo, y al encontrarlo, me recibió con una sonrisa radiante, un destello de pura satisfacción en sus ojos.

Buenos días, Srta. Luz, hoy la veo más guapa — dijo, su voz un susurro que solo yo podía descifrar entre el murmullo de los alumnos.

Gracias, Pablo. Todos a sus lugares, vamos a empezar la clase — respondí, mi voz profesional, pero mi interior vibraba con la complicidad de su mirada. El juego continuaba, y la emoción de lo prohibido me consumía.

La clase transcurrió con la habitual monotonía, al menos en apariencia. Mi mente, sin embargo, estaba lejos de las lecciones, expectante. Pablo, sentado en la tercera fila, parecía concentrado en sus apuntes, pero sus ojos brillaban con una picardía apenas contenida cada vez que nuestras miradas se cruzaban. El tiempo se estiraba, y la anticipación me carcomía por dentro.

Entonces, casi al final de la hora, ocurrió. Pablo se levantó para "afilar su lápiz" y, al pasar por mi escritorio, dejó caer disimuladamente un pequeño trozo de papel. Mi corazón dio un vuelco. Lo recogí con rapidez, mis dedos rozando la suave textura, y lo desdoblé discretamente bajo el pupitre. La caligrafía de Pablo era inconfundible: "Biblioteca. 19:30. Ponte la gabardina." Un escalofrío me recorrió. La cita estaba confirmada.

jueves, 3 de julio de 2025

DESEO OCULTO 3

Los días siguientes se convirtieron en un extraño juego de apariencias. En el aula, yo era la Señorita Luz, la profesora de siempre, y Pablo, un alumno más, aunque mis ojos siempre lo encontraban entre la multitud. Cada vez que alzaba la voz para explicar algo, me preguntaba si él recordaría cómo esa misma voz había gemido su nombre. La tensión secreta era una corriente eléctrica sutil, invisible para los demás, pero palpable para nosotros. Mis noches se llenaron de sueños vívidos, ecos de la gabardina, la cadena y sus órdenes. Me encontraba releyendo viejos apuntes, pero mi mente divagaba hacia los dibujos en su cuaderno, la audacia de su arte, la forma en que había convertido mis fantasías más ocultas en una realidad tangible.

La rutina diaria, antes predecible, ahora estaba salpicada de micro-momentos de anticipación. ¿Me lo cruzaría en el pasillo? ¿Me dedicaría otra de esas sonrisas enigmáticas? Mi cuerpo, antes tan familiar, se sentía distinto, más consciente de sí mismo, de sus deseos. La sumisa que había surgido en el parque no se había ido; esperaba paciente bajo la superficie, lista para responder a la más mínima señal.

Una semana después, la señal llegó. Había terminado mis clases y me dirigía a la cafetería para un café rápido. Al pasar por la sala de arte, vi a Pablo. Estaba solo, terminando un boceto. Al verme, levantó la mirada y, con una sonrisa que me encogió el estómago, desdobló una hoja de papel que tenía sobre el caballete. Era un dibujo. Yo, de nuevo, arrodillada, pero esta vez, en lo que parecía ser mi despacho, con la gabardina abierta y el collar de perro. Debajo, con una letra más elaborada de lo habitual, no había una pregunta. Solo una hora y una fecha: "Jueves. 19:30 h."

No dijo una palabra. Solo me miró fijamente, con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. La invitación era clara, la localización, obvia. Y en ese instante, supe que no podía rechazarla. La lucha interna había terminado. El deseo había ganado.

Los días y las horas hasta el jueves a las siete y media se arrastraron con una lentitud exasperante. La espera era casi una tortura, cada minuto un recordatorio del encuentro prometido. Finalmente, llegó el día. A las siete y media, justo después de una tediosa reunión con los padres de un alumno, me dirigí a mi despacho. Mientras caminaba por los pasillos, mis ojos escudriñaban cada rincón, asegurándome de que no quedara nadie, que el instituto estuviera vacío y silencioso, listo para nosotros. Al llegar a la puerta de mi despacho, vi a Pablo acercándose por el pasillo frente a mí. Una sonrisa de anticipación se dibujó en su rostro, y no pude evitar devolverle una sonrisa cómplice y cargada de un deseo apenas contenido.

Buenas tardes, Srta. Luz.

Buenas tardes, Pablo.

Entramos en el despacho, y en cuanto la puerta se cerró tras nosotros, Pablo me ordenó:

Desnúdate, perra.


