ESCLAVA DE SUS DESEOS (2)

 (RESUMEN PRIMER CAPITULO: Amparo es sometida a una prueba para convertirse en la sumisa de Néstor y tras superarla, lo consigue, pero a pesar de todo no logra que él la haga suya como desea.


—No pensé que utilizaría la habitación de castigo tan pronto —dijo al entrar.

El espacio albergaba un potro en un rincón, con las correas listas en las sujeciones de las patas; al fondo, varias cadenas pendían del techo y un surtido de látigos y varas vestía la pared. Junto al potro, reposaba una cómoda de varios cajones.


Néstor me guio hasta las cadenas y aseguró mis muñecas con los grilletes. Acto seguido, las izó mediante el sistema de poleas, obligándome a estirar los brazos por encima de la cabeza hasta que solo la punta de mis pies tocó el suelo. La postura era un tormento inmediato; mis extremidades comenzaron a protestar ante la tensión estática. Vi de reojo cómo Néstor tomaba uno de los látigos y, ante la inminencia del golpe, cerré los ojos con fuerza.

El primer impacto restalló contra mis nalgas, haciendo estremecer todo mi cuerpo y arrancando un quejido sordo de mi garganta. Tras ese, vinieron más. Uno tras otro, en una cadencia que me obligó a gritar sin freno. Perdí la cuenta después del cuarto azote; a partir de ahí, el mundo se redujo al silbido del cuero cortando el aire y al desgarro sobre mi piel. El dolor se transformó en un incendio insoportable, hasta que la resistencia me abandonó y le supliqué:

—¡No, por favor, no! ¡Seré buena, lo prometo, pero detente ya! ¡Aaaaahhhhh!

—Nadie va a oírte. Puedes gritar tanto como quieras; la habitación está insonorizada y, por mucho que te quejes, no vas a obtener mi clemencia. Sabes de sobra que te mereces este castigo —sentenció Néstor, sin detener el ritmo de los golpes.

Sin embargo, lo verdaderamente embriagador de la situación era el sutil cambio en el aire: cuanto más rasgaban el silencio mis gritos, más se encendía su excitación. Pude ver su sexo, tenso y erecto como nunca antes, y un escalofrío de deseo me recorrió a mí también. La tensión aumentó cuando Néstor, por fin, dejó caer el látigo. Se aproximó a mi espalda, sus manos firmes apresaron mis caderas obligándome a abrir las piernas y, sin previo aviso, me penetró.

La primera embestida me arrancó un jadeo de dolor; me tomó por sorpresa tras el calvario de los azotes. No obstante, la frontera entre el sufrimiento y el placer comenzó a desdibujarse, y me entregué al momento. Néstor empujaba con brusquedad, con una furia implacable, decidido a que la penetración continuara siendo parte del castigo. Para mí, sin embargo, era una dulce condena: por fin obtenía lo que tanto había ansiado. Lo sentía profundamente dentro, reclamándome en cada vaivén y arrastrándome a un éxtasis exquisito.

Aumentó la fuerza de las embestidas y, con cada una, el tirón de las cadenas me martirizaba los brazos y la quemazón de los latigazos volvía a encenderse en mis nalgas. Pero nada de eso importaba ya; mi único universo consistía en sentir a mi Amo y fundirme en la violencia de su placer.


Ambos gemíamos como animales en celo, consumiéndonos como dos llamas que ardían con furia en busca de la culminación de aquel placer. Finalmente, Néstor dio una última embestida, honda y brusca, vaciándose por fin dentro de mí. El calor de su marea desató también mi propio orgasmo, una ola de éxtasis tan devastadora como nunca antes había experimentado.

Cuando los espasmos del clímax se calmaron, Néstor depositó un beso casi imperceptible en mi hombro y se separó de mí. Acto seguido, hizo descender las cadenas. En cuanto mis muñecas quedaron libres, me desplomé de rodillas; mis piernas, agotadas por el esfuerzo y la tensión, se negaron a sostener mi peso. Arrastrándome un poco, me senté sobre las frías baldosas y apoyé la espalda contra la pared, a escasos centímetros.

