…Y cuando por fin nos calmamos, la puerta se abrió. Mi jefe entró, carraspeó e inmediatamente Néstor se separó de mí. Se arregló un poco la ropa y, girándose hacia él, le dijo:
—Pensé que estábamos solos, lo siento. Soy Néstor —y le tendió la mano.
Antonio, actuando con absoluta normalidad, se la estrechó:
—Yo soy Antonio, el jefe de Amparo.
Todavía nerviosa, yo intentaba recomponer mi ropa.
—¿Has terminado con las fotocopias? —me preguntó Antonio.
—No, aún me quedan algunas.
—Pues mientras ella termina, ¿qué tal si hablamos un poco? —dijo Néstor, pasando el brazo sobre los hombros de mi jefe para guiarlo fuera de aquel cuartito.
La intranquilidad y el nerviosismo me invadieron al instante. ¿Qué le estaría contando Néstor? La sola duda hizo que me imaginara atada a la mesa del despacho, azotada por ambos. Deseché la idea de inmediato, terminé las fotocopias y salí del cuartucho con el corazón a mil.
Al llegar al despacho de Antonio, me los encontré charlando como si fueran viejos amigos. Hablaban de política, lo que me sorprendió enormemente: estaba convencida de que el tema de conversación era yo.
—¿Has terminado ya? —preguntó Antonio.
—Sí.
—Pues nos vamos, cielo —añadió Néstor poniéndose en pie.
Se pegó a mí, me tomó por la cintura y me buscó la boca con un beso apasionado, hundiendo su lengua sin que le importara lo más mínimo que Antonio nos estuviera observando.
Salimos del despacho y fuimos de compras. Néstor me eligió ropa nueva: faldas y blusas ajustadas, medias de seda y zapatos de tacón aguja. Durante el trayecto a casa, rompió el silencio:
—Mañana he invitado a un amigo a comer. Quiero que te portes bien con él, ¿de acuerdo?
—Sí, señor.
—Ya sabes a qué me refiero: quiero que lo trates exactamente como me tratas a mí.
—Sí, señor —asentí.
Sabía que no sería fácil. En el fondo, siempre sospeché que tarde o temprano me entregaría a otros hombres, y el momento había llegado. Solo esperaba que su amigo fuera atractivo y educado para facilitarme las cosas.
Al llegar a casa me desnudó y me guio directamente hacia la habitación de castigo.
—¿Qué haces? —pregunté, extrañada; estaba segura de no haber hecho nada para desagradarle—. Hoy me he portado bien —protesté en un susurro.
—Lo sé, pero tenemos tareas pendientes. Ponte sobre el caballete —ordenó mientras rebuscaba algo en la cómoda.
Me acomodé boca abajo sobre el caballete. Néstor se acercó y me sujetó firmemente de pies y manos. Instantes después, sentí la yema de sus dedos acariciando suavemente mi ano. Lo masajeó con delicadeza, untó un poco de lubricante e introdujo primero un dedo y luego un segundo, moviéndolos con paciencia hasta lograr que me dilatara por completo. El roce interior me hizo estremecer.
Gemí, pero cuando empujó el consolador dentro de mí, una sacudida me recorrió entera y me arrancó un grito:
—¡Ah!
E inmediatamente sentí como la vibración del aparato empezaba a hacer estragos en mi agujero trasero. Seguidamente Néstor salió de la habitación dejándome atada al potro con el vibrador moviéndose dentro de mi culo. No sé durante cuanto tiempo estuve así, sintiendo la tortura de aquel aparato en mi agujero trasero y notando como alcanzaba varios orgasmos. Y estaba agotada de tanto placer cuando entró Néstor en la habitación diciendo:
— Es hora de cenar.
Estaba exhausta, al límite de mis fuerzas, cuando la puerta volvió a abrirse y Néstor anunció:
—Es hora de cenar.
Se aproximó, extrajo el vibrador con parsimonia y me liberó de las ataduras. Intenté ponerme en pie, pero al primer paso las piernas me flaquearon y tuve que agarrarme a él para no desplomarme; tal había sido el desgaste de semejante marea de orgasmos. Con paciencia, me sostuvo hasta el comedor.
Aquella noche no hubo más castigos. Cenamos juntos, vimos la televisión un rato y nos fuimos a la cama a descansar.