Mientras me deshacía de la ropa, vi cómo sacaba el collar y la cadena de su mochila, con una calma que me erizó la piel. Cuando estuve completamente desnuda, su voz grave resonó de nuevo:

Ven aquí.

Me acerqué a él, sintiendo la familiaridad de la sumisión, y él me puso el collar con la cadena. Luego, tirando suavemente de ella, pronunció las palabras que ya ansiaba escuchar:

Vamos a pasear.

Vi que abría la puerta del despacho, lo que me asustó un poco.

¿No querrás pasear por el instituto? — le pregunté.

Sí, eso es lo que haremos. Y buscaremos un lugar adecuado para follarte.

No podemos hacer eso, aquí no, hay cámaras, nos verán.

No te preocupes, las cámaras las apagan cuando cierran el colegio — dijo tratando de tranquilizarme.

Así que, finalmente, salimos al pasillo. Pablo tiraba de la cadena, guiándome por los silenciosos corredores del instituto. Sentía una mezcla extraña de vergüenza y una punzada de emoción, cruzando los dedos y rezando para que de verdad las cámaras de vigilancia estuvieran apagadas.

Nos detuvimos frente al despacho del director. Pablo me atrajo un poco más cerca y susurró, su voz cargada de un picante desafío:

¿Qué te parece? Sería un buen lugar para follarte, sobre la mesa del director.

No, Pablo, ahí no, por favor.

Pablo pareció apiadarse de mí, o al menos eso quise creer, y continuamos nuestro camino por los pasillos del instituto. Llegamos al gimnasio y, al detenernos frente a la puerta, su rostro se iluminó con una idea.

Siempre he querido hacerlo en el vestuario. Ven, vamos.

Pablo tiró de la cadena y lo seguí. Entramos al gimnasio y, tras cruzarlo de un lado a otro, nos adentramos por una de las puertas que llevaban al vestuario. Allí, Pablo me condujo directamente hacia las duchas.

Creo que este es el lugar perfecto — dijo Pablo con cierta satisfacción.

Vi que de su mochila sacaba algo: un par de esposas.

Tus manos, perra — ordenó, y la frialdad en su voz me hizo un nudo en el estómago.

Le ofrecí mis muñecas, y él las aseguró con un click metálico. Luego, cogió una cadena, la deslizó a través de las esposas y me llevó bajo una de las duchas. Me hizo elevar los brazos, y pasó la cadena por encima de la alcachofa, dejándome suspendida. Mis pies apenas tocaban el suelo, solo las puntas de mis dedos rozaban el frío azulejo. La tensión de mis brazos estirados y la exposición total de mi cuerpo me hicieron jadear.

Perfecta — murmuró, sus ojos recorriéndome con una complacencia que me encendió por dentro.

Suspiré, mi aliento atrapado en la garganta al ver cómo se acercaba a mí.

Hoy tengo muchas ganas de jugar, de tomarme mi tiempo para hacerte gritar y suplicarme más — susurró, y sus dedos comenzaron a trazar un camino suave por mi piel, una caricia apenas perceptible que encendió un reguero de anticipación.

Después, se detuvo en mis pechos. Sus manos los amasaron con una posesividad deliciosa, y sus pulgares y dedos pellizcaron mis pezones con una vehemencia que me arrancó un gemido ahogado. Cada roce, cada apretón, era una promesa de lo que vendría.

Sus dedos continuaron su danza sobre mis pezones, retorciéndolos y estirándolos hasta que se endurecieron por completo, dolorosamente sensibles. Mis gemidos eran ahora más audibles, resonando en el eco frío de las duchas. Pude sentir el ardor extenderse por mi pecho, bajando por mi abdomen, mientras mis muslos se tensaban involuntariamente.

Él sonrió, una sonrisa lenta y depredadora que me hizo temblar. Bajó sus manos por mi vientre, sus pulgares rozando mi ombligo, y luego se detuvo justo encima de mi sexo. No me tocó de inmediato, sino que sus dedos apenas flotaron sobre mi clítoris, la cercanía de su toque enviando oleadas de anticipación por todo mi cuerpo. Mi sexo se hinchó, palpitante y húmedo, rogando por ser tocado.

¿Ansiosa, perra? — su voz era un ronroneo bajo, apenas audible, pero cada palabra se clavó en mí.

Me moví un poco, intentando acercarme, pidiendo su toque sin palabras. Él se rio suavemente, una risa que me recorrió la piel. Finalmente, sus dedos se posaron. Primero, un roce ligero sobre el clítoris, que me hizo jadear. Luego, una presión suave, y un dedo comenzó a explorar, dibujando círculos lentos y metódicos alrededor de mi entrada, ignorando por un momento la parte que más clamaba por su atención. La frustración y el placer se mezclaban en un cóctel embriagador.