Fue entonces cuando oí la voz de Néstor, dictando la última sentencia de la noche:

—Hoy dormirás aquí. Buenas noches.

Salió de la habitación sin esperar respuesta. La luz se apagó y el eco del cerrojo al cerrarse me dejó a solas con la oscuridad

Me despertó el tintineo de las cadenas y una repentina sensación de ligereza al sentirme libre de los grilletes que me habían apresado las muñecas. Néstor terminaba de soltarme cuando levantó la vista, me miró y dijo:

—Buenos días.

Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi rostro entre sus manos, acortó la distancia y me besó. Aquel contacto me dejó totalmente descolocada; era el primer beso real desde que habíamos iniciado nuestra relación. De hecho, esa mañana estuvo repleta de gestos que desafiaron por completo mis esquemas.

Me levantó en brazos sin esfuerzo y me llevó hasta el baño, donde ya había preparado una bañera de agua caliente. Me sumergió en ella con parsimonia y comenzó a asearme, deslizando la esponja con extrema suavidad por toda mi piel. Se detuvo con especial delicadeza en la zona castigada de mis nalgas, aliviando el fuego de la noche anterior, y acarició mi sexo con el mismo mimo sutil.

Finalmente, rompiendo el trance, me ordenó:

—Sal de la bañera.


Obedecí de inmediato y él me envolvió en una toalla. Secó mi piel con paciencia y, una vez libre de humedad, abrió uno de los armarios del baño para sacar un tubo de crema. Comenzó a extenderla sobre mis nalgas con movimientos circulares y firmes.

—Esto es para que las marcas cicatricen bien —apuntó, concentrado en su tarea.

Cuando terminó de aplicar la pomada, depositó un beso suave sobre la piel castigada y añadió:

—Ya puedes vestirte. En tu habitación tienes preparada la ropa que debes ponerte. Y no te pongas ropa interior debajo.

—Sí, señor —asentí, sintiendo un leve escalofrío antes de salir del baño.

Tal como me había indicado, sobre la cama descansaban una blusa semitransparente y una falda corta y ajustada. Me las puse y me miré en el espejo del armario. Me quedé sin aliento al ver mi reflejo; la imagen distaba mucho de la que solía proyectar. La mujer que me devolvía la mirada parecía más madura, pero también peligrosamente magnética y erótica.

Por un instante, un ramalazo de vergüenza me encogió el estómago al pensar que tendría que salir a la calle vestida así: con una tela que dejaba entrever la silueta de mis pezones y una falda que apenas custodiaba mis nalgas. No tardé en imaginar las miradas y los comentarios de mis compañeras. Aún así, me armé de valor. No estaba dispuesta a hacer nada que desagradara a mi Amo o que provocara un nuevo castigo como el de la noche anterior, por mucho que al final del sufrimiento hubiera alcanzado el premio tan ansiado.

Una vez lista, fui al comedor, donde Néstor me esperaba para llevarme al trabajo; esa era otra de las condiciones que había tenido que aceptar al entregarle mi sumisión. El trayecto fue tenso, y al detener el coche frente al edificio de mi oficina, su voz me devolvió a la realidad:

—Cuando salgas no te entretengas. Tenemos cosas que hacer.

—Sí, señor —respondí, antes de bajar.

Ya en la oficina, mis compañeras se quedaron de piedra al verme; incluso alguna me preguntó, entre risas, si venía de hacer la calle.

—¿A qué viene esto? —me interrogó Elba, mi mejor amiga, a solas—. Pareces un putón verbenero.

A Elba no le hacía ninguna gracia mi nuevo estilo, y su mirada exigía una explicación detallada.

—A Néstor le gusta que vista así —me limité a responder.

—Vaya, el famoso Néstor. A ver cuándo me lo presentas —añadió, cruzándose de brazos—. Ese tipo tiene que ser muy persuasivo para lograr que salgas a la calle de esta guisa solo por capricho suyo.