Tras la cena no hubo más castigos. Vimos la televisión un rato y después nos fuimos a dormir.
Era la primera noche que dormía en mi propia cama y, al meterme entre las sábanas, me invadió una agradable sensación de confort. Sin embargo, eché de menos el calor humano, consciente de que Néstor descansaba en la habitación contigua, apenas separado de mí por una pared.
Quizá por eso, al despertar esa mañana de sábado, el simple roce de la tela sobre mi piel desnuda desató un deseo repentino e incontrolable. Me levanté y entré en su cuarto sin hacer ruido. Néstor dormía plácidamente, cubierto apenas por una sábana fina. La levanté despacio y me deslicé a su lado.
Una erección impecable descansaba sobre su bajo vientre. No pude resistir la tentación de rozarla con la yema de los dedos, lo que hizo que se despabilara. Tras parpadear un par de veces y recobrar la lucidez, me miró y me preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Sin detener mi mano, continué acariciando su sexo con delicadeza, entreteniéndome en la piel de sus testículos mientras le respondía:
—Despertarte.
—Deja de hacer eso o te ganaras un castigo —me advirtió.
Pero fui incapaz de parar. El deseo que me abrasaba por dentro era mucho más fuerte que cualquier atisbo de razón. Es más: en el fondo anhelaba ese castigo, porque sabía que tras la sumisión llegaría la ansiada recompensa, ese orgasmo desbordante que me haría derretirme por completo.
Con audacia, envolví su pene con los dedos y me deslicé arriba y abajo mientras acercaba mi boca a la suya.
—Maldita puta, te he dicho que te quedes quieta. Ahora no quiero follar contigo —gruñó Néstor, apartándome la mano de un manotazo mientras la molestia empezaba a mutar en enfado real
Pero volví a deslizar la mano hacia su sexo. Néstor me sujetó del brazo de golpe, se incorporó, me sacó de la cama a rastras y me llevó directa a la habitación de castigo. Aunque empecé a protestar e implorarle que me portaría bien, por dentro sentía una punzada de triunfo: había conseguido exactamente lo que buscaba.
Esta vez no me ató de espaldas, sino de cara a él, sujetándome con firmeza a las cadenas. Luego se dirigió a la cómoda y sacó algo del primer cajón. Al acercarse, descubrí lo que llevaba en los dedos: un par de pinzas de madera de las de tender la ropa. Adiviné al instante lo que pretendía hacer.
—No, por favor, Néstor. Eso no… —supliqué.
—Sabes perfectamente que tú no decides nada y que tus ruegos no van a servirte de nada —sentenció él con absoluta frialdad.
Me colocó las pinzas, una en cada pezón. El mordisco del metal contra la piel me arrancó un gimoteo instantáneo: era un latigazo de dolor agudo, sutil e insoportable. A continuación, descolgó uno de los látigos de la pared y, sin darme tiempo a reaccionar, el primer impacto restalló sobre mis pechos ya castigados. La sacudida fue tan feroz que me obligó a gritar como jamás lo había hecho.
Siguieron más golpes, uno tras otro, sin darme tregua. Con cada azote, la intensidad del dolor crecía a la par que la erección de Néstor. Verlo tan excitado disparó mi propia satisfacción y mi deseo al comprobar que estaba consiguiendo exactamente lo que quería.
Finalmente, Néstor dio una tregua a mis senos. Se tomó unos segundos para coger aire y volvió a la carga, esta vez dirigiendo el látigo hacia mi sexo expuesto. El primer chasquido sobre mis labios vaginales me hizo convulsionar. El segundo y el tercero me destrozaron por dentro, hasta que fui incapaz de resistir más y romper a suplicar:
—Para, por favor… Para ya. Prometo portarme bien, por favor…
Un par de lágrimas bordearon mis pestañas y rodaron por mis mejillas, fruto de la pura impotencia.
No sé si fueron las lágrimas o mis súplicas, pero Néstor se detuvo. Su sexo estaba rígido, completamente erecto. Me tomó por la barbilla, me alzó la cara hasta obligarme a sostenerle la mirada y me besó con una ternura inesperada.