Mis caderas se balanceaban instintivamente, buscando presionar más contra su mano, pero él me lo negó. Su dedo continuó su tortura dulce, rodeando mi clítoris sin tocarlo directamente, haciendo que la tensión aumentara hasta un punto insoportable. Jadeos entrecortados escapaban de mi garganta, y mis piernas, aún estiradas, temblaban visiblemente. Sentía cada fibra de mi cuerpo clamando por ese contacto directo, por la liberación.


Pablo se inclinó hacía mí, su aliento cálido en mi oreja.

No tan rápido, perra — susurró, y luego, para mi sorpresa, hundió no solo un dedo, sino dos, profundamente dentro de mí.

Los movió con una lentitud exasperante, estirándome y llenándome, mientras su pulgar finalmente se posó sobre mi clítoris. La combinación de la penetración y la presión externa me hizo gemir con fuerza, un sonido que resonó en las baldosas de la ducha.

Sus dedos comenzaron a trabajar con pericia. Los de dentro se movían con un ritmo constante, explorando cada centímetro, mientras su pulgar frotaba mi clítoris con una intensidad creciente. La sangre me bullía en las venas, y el placer se volvió casi doloroso. Mis muslos se apretaron contra sus manos, mis pezones, hinchados, duros como piedras por la excitación. La vergüenza de estar tan expuesta y tan descontrolada se fundía con una oleada de excitación pura, arrastrándome sin remedio. Ya no era yo; era solo un cuerpo a su merced, anhelando el siguiente toque, la siguiente embestida. La necesidad de liberar la presión se volvió abrumadora.

Mis jadeos se volvieron un gemido constante, mi cuerpo curvándose contra la fuerza que me mantenía suspendida. Los dedos de Pablo, expertos y crueles en su pericia, trabajaban sin descanso, alternando la presión sobre mi clítoris con la profundidad de los dedos dentro de mí. Sentía cada fibra de mi ser vibrar con la urgencia del orgasmo, una ola gigantesca que se formaba en mi interior, amenazando con arrasarlo todo. Mis muslos se tensaron hasta el punto del dolor, mis pezones, ahora duros y doloridos, rozaban el aire.

Él lo supo. Pudo sentir la tensión en mi cuerpo, la forma en que mis caderas se empujaban inconscientemente contra su mano. Se inclinó de nuevo, su aliento caliente y agitado sobre mi oído.

Grita mi nombre, perra — ordenó, y la fuerza de su voz, combinada con la presión insoportable, me empujó al abismo.

Un grito desgarrador, mitad placer, mitad agonía, escapó de mi garganta. Mi cuerpo se arqueó violentamente, mi espalda tensa, mientras el orgasmo me sacudía con una intensidad brutal. Convulsiones incontrolables me recorrieron, haciéndome temblar de pies a cabeza, y sentí un torrente de calor expandirse desde mi centro, empapando mis muslos. Mis ojos se cerraron con fuerza, el mundo girando en una espiral de sensaciones.

Cuando las últimas sacudidas disminuyeron, me quedé colgando, exhausta, mi cuerpo aún palpitante, pero la mente en una especie de bruma placentera. La humedad entre mis piernas era una prueba innegable de mi total rendición. Pablo me observó por un momento, sus ojos brillando con una satisfacción palpable. No hubo palabras de consuelo, ni gestos de liberación. En su lugar, el silencio se rompió con el sonido metálico de su cremallera. Sacó su polla erecta, pulsante, y la acercó lentamente a mi sexo, aún sensible y tembloroso por el reciente orgasmo.

Sentí el calor de su miembro rozando mi clítoris, el vello de su pubis cosquilleando mi piel. No hubo prisa, solo una deliberada anticipación. Pablo no me penetró de inmediato; en cambio, la deslizó suavemente por mi vulva, explorando mi humedad, restregando el glande por mis labios mayores con una lentitud que prometía un placer aún más intenso. Mis caderas actuando casi por inercia intentaban una y otra vez elevarse para buscarlo, pero él mantenía el control, negándome la entrada directa.

¿Quieres más, perra? — susurró, su voz ronca y cercana a mi oído, mientras continuaba su tortura deliciosa, cada roce más insoportable que el anterior. La tensión volvía a crecer, una nueva oleada de deseo se alzaba en mí.

Mis caderas se arquearon de nuevo, un movimiento desesperado.

