CAPITULO 1 EL PROTOCOLO DEL DESEO.
Hay dos tipos de cuerdas en Mascate: las que mi marido trenza para asfixiar mi voluntad con su
apellido, y la de plata que el coronel Al-Said ajustó a mi cintura para recordarme que, por fin, tengo
un dueño.
Aquella noche, el aire de la embajada pesaba más de lo habitual. Luis había diseñado la
recepción como un despliegue de su propio ego, aunque fui yo quien pasó semanas encajando
cada pieza del protocolo, asegurándome de que las flores, los canapés y las sonrisas de
compromiso fueran impecables. Como siempre, yo era la anfitriona perfecta; el trofeo que él
exhibía con una presión constante en mi antebrazo. Esa urgencia falsa de los políticos que me
recordaba que, para él, yo no era más que un activo diplomático.
Empezaba a estar cansada de las apariencias, de esa arquitectura de cristal que amenazaba con
estallar. Lo único que me mantenía anclada a la realidad era él: Malik Al-Said. Cortaba el aire con
su sola presencia. Su uniforme de la Guardia Real estaba impecable, pero era su postura lo que
intimidaba; una rectitud absoluta que hacía que todos los hombres en la sala —incluido mi
marido— parecieran blandos, inacabados. Malik no necesitaba elevar la voz para mandar; su
silencio era una orden que mi cuerpo, por una razón que me aterraba, empezaba a ansiar
obedecer.
Estábamos charlando con el embajador de Italia cuando el aire se volvió sólido. No era la primera
vez. De pronto, el calor de la recepción se tornó asfixiante y el vestido de seda, que hasta hacía
un momento era una caricia, empezó a pesarme sobre los hombros como una cota de malla.
La vista se me nubló. El rostro del italiano se alejó hacia el fondo de un túnel oscuro y las
lámparas de cristal del techo giraron en un remolino agresivo. Intenté forzar una bocanada de aire,
pero mis pulmones se habían declarado en huelga; mi pecho estaba sellado por un nudo invisible.
No, otra vez no, imploré en silencio.
A mi lado, la voz de Luis se desdibujó en un zumbido lejano, como si nos separara un muro de
cristal blindado. Mi corazón golpeaba las costillas, desbocado, una alarma sorda retumbando en
mis oídos. Me llevé la mano al cuello buscando un alivio que no llegaba. Me asfixiaba.
Entonces, antes de que mis rodillas cedieran, Malik apareció. Como siempre desde que los
ataques habían empezado meses atrás.
Sentí el calor de su mano cerrándose sobre mi brazo: un ancla de realidad. Su voz, profunda y
cargada de una autoridad que no admitía réplicas, cortó la arrogancia de Luis.
—Señor Embajador, hay un problema de seguridad que requiere la presencia de su esposa de
inmediato. Con su permiso.
Sin esperar respuesta, el coronel me arrancó de aquel salón. Me guio con paso firme por los
pasillos hasta que el estruendo de la fiesta murió tras las pesadas puertas de la biblioteca.
Una vez en la penumbra, entre el aroma a papel antiguo y madera, me obligó a sentarme en uno
de los sofás de cuero. Se arrodilló frente a mí con la precisión de quien toma el mando en mitad
de una crisis.
—Respire conmigo —susurró. Su voz era una vibración baja que parecía estabilizar mi pulso—.
Aspire... suelte. Poco a poco, Elena. Eso es... el aire vuelve a ser suyo.
Abrí los ojos con lentitud. Lo tenía tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su
uniforme. Me observaba con una intensidad que me hizo olvidar cómo se respiraba por otros
motivos. Su sonrisa no era de consuelo; era una invitación al abismo, cargada de una
comprensión que me desnudaba.
—Esto no puede seguir así, Señora —dijo, y aunque usó mi título, su tono fue una caricia
dominante—. Ese hombre la está consumiendo. Usted necesita ceder el control a alguien que
sepa apreciarlo.
—¿Y cómo quieres que haga eso? —le pregunté. Sus ojos me taladraban, encendiendo un fuego
líquido que me quemaba por dentro.
—Usted sabe cómo.
Acortó la distancia, rozó mis labios con los suyos y, finalmente, me besó. Mi corazón se saltó un
latido; mis sentidos estallaron. No era la primera vez, pero sí era la primera vez que yo sabía que
no nos detendríamos.
—Malik, yo...
—Shh. Déjame a mí, Elena —musitó contra mi boca. Sus dedos, expertos y firmes, buscaron la
cremallera de mi vestido y la deslizaron hacia abajo con un siseo que me erizó la piel.