Con esa misma delicadeza, me tomó las piernas, me las abrió y las guio hacia su cintura. Las enredé a su espalda y sentí la punta de su glande justo a las puertas de mi sexo. Todo mi cuerpo se estremeció. Néstor jugueteó durante unos segundos sobre mis labios vaginales, haciéndome creer que iba a penetrarme, pero sin llegar a hacerlo.
Le fascinaba ser perverso, llevarme al límite del deseo y dejarme en vilo sin que pudiera protestar. Ese era mi verdadero castigo: ser conducida hasta el borde y ver cómo postergaba la recompensa todo lo posible. Y él lo sabía perfectamente; lo leía en mis ojos, que lo miraban con una mezcla de devoción y súplica.
Finalmente, sentí cómo me penetraba con una calma calculada. Posó sus manos en mis nalgas y comenzó a embestir con fuerza, una y otra vez. Me agarré a las cadenas para afianzar el apoyo y apreté las piernas alrededor de su cintura. En cuestión de segundos, nuestros ritmos se acoplaron a la perfección y ambos empezamos a gemir, desquiciados de deseo.
Néstor empujaba hacía mí sin tregua, hundiéndome los dedos en la carne hasta arañarme la piel. Yo me amoldaba a la embestida de aquel maravilloso instrumento de gozo, persiguiendo ese orgasmo total que volvería a catapultarme al paroxismo del placer. En ese instante ya no me importaba estar encadenada, ni la mordedura de las pinzas en los pezones, ni el ardor que me abrasaba la piel tras los azotes; solo existían el placer, la entrega absoluta y la certeza de ser suya. Por eso buscaba su cuerpo con la misma brusquedad con la que él me embestía. Éramos dos animales acoplados en busca del clímax, envueltos en una pasión desbordante que nos consumía a ambos.
Néstor no frenó el ritmo hasta que, tras un último empujón brutal, sentí cómo se vaciaba en mi interior. Su descarga fue el detonante: todo mi cuerpo se tensó y estalló en un orgasmo devastador.
Una vez que ambos recuperamos el aliento, Néstor se retiró de mi interior y me quitó las pinzas de los pezones. Se acercó a la cómoda para coger el vibrador, se situó a mi espalda, separó mis nalgas y me lo introdujo de nuevo. Después, salió de la habitación sin decir palabra, dejándome allí colgada.
No sé cuántas horas permanecí en esa posición. Supongo que no fueron demasiadas, porque poco antes de la hora de comer Néstor regresó. Extrajo el aparato de mi interior, me desató y, tomándome en brazos, me llevó directa al cuarto de baño.
—Tienes que prepararte para nuestro invitado —dijo—. La comida está casi lista y no tardará en llegar.
La bañera estaba esperándome, llena de agua caliente y espuma. Néstor me depositó en ella con cuidado, me tendió la esponja y añadió:
—Voy a la cocina a terminar. Todavía me quedan un par de detalles.
Néstor salió y me quedé a solas, sumergida en el agua caliente. Mientras deslizaba la esponja por mi piel masajeando cada rincón de mi cuerpo, me entregué a mis pensamientos. En apenas unos días, mi vida había dado un giro radical: ya no vivía sola, me había convertido en la sumisa del hombre al que amaba y cada encuentro íntimo con él se transformaba en un acto salvaje. Me gustaba esta nueva existencia a pesar del dolor; al fin y al cabo, el sufrimiento era parte del vínculo que me unía a Néstor y me hacía valorar aún más todo lo que me ofrecía.
Al rememorar una a una las sesiones de sexo que habíamos compartido, la excitación me invadió de manera inevitable. Incapaz de contener el impulso, comencé a acariciarme el clítoris con suavidad, abandonándome al placer de mis propios dedos. En mitad de ese trance, Néstor entró de improviso. Aunque retiré la mano al instante, me descubrió. Me sostuvo la mirada con irritación y me gritó:
—¡Maldita puta! ¿Es que no puedes comportarte como una buena sumisa? ¿No has tenido suficiente con lo de esta mañana?
—Yo… es que… —balbuceé, intentando justificar lo injustificable.
Por primera vez, me sentí verdaderamente culpable por haber dejado que mis impulsos aplastaran mi autocontrol.
—¡Cállate! —bramó, sujetándome del brazo con violencia para arrancarme de la bañera.
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