Sí, Señor, sí — jadeé, mi voz rota, apenas reconocible. La necesidad de sentirlo dentro era una punzada constante, superando cualquier vergüenza o miedo. Quería su peso, su calor, la plenitud que solo él podía ofrecerme.

Pablo sonrió, un destello oscuro en sus ojos mientras multiplicaba mi tortura. Su polla, dura y palpitante, continuaba rozando mis labios, subiendo y bajando, una y otra vez, sin penetrarme del todo. Era una promesa cruel, una caricia que me llevaba al borde de la locura. Sentía mi sexo tan empapado que el roce era casi resbaladizo, pero la falta de una penetración completa era una agonía exquisita.

De repente, con un gemido grave, Pablo empujó. Un solo movimiento, firme y decidido, y su polla se deslizó dentro de mí, llenándome por completo. Un grito ahogado escapó de mis labios al sentir la familiar sensación de su longitud y grosor expandiéndose en mi interior. Mis músculos se contrajeron a su alrededor, abrazándolo con avidez.

Sus manos se aferraron a mis caderas, y comenzó a embestir, lento al principio, cada empuje una exploración profunda que me arrancaba suspiros. Luego, el ritmo se aceleró, sus movimientos se volvieron más potentes y urgentes. Mis pies, apenas tocando el suelo, se movían inútilmente, y mis brazos, estirados, temblaban por el esfuerzo y el placer. Era una danza salvaje, un vaivén primario bajo las frías duchas, donde yo era completamente suya, atada y poseída.

El eco de cada estocada de Pablo resonaba en el vestuario, un ritmo primitivo que me arrastraba más y más profundo en el placer. Mis músculos internos se apretaban a su alrededor, abrazando su polla con una avidez que me sorprendía a mí misma. Mis gemidos, ahora, eran menos un ruego y más una expresión pura de la dicha que me invadía, ahogados a veces por el aliento agitado que se escapaba de mi propia garganta. La frialdad del aire contrastaba con el fuego que ardía dentro de mí, una contradicción deliciosa que intensificaba cada sensación.

Mis brazos, estirados por las esposas, comenzaban a dolerme, pero el dolor era una punzada insignificante comparada con la vorágine de placer que me consumía. Mis pies, en puntillas, se esforzaban por alcanzar el suelo, una lucha inútil que solo aumentaba mi vulnerabilidad. Podía sentir el roce de su piel contra la mía, el sudor de nuestros cuerpos mezclándose. Él no apartaba la mirada de la mía, sus ojos fijos en los míos, absorbiendo cada reacción, cada temblor de mi cuerpo. Su sonrisa se ensanchó, una expresión de puro triunfo.

La velocidad de sus embestidas se disparó. Me empujaba sin piedad, cada impacto más fuerte, más profundo. Mi mente se nubló, ya no había pensamientos, solo sensaciones. Mi cuerpo se tensó al límite, mi sexo palpitando con una intensidad insoportable. Sabía lo que venía, lo sentía arrastrándose desde lo más profundo de mi ser. Un grito desgarrador, lleno de éxtasis, se liberó de mis labios mientras mis caderas se contraían en espasmos incontrolables. El orgasmo me sacudió con una fuerza abrumadora, y justo cuando mis convulsiones empezaban a calmarse, Pablo soltó un gruñido profundo y se corrió dentro de mí, caliente y abundante, sus espasmos uniéndose a los míos.

El eco de nuestros gemidos se disipó lentamente en el vestuario, dejando un silencio denso y cargado. Mi cuerpo, aún colgado, temblaba con las últimas sacudidas del orgasmo, y el sudor se mezclaba con la humedad entre mis muslos. Sentí el peso de Pablo retirarse de mí, su aliento caliente ya no en mi cuello. El alivio de la liberación era tan abrumador como la vergüenza que comenzaba a asomarse.

Él no dijo nada, simplemente me observó por un momento. Sus ojos, antes llenos de una autoridad ardiente, ahora reflejaban una calma satisfecha, casi distante. El silencio se prolongó, y cada segundo me parecía una eternidad. Pablo se alejó unos pasos de mí, sacando su telefono del bolsillo, me hizo una foto.

¿Para que me haces una foto?— inquirí.

No te preocupes, es para uso personal, para masturbarme con ella cada vez que se me ponga dura recordando este momento.

Volvió a guardarse el móvil y volvió a donde yo estaba. Finalmente, escuché el tintineo metálico de las esposas. Pablo las abrió, y mis brazos, doloridos y cansados, cayeron a mis costados. Me sentí desorientada por un instante, el suelo firme bajo mis pies pareciendo ajeno después de haber estado suspendida.