—Oh, Malik... —gemí. Había soñado cientos de veces con su posesión, y allí, a pocos metros de
la recepción oficial, estaba ocurriendo.
Con un movimiento fluido, me despojó de la lencería de encaje. Antes de que pudiera procesarlo,
capturó mis muñecas y usó la fina tela de mis braguitas para atarlas a mi espalda,
inmovilizándome con un nudo firme.
—¿Qué haces? —jadeé, con el pulso acelerado.
—Tomar el control —sentenció. Su voz era puro acero.
Cerré los ojos, entregándome a la vulnerabilidad de mi posición. Al abrirlos, lo vi deshacerse de la
rigidez de su uniforme. Su presencia física era abrumadora, una fuerza de la naturaleza a punto
de desatarse sobre mí.
Sentí la primera embestida, una invasión necesaria que me hizo arquear la espalda. Quise
rodearlo, pegarme a su cuerpo, pero mis manos atadas me recordaron que ya no era dueña de
mis movimientos. Era él quien dictaba el ritmo, quien controlaba cada centímetro de mi placer. Y la
sumisión me resultaba adictiva.
Empujó con fuerza, penetrándome profundamente. Un gemido ronco escapó de mi garganta
mientras su boca buscaba la mía, devorándome. El deseo y la entrega se mezclaron en una
espiral que me arrastraba.
—Eres mía —susurró al romper el beso, con la respiración entrecortada.
Aquella afirmación de propiedad fue el detonante. El placer disparó un orgasmo demoledor que
barrió cualquier rastro de angustia. Malik no tardó en alcanzarme, buscándome en una última
sacudida de entrega total.
Cuando el mundo dejó de girar, me desató con una ternura inesperada y me rodeó con sus
brazos, acomodándome contra él en el sofá. Por primera vez en años, me sentía a salvo.
—Deberías volver —anunció Malik pasados unos minutos, recuperando esa distancia profesional
que ahora se sentía como una mentira—. Antes de que tu marido empiece a hacer preguntas.
—Sí —musité, flotando en un letargo de placer—. Yo... no sé cómo... esto...
—Esto ha sido la culminación de un deseo contenido, Elena. Nada más —me cortó, aunque su
mirada decía lo contrario.
—Me ha gustado —confesé en un susurro—. Me ha gustado cederte el mando. Quiero volver a
sentirlo.
Malik me selló los labios con la presión firme de su mano.
—Lo harás. Te lo prometo. A partir de ahora, eres mía. Solo yo sé cómo calmar tu ansiedad; voy a
encargarme de que dejes de sentir que ese hombre te asfixia.
Terminé de colocarme el vestido y me giré; él mismo subió la cremallera con una lentitud
deliberada, rozando mi columna con los nudillos. Antes de dejarme ir, me dio un azote firme, una
marca de posesión que me hizo respingar.
—Vuelve a esa fiesta —ordenó con voz ronca—. Sonríe a tu marido, deja que te toque. Pero no
olvides ni por un segundo que llevas mi marca en tu piel y mi sabor en tu boca.
—No, Señor —respondí. Vi cómo su cuerpo se tensaba ante mi sumisión y me dedicó una sonrisa
cargada de promesas.
Salí de la biblioteca con un paso firme, vibrante. Me sentía fuera del alcance de las leyes que
regían mi mundo. Al pasar ante el espejo del vestíbulo, me detuve. La mujer que me devolvió la
mirada era una desconocida: pupilas dilatadas, labios hinchados y encendidos. Me veía peligrosa,
como una fiera que acaba de descubrir que las rejas de su jaula están abiertas.
Luis creía que a su lado regresaba la pieza perfecta de su ajedrez diplomático; no sospechaba
que solo volvía una actriz consumada con la piel reclamada por otro hombre.
Cuando alcancé de nuevo el salón, el aire acondicionado me golpeó como un insulto.
—¿Dónde estabas? —La voz de Luis me asaltó. Su mano se cerró sobre mi antebrazo con esa
presión posesiva que ahora me resultaba ridícula.
—Necesitaba aire —respondí, sosteniéndole la mirada con una serenidad que lo desconcertó. Mi
voz sonó más profunda, casi rota.
—Tú y tus salidas de escena, Elena —siseó, acercándose lo suficiente para que el olor a su
colonia me resultara insoportable—. No olvides quién eres. Eres la mujer del Embajador, y tu lugar
es estar aquí, a mi lado, en todo momento.

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