—Un día de estos te lo presento... Y no, no ha sido solo su persuasión lo que me ha convencido —repliqué con una media sonrisa.

Y era la pura verdad. No era el simple poder de convicción de Néstor lo que me empujaba a acatar cada una de sus órdenes sin rechistar. Había algo más profundo, tal vez un amor ciego y obsesivo que desafiaba toda lógica; ese sentimiento absoluto que me había llevado a aceptar el papel de sumisa antes que resignarme a perderlo para siempre.

El resto de la jornada no fue muy diferente. Incluso mi jefe me llamó la atención por mi vestimenta, aunque ante él no encontré forma de justificarme. Lo irónico es que, a partir de ese momento, no dejó de devorarme con la mirada durante las horas siguientes; estaba segura de que, si hubiera tenido la oportunidad, me habría poseído sobre su propio escritorio sin pensarlo dos veces.

Cuando por fin dieron las seis de la tarde, el final del turno me trajo un alivio inmenso. No solo me libraba de los ojos hambrientos de la oficina, sino que, por fin, regresaría con Néstor. Había pasado todo el día flotando en una especie de trance, reviviendo cómo me había tomado la noche anterior mientras mi cuerpo pendía de las cadenas. Me resultaba imposible borrar el recuerdo del mejor orgasmo de mi vida, y mucho menos al hombre que me lo había regalado. Aquella sesión no había hecho más que avivar mi devoción por él y, con ella, mi absoluta dependencia.

Bajé en el ascensor junto a mis compañeras y, al cruzar el umbral de la salida, Elba me tocó el brazo.

—¿Te vienes a tomar algo?

Alcé la vista. Aparcado al otro lado de la calle, estaba el coche de Néstor. Él me observaba fijamente a través del parabrisas.

—No, hoy no puedo, Néstor me espera —me excusé, sintiendo un vuelco en el estómago—. Otro día, quizás.

—Está bien, hasta mañana. Y a ver si dejas de vestir como una putita —soltó Elba a modo de despedida.

Al escuchar aquello, el calor me subió de golpe a las mejillas, encendidas por la vergüenza. Me despedí con la mano y crucé la calle a toda prisa, casi corriendo hacia el coche como una colegiala que busca el refugio de su padre, y me deslicé en el asiento del copiloto.

En cuanto cerré la puerta, Néstor puso el motor en marcha y preguntó sin rodeos:

—¿Qué te han dicho tus amigas? ¿Te han invitado a tomar algo?

—¿Ahora? Sí, me lo acaban de proponer —respondí, intentando modular la voz.

—Si alguna vez quieres salir con ellas, solo tienes que pedirme permiso. ¿De acuerdo?

—Sí, señor.

—Pero debes saber que, si estás con ellas, es muy probable que te exija cumplir con algo especial para mí a distancia.

—Entendido —acepté. Un escalofrío me recorrió la nuca al imaginar a qué se refería, intuyendo que no tardaría en descubrirlo—. Los domingos por la tarde solemos quedar para tomar el café —le advertí.

—Bien. El próximo domingo, entonces, saldrás con ellas como de costumbre.

—Sí, señor —asentí.

Néstor puso el coche en marcha y nos dirigimos hacia el centro de la ciudad. Tras apenas cinco minutos de trayecto, aparcó frente a un sex-shop de fachada discreta y me indicó que bajara.

Detrás del mostrador nos recibió una chica que, en cuanto nos vio cruzar el umbral, saludó a Néstor con una sonrisa cómplice:

—¿Qué tal, Néstor? Hacía tiempo que no te dejabas ver por aquí.

—Sí, desde que terminé lo de Marga.

—¿Ella es tu nueva sumisa? —preguntó la dependienta, recorriéndome con una mirada analítica de arriba abajo.


—Sí. ¿Está Paco? Quiero que la anille.

—Claro, ya sabes dónde es. Cruza la puerta y al fondo de la trastienda.

—Gracias, preciosa —respondió Néstor. Antes de avanzar, se inclinó sobre el mostrador y le plantó un rápido beso en los labios.