Me giré lentamente, encontrando su mirada. No había juicio en sus ojos, solo una comprensión tácita. Él se abrochó el pantalón con parsimonia. Pablo me entregó el collar y la cadena, y esta vez, no me los puso. Simplemente los dejó en mi mano.

Salimos del vestuario, cruzamos el gimnasio en silencio y regresamos a los pasillos oscuros del instituto. Al llegar a mi despacho, él no entró. Se quedó en el umbral.

Nos vemos, Señorita Luz — dijo, y la familiaridad en el "Señorita Luz" ahora era un secreto compartido, un lazo invisible que nos unía.

Hasta mañana, Pablo — respondí, mi voz apenas un susurro, mientras él se daba la vuelta y se alejaba por el pasillo, su figura desvaneciéndose en la penumbra.

Me quedé allí, inmóvil, el collar y la cadena aún en mi mano. El silencio del instituto era profundo, solo roto por el eco distante de sus pasos. Cerré la puerta de mi despacho, y el peso de lo que acababa de suceder se posó sobre mí. Exhausta, excitada y confundida, solo podía preguntarme qué otra "lección" tendría Pablo preparada para la próxima vez.

Me vestí despacio, cada prenda cayendo sobre mi piel con una lentitud inusual, mientras mi mente aún procesaba lo ocurrido. De pronto, el sonido de mi teléfono móvil sobre la mesa me sacó de mis pensamientos. Lo tomé, y al ver la pantalla, un escalofrío me recorrió: era el director.

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sábado, 28 de junio de 2025

DESEO OCULTO 2

El zumbido monótono de las voces de mis alumnos llenaba el aula, pero para mí, aquel martes era todo menos normal. Me apoyé en mi escritorio, fingiendo revisar unos papeles, mientras mi mirada, casi por inercia, buscaba a Pablo. Él estaba allí, en su pupitre habitual, con la misma expresión concentrada de siempre, pero algo en el aire había cambiado irrevocablemente.

Cada vez que nuestros ojos se cruzaban, aunque fuera por una fracción de segundo, un escalofrío me recorría. Era una chispa casi imperceptible, un destello de complicidad prohibida que solo nosotros dos podíamos descifrar. Me obligaba a desviar la mirada rápidamente, a concentrarme en la pizarra, en las preguntas de otros alumnos, pero era inútil. La imagen de él arrodillado, su voz ronca... todo volvía una y otra vez.

Pablo, por su parte, parecía más tranquilo, casi victorioso. De vez en cuando, lo pillaba observándome, y una leve sonrisa, apenas un esbozo, se dibujaba en sus labios. Era una sonrisa que decía: "Sé lo que pasó. Y tú también". Su presencia en la clase era ahora una constante provocación, un recordatorio silencioso de la tarde anterior. Era como si el aire entre nosotros vibrara con la electricidad de un secreto compartido, y me preguntaba si era la única que lo sentía. La clase se arrastraba, cada minuto un eco del placer y la transgresión, y yo solo deseaba que terminara para poder ordenar mis pensamientos, o quizá... ceder de nuevo a la tentación.

Finalmente, el timbre sonó, liberándonos a todos del incómodo silencio de la clase. Los alumnos comenzaron a salir, y yo recogí mis cosas, intentando parecer ocupada. No quería que Pablo pensara que lo estaba esperando, aunque en el fondo, una parte de mí sí lo hacía. Me dirigí hacia la sala de profesores, pero apenas había avanzado unos pasos por el pasillo cuando lo vi. Él venía en dirección contraria, con una mochila colgada de un solo hombro, los auriculares colgando del cuello y esa expresión despreocupada que solo la juventud puede tener.

Nuestros ojos se encontraron. Esa leve sonrisa volvió a aparecer en sus labios, y esta vez, sentí un rubor subir por mis mejillas. No se detuvo, pero al pasar a mi lado, su mano rozó mi brazo de forma tan sutil que nadie más podría haberlo notado. Fue solo un segundo, un contacto fugaz, pero una chispa eléctrica recorrió mi piel. Justo cuando pensé que seguiría su camino, me susurró, con una voz tan baja que apenas la oí, pero lo suficientemente clara como para que se grabara en mi mente:

Señorita Luz, necesito hablar con usted.

Ven a última hora a mi despacho — le propuse sintiendo como mi sexo se excitaba con la sola idea de pensar que estaría de nuevo con él.

Ni siquiera sé por qué le hice esa petición. Sabía que no era una buena idea, que rayaba en la locura, pero el ardiente deseo de revivir lo que había sentido en nuestro primer encuentro me consumía por completo. Me había gustado, y lo quería de nuevo, con una intensidad que ignoraba toda razón.

Lo esperé en mi despacho. Las clases habían terminado hacía rato, y el silencio de un instituto vacío se extendía por los pasillos. Todos los alumnos y profesores se habían marchado, dejando atrás una calma que solo aumentaba mi nerviosismo. Oí sus pasos acercándose, lentos y deliberados, y mi corazón se aceleró al compás de cada uno. Luego, el suave repicar de sus nudillos en la puerta.

—Adelante — dije, mi voz apenas un susurro cargado de anticipación.

La puerta se abrió y él apareció, con una pequeña mueca de decepción cruzando su rostro. Cerró la puerta con la llave, el clic resonando en el silencio del despacho, mientras decía:

Pensé que me recibirías desnuda como la otra vez.

¡Oh, yo, no, lo siento, Señor! — respondí de inmediato, deslizándome de nuevo en mi papel de sumisa.

Desnúdate, vamos — me ordenó con firmeza — Hoy tengo un juego especial para ti.

Mis ojos fijos en los suyos. Me levanté de la silla, y empecé a desnudarme despacio, cada prenda que caía al suelo bajo su mirada atenta se sentía como una ofrenda. Él me observaba con una sonrisa lenta y satisfecha que me hizo arder la piel. Vi que llevaba una bolsa en su mano derecha, y cuando estuve completamente desnuda, su voz grave resonó en el silencio:

—Toma, ponte esto, vamos a dar una vuelta por el parque.


Tomé la bolsa, la curiosidad mezclada con una creciente excitación. De ella saqué una gabardina corta de color arena, de tela ligera. Me la puse, sintiendo cómo apenas rozaba mis muslos, una insinuación más que una cubierta, llegando justo por debajo de mis nalgas, dejando el resto de mi cuerpo deliciosamente expuesto a la imaginación.

—¿Quieres que salga así a la calle y que paseemos por el parque? — le pregunté con asombro y una punzada de miedo.

Así es, putita, quiero exhibirte, que vean la puta tan guapa que tengo — dijo con un deje de superioridad que me hizo temblar, una promesa de humillación pública que extrañamente me encendía.

No sabía que quería hacer, pero dejé que me llevara, que me guiara y me puse la gabardina. Vi que en el fondo de la bolsa había también un collar muy parecido a los que se usan para pasear a los perros y una cadena. Los sacó de la bolsa y me lo puso el mismo. Yo iba a protestar, pero él poniendo su dedo en mi boca dijo:

Ni una palabra, aquí mando yo, tu eres mi perra hoy y como tal te llevaré de paseo por el parque.

Aquella situación, aunque me intimidaba, también me excitaba por lo que dejé que lo hiciera. Salimos a la calle por la puerta trasera del colegio, para no ser vistos. Pablo me llevaba tirando de la cadena. Entramos en el parque, era un parque grande, lleno de vegetación y caminos laberínticos. Gracias a Dios, era ya tarde y empezaba a anochecer, por lo que no había mucha gente, pero los pocos que había nos miraban como si fuéramos extraterrestres. Sentí sus miradas, algunas de asco sobre mí, oí una pareja que pasó por nuestro lado, que ella le decía a él: ”Mira que tía más puta y con ese jovencito”. Pablo también había oído el comentario, se giró para mirarme y luego, al volverse, se puso tieso y con una expresión de orgullo y siguió tirando de mí por los caminos del parque.

El collar y la cadena se sentían extrañamente naturales alrededor de mi cuello. Cada vez que Pablo tiraba suavemente, un escalofrío me recorría. No era solo el frío del atardecer o la brisa que se colaba bajo la gabardina; era la mezcla de humillación y excitación que me invadía. Mis pasos se sincronizaban con los suyos, mis ojos, acostumbrados a mirar al frente con autoridad, ahora se mantenían más bajos, como esperando una señal, una orden.

Él no decía mucho. A veces, simplemente tiraba de la cadena en una dirección u otra, y yo obedecía. Podía sentir sus ojos sobre mí, disfrutando de la vista, del poder que ejercía. Era como si el collar fuera un interruptor, transformándome de profesora a algo más primal, más entregado a su voluntad. Escuchaba su respiración, el crujido de las hojas bajo nuestros pies, y el lejano murmullo de la ciudad que nos parecía ajeno.