Una punzada de celos me atravesó el pecho al presenciar aquel gesto. El contraste dolió: Néstor solo me había besado en los labios una vez desde que iniciamos nuestra relación, y ver esa familiaridad casual me hizo sentir insignificante. La certeza de que aquella desconocida había disfrutado de su boca muchas más veces que yo me dejó un sabor amargo en la garganta.

—Vamos —me ordenó Néstor, cortando mis pensamientos.

Bajé la cabeza y lo seguí.

Cruzamos la puerta que nos había indicado la chica. La trastienda era un laberinto en penumbra; avanzamos entre cajas acumuladas y siluetas de objetos hasta alcanzar un pequeño despacho pobremente iluminado. Néstor llamó dos veces con los nudillos y empujó la puerta. Dentro, sentado tras un escritorio, nos recibió un hombre de unos treinta años.

—Hola, Néstor. Qué agradable sorpresa —saludó, incorporándose.

—Sí. Te traigo a mi nueva sumisa para que le hagas un trabajito.

—De acuerdo, tú dirás.

Néstor extrajo una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo, la abrió y se la tendió a Paco. En el interior descansaba una medalla unida a una fina cadena que remataba en una anilla de acero. En el metal alcancé a leer una inscripción grabada: «Mía». Por el anverso, lucían las iniciales de Néstor.

—Quiero que se la pongas en los labios vaginales —le indicó Néstor a Paco con total naturalidad—. Ya sabes, como siempre. Un pequeño canal ahí para que pase la anilla.

Al escuchar aquellas palabras, el pánico me heló la sangre. La perspectiva del dolor físico me golpeó de lleno y, perdiendo los papeles por primera vez, me giré hacia Néstor:

—¿Pretendes que me pinchen ahí abajo? ¿Te has vuelto loco? Eso me va a doler y…

El impacto seco de una bofetada me cortó la frase y me hizo volver la cara. La mejilla me ardió de inmediato.

—¡Cállate! —siseó Néstor, pegando su rostro al mío mientras sus dedos se clavaban con fuerza en mi brazo—. Sabes de sobra que tú no decides esas cosas. También sabes cuál va a ser el castigo si no acatas mis órdenes y mis deseos. Quiero que te anillen y vas a dejar que lo hagan. ¿Te queda claro?

Todo mi cuerpo se estremeció, sometido por un miedo cerval que me impidió añadir una sola palabra.

De nuevo, aquel desdén dibujado en sus ojos me hizo odiarlo. Detestaba que mostrara semejante menosprecio por mí y por mis temores, pero una vez más bajé la cabeza y, en nombre del amor absoluto que le profesaba, claudiqué.

—Sí, señor —fue lo único que fui capaz de articular.

Néstor me soltó el brazo de golpe y señaló hacia el fondo del despacho.

—Siéntate ahí y deja que Paco haga su trabajo.

Me acomodé en una camilla de aspecto clínico que presidía la estancia. Paco se colocó en un taburete frente a mí y me indicó con un gesto profesional:

—Abre bien las piernas, preciosa. No te preocupes; te aplicaré un poco de anestesia local para adormecer la zona y casi no notarás el pinchazo.

Cumplí la orden y me obligué a confiar en sus palabras, aferrándome a los bordes del tapizado. En realidad, el dolor resultó menos insufrible de lo que había anticipado en mi mente. Aun así, no pude evitar emitir un quejido ahogado en dos ocasiones distintas: la primera, cuando la aguja atravesó la carne, y la segunda, cuando introdujo la anilla metálica a través del nuevo canal.

—Bien, ya está —anunció Paco, apartándose las gafas—. Recuerda que durante los primeros días es normal que manches un poco de sangre. Debes curarte la herida dos veces al día con agua oxigenada y un toque de yodo hasta que cicatrice por completo. ¿De acuerdo?

—Sí —asentí, aliviada de que hubiera terminado.