En un momento, Pablo se detuvo bruscamente, me llevó fuera del camino, hacia un árbol, tras el que nos colocamos, él tiró de la cadena con más fuerza, haciéndome caer de rodillas sobre la hierba húmeda. Gracias a Dios, había unos matorrales que llegarían a media altura que nos tapaban un poco. Mi corazón se disparó. Pensé que me reñiría, que me castigaría, pero solo me miró con esa sonrisa enigmática.

— ¿Estás disfrutando de tu paseo, perra? — susurró, su voz baja y llena de una autoridad que me erizó la piel.

— Sí, Señor — respondí sintiendo como la excitación me recorría.

— Bien, pues ahora saca mi polla de ahí — dijo señalando su bulto bajo el pantalón — y chúpamela, perra.

Jadeé con excitación, moviendo mis manos temblorosas hacía su sexo, le desabroché el pantalón, primero el cinturón, después el botón y por último la cremallera. Su sexo saltó fuera del pantalón tejano. Lo cogí con una de mis manos, acariciándolo suavemente. Elevé mi mirada hacía Pablo y él desde su ojos autoritarios, me indicó que podía empezar. Acerqué mis labios, abriendo la boca, saqué la lengua y lamí el glande. Vi como Pablo se estremecía, y agachándose sobre mí, me desabrochaba los dos primeros botones de la gabardina.

— Así estás mas sexy, perra.

Un ruido me alertó. Pasos. Un miedo repentino me invadió y me aparté un poco de Pablo.

— ¡Ssshh! Tranquila, es un gato — susurró él, y luego, con la voz más grave — sigue con lo tuyo, perra.


Respiré hondo, intentando calmarme, y de nuevo acerqué mi boca a su glande, lamiéndolo con una suavidad que prometía más. Sentí su mano atrapar mi pelo con una firmeza que me hizo jadear, y luego tiró, guiando su erección más profundamente dentro de mi boca.

— ¡Chúpala, te he dicho, perra!

Comencé a chupar, sintiendo cómo mi sexo respondía, llenándose de mis propios jugos. La forma en que Pablo me trataba, esa humillación tan suya, no hacía más que avivar mi excitación. Me gustaba. Me sumergía en un estado de servilismo hacia él, que me resultaba profundamente placentero.

Después de varias embestidas profundas dentro de mi boca, Pablo susurró, su voz ronca:

—Para, perra, o harás que me corra.

Saqué su sexo de mi boca y volví a observarlo. Su rostro, marcado por la satisfacción, me hizo sentir que lo estaba haciendo bien, que aquello era exactamente lo que él deseaba.

—Ven — me ordenó, haciéndome girar para quedar de espaldas a él.

Me subió la gabardina por encima de mis caderas hasta mi cintura. Sus manos acariciaron la curvatura de mis glúteos con una lentitud que me hizo jadear, y luego, con un empuje decidido, sentí su polla erecta penetrarme con una familiaridad embriagadora.

Sus manos se aferraron con firmeza a mis caderas, y un ritmo poderoso comenzó, sus embestidas profundas obligándome a inclinarme, a buscar apoyo en el tronco rugoso que tenía delante. Cada impacto resonaba en mi cuerpo, una invitación salvaje a la entrega.

Pablo intensificó sus embestidas, impulsándome con una urgencia creciente contra la aspereza del tronco. Sentía la gabardina subida y arrugada en mi cintura, y el aire fresco de la tarde en mi piel expuesta, un contraste que avivaba la excitación. Cada empuje suyo me arrancaba un jadeo ronco, que se perdía en el murmullo casi inaudible del parque. Mis dedos se aferraban desesperadamente a la corteza del árbol, buscando un anclaje mientras mi cuerpo se arqueaba, rindiéndose al ritmo implacable de su placer.

Él no decía nada, solo emitía pequeños gruñidos de satisfacción. Podía sentir el control absoluto en sus manos sujetando mis caderas, en la fuerza con la que me poseía. La humillación de estar allí, en el crepúsculo de un parque público, a la vista de cualquiera que decidiera mirar más de cerca, era una droga extraña que alimentaba mi propia excitación. Mi sexo estaba en llamas, cada embestida una chispa más intensa.

Justo cuando sentí que el clímax se acercaba, él se detuvo un momento, su cuerpo tenso contra el mío. Luego, con un tirón de mis caderas, me hizo girar ligeramente, exponiendo mi perfil al camino cercano. Por un instante, el pánico me invadió al ver a una pareja de ancianos paseando a lo lejos, ajenos a nuestra silenciosa transgresión. Pablo me miró por encima del hombro, sus ojos brillando con una satisfacción animal, antes de reanudar sus embestidas, ahora más salvajes, como si el riesgo añadiera un nuevo nivel de placer a nuestro acto.

Las embestidas de Pablo se volvieron frenéticas, cada empuje era una estocada profunda que me llevaba al límite. Mi cuerpo, completamente entregado a su ritmo, se arqueaba con cada movimiento, buscando más, pidiendo más. Las manos de Pablo se apretaban en mis caderas, controlando cada centímetro de la penetración, y el tronco del árbol contra mis manos era mi único ancla en el torbellino de sensaciones. La gabardina, subida hasta mi cintura, me ofrecía la libertad y la exposición que mi mente deseaba y temía a la vez.

El aire frío de la tarde se sentía en mi piel desnuda, un contraste que solo intensificaba el calor ardiente que se acumulaba en mi interior. Mis gemidos, ahogados pero urgentes, se mezclaban con su respiración agitada. En ese instante, el mundo exterior desapareció. Solo existíamos Pablo y yo, su polla dura y mi sexo respondiendo a cada uno de sus impulsos. La pareja de ancianos que había visto antes se desvaneció de mi mente, eclipsada por la inminencia del clímax.

Un grito silencioso se formó en mi garganta mientras la tensión insoportable se liberaba en una explosión de placer. Mi cuerpo se convulsionó violentamente, mis piernas temblaron y mis manos se aferraron con desesperación al tronco. Sentí el pulso de mi orgasmo reverberar a través de mí, y justo en ese momento, con un gemido gutural y profundo, Pablo se corrió dentro de mí, caliente y abundante, sus convulsiones uniéndose a las mías.

Por unos segundos, ambos permanecimos inmóviles, unidos, respirando pesadamente. El silencio del parque se sintió distinto, cargado ahora con el eco de nuestro acto. Él se retiró lentamente, el aire frío golpeando mi piel donde antes estaba su cuerpo.

Pablo me ayudó a incorporarme y, sin decir una palabra, me ajustó la gabardina. Su mirada, sin embargo, lo decía todo: una mezcla de satisfacción, triunfo y esa autoridad silenciosa que ya conocía. Me puso el collar de nuevo, tiró suavemente de la cadena, y comenzamos a caminar de regreso hacia la parte trasera del instituto. El paseo de vuelta fue en un silencio diferente, uno de complicidad, sintiendo el peso de lo que acababa de suceder. La adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a una mezcla de agotamiento y la persistente punzada de un deseo que, sabía, no tardaría en resurgir.

Pablo tiraba suavemente de la cadena, manteniéndome a su lado, y yo no ofrecía resistencia. El aire fresco de la noche, que antes había avivado mi excitación, ahora parecía enfriar el ardor de mi piel expuesta, recordándome la audacia de lo que habíamos hecho. Al acercarnos a la puerta trasera del instituto, la misma por la que habíamos salido, el corazón me dio un vuelco. Volver a la normalidad después de algo así se sentía irreal.

Entramos en el edificio. Los pasillos estaban desiertos, las aulas sumidas en la oscuridad. El silencio era casi más opresivo que el ruido. Pablo me guio hasta la puerta de mi despacho. Una vez dentro, me soltó el collar y la cadena. El peso de la gabardina volvió a sentirse, cubriendo lo que segundos antes había estado tan expuesto.

— Puedes vestirte — me dijo, su voz de nuevo en un tono más neutro, casi como si nada hubiera pasado, aunque sus ojos todavía brillaban con un conocimiento compartido.

Me vestí rápidamente, mis manos aún temblorosas al abrocharme la blusa y la falda. Mientras recogía mis papeles y metía los exámenes en mi mochila, sentía su mirada sobre mí, pero esta vez era diferente, más observadora que imperativa. Cuando estuve lista, él simplemente asintió.

— Hasta mañana, Señorita Luz — dijo, su voz volviendo a ser la de un alumno cualquiera, pero el "Señorita Luz" sonaba distinto, como un código secreto entre nosotros.

— Hasta mañana, Pablo — respondí, mi voz sonando más firme de lo que me sentía.

Salió del despacho y, sin una palabra más, se marchó por el pasillo. Yo me quedé un momento, sintiendo el eco de su presencia. La soledad del despacho se hizo palpable. Apagué las luces y salí, cerrando la puerta tras de mí. Caminé hacia la salida principal, el frío de la noche ya no me importaba. Solo me preguntaba cuándo, y cómo, volvería a sonar ese "Hasta mañana, Señorita Luz".

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