Iba a incorporarme para bajar de la camilla cuando la voz de Paco me detuvo en seco:

—¿No vas a pagarme el servicio?

Le miré sin comprender, pero la respuesta me golpeó antes de que pudiera preguntar. Paco se había desabrochado el pantalón y sostenía su miembro ya erecto entre las manos. La mirada lasciva que me dedicaba no dejaba lugar a dudas: exigía una felación como pago.

—No —respondí, con un brote de descaro.

—Amparo, ¿qué has dicho? —me preguntó Néstor, con una voz tan gélida que pareció congelar el aire. La furia pura se dibujaba en sus ojos.

—Que no voy a tocar a este...

No me dejó terminar. Néstor me atenazó la nuca con fuerza implacable, me obligó a hincar las rodillas frente al miembro erecto de Paco y sentenció:

—¡Házselo ahora mismo! Y esmérate, o el castigo de hoy hará que el de ayer parezca una caricia.

Al comprender que no tenía escapatoria, tomé el sexo de Paco entre las manos y aproximé los labios. Una sensación desgarradora me invadió por dentro: estaba a punto de serle infiel al único hombre que amaba, pero bajo su propia mirada impasible y con su absoluto consentimiento. Me sentía en un limbo irreal, y creo que fue justo en ese instante cuando asimilé el verdadero significado de ser la sumisa de alguien: tu voluntad deja de pertenecerte.

Venciendo la repulsión y el nudo de desazón que me atenazaba el estómago, deslicé la lengua por la piel ajena. Me obligué a concentrarme en la técnica, bloqueando la mente para ignorar que aquel cuerpo no era el de Néstor. Cuando los primeros gemidos de Paco anunciaron la inminencia del clímax, la voz de mi Amo restalló sobre mi cabeza:

—¡Trágatelo todo! Que no quede ni una gota.

En cuanto el semen brotó, obedecí sin vacilar, tragando cada embestida mientras Paco empujaba contra mi boca en sus últimos espasmos. Cuando la marea cesó por completo, lamí el bocado final, dejándolo limpio.

—Muy bien, putita. Vámonos a casa; tenemos un castigo pendiente por tu desobediencia —declaró Néstor, tirando de mi brazo para ponerme en pie.

Salimos del sex-shop en un silencio denso y subimos al coche. Durante todo el trayecto de regreso, mi mente no dejó de trabajar, intentando anticipar la naturaleza del castigo que me aguardaba. Me debatía entre la angustia y una oscura expectación. Sabía que el dolor del látigo regresaría, pero también que, tras el calvario, vendría mi ansiada recompensa. El premio que tanto deseaba y que apenas había empezado a saborear: tenerlo de nuevo dentro de mí. Comprendí que tal vez esa era la razón por la que soportaba cada golpe y cada humillación; porque sabía que, al final de la agonía, recibiría su esencia reclamándome desde el interior.

Llegamos a casa y, prácticamente en volandas, Néstor me arrastró hasta la habitación de castigo. Una vez allí, me desnudó sin contemplaciones, rasgando la blusa y la falda. Cuando me dejó por completo expuesta, dictó la primera orden:

—Colócate sobre el potro, boca abajo. Abre bien las piernas y manténlas paralelas a los soportes.

Cumplí con lo ordenado a pesar del temblor de mis miembros. Al notar que esta vez no me conducía hacia las cadenas, sino que aseguraba mis extremidades a las fijaciones del mueble, una punzada de incertidumbre me encogió el estómago; el castigo iba a ser distinto y, por primera vez, temí que no hubiera recompensa al final.

Una vez que estuve completamente inmovilizada, atada de pies y manos, oí el roce de la ropa de Néstor al caer al suelo: él también se había desnudado. Lo vi aproximarse sosteniendo una vara flexible que remataba en una pequeña palmeta de cuero con forma de mano abierta. Sin embargo, lo que realmente me erizó la piel fue ver cómo abría uno de los cajones de la cómoda y extraía un objeto que ocultó en su puño. No supe de qué se trataba hasta que estuvo justo a mi lado